La cafetería estaba medio vacía, como si también ella sufriera insomnio. Maribel llegó primero. Pidió una tila con miel y eligió una mesa en la esquina, cerca del ventanal empañado por la llovizna. Ana apareció poco después, abrigada en exceso, o tal vez era el embarazo lo que la hacía parecer más frágil, más resguardada. Se saludaron con un gesto suave y sin palabras, como si todo el ruido del día se les hubiera quedado pegado al abrigo. —No quería que pasara otra noche sin verte —dijo Ana, sentándose con cuidado. —Gracias por venir. Sé que estás cansada. Ana asintió. Había algo en su rostro —una especie de sombra que no era del todo tristeza ni del todo sospecha— que Maribel no supo identificar al principio. —He estado dándole vueltas a todo —empezó Ana, acariciando la taza humeante—

