Se levantó lentamente y fue a la cocina a preparar una infusión. Abrió el cajón, eligió una bolsita de manzanilla como quien escoge algo por costumbre, no por deseo. Mientras calentaba el agua, apoyó las manos en la encimera y bajó la cabeza. Recordó su vida antes de los niños, antes de la casa, antes de las rutinas. Recordó lo que había querido ser. Y lo que fue dejando de lado sin darse cuenta. No odiaba su matrimonio. No odiaba a Alfredo, ni muchísimo menos. Lo quería. Lo respetaba. Habían construido una vida decente, estable, con peleas normales y reconciliaciones prácticas. Habían pasado por dificultades económicas, por noches sin dormir, por decisiones tomadas deprisa, por complicidades que aún existían. Pero también habían atravesado algo más silencioso:la erosión. Esa forma de de

