Edu Molina apuró el café con un gesto brusco. La cafetería donde solía sentarse por las mañanas, en una bocacalle algo deprimente del centro de Ciudad Este, olía a grasa requemada y colonia barata. No se había acostumbrado a ese ambiente, pero le convenía. Nadie preguntaba demasiado y el wifi funcionaba. Mantenía su ocupación ambigua: trabajaba de camarero, movía papeles que no siempre eran lo que parecían y, a ratos, ejercía de contacto de confianza para ciertos favores opacos. Un tipo de utilidad variable, que caía bien cuando no abría demasiado la boca. Su móvil vibró sobre la mesa. Un mensaje. Solo decía: “Te están buscando. Cosa seria. Jódar.” El nombre le crispó la nuca. Jódar. Policía de vieja escuela. Si había alguien al que no le gustaban los tipos como él, era ese comisario. E

