A las ocho en punto, la casa de Estefanía y Jorge estaba llena de voces, saludos y risas. El salón, ampliado con las puertas del comedor abiertas, rebosaba de movimiento. Había bandejas de empanadas, tortilla de patatas, jamón ibérico, cerveza fría, vino y vasos preparados sobre la encimera. Todo tenía ese aire de celebración sin explicación que desconcierta un poco pero ilusiona mucho. Félix, con su habitual puntualidad, había llegado el primero con Aurora. A los cinco minutos, Sonia ya les había llenado las copas. Detrás llegaron Jandro y Ana, con aspecto cansado del viaje pero encantados de reencontrarse con todos. Clara y Julián, que habían venido juntos desde Madrid, se sumaron con entusiasmo. Isabel llegó algo más tarde con Lorenzo Jódar, que saludó con su formalidad tranquila. Héct

