I Maribel colgó el teléfono antes de que Ignacio pudiera terminar la frase. Tenía una de esas voces suaves que pedían perdón incluso antes de hablar. Le había tomado cariño, pero no lo suficiente como para desperdiciar su nueva vida arrastrando lo anterior. Se quedó mirando la pantalla unos segundos, esperando que él volviera a llamar. No lo hizo. Afuera, la ciudad era otra. Más alta, más gris, más ruidosa. En Ciudad Norte las avenidas no eran avenidas, eran corredores de velocidad. A Maribel le costaba aún calcular los tiempos para cruzar sin que un taxi pasara a toda velocidad. Aquel piso de alquiler compartido con tres desconocidas no tenía nada del calor mugriento de Ciudad Sur, pero tenía silencio, y eso bastaba. Había llegado hacía tres días; su hermana, Ana, le esperaba en el andé

