Narrador omnisciente
—¡No te pagaré nada! ¿¡Quién carajos te crees que eres!? —grita el hombre obeso de metro y medio. Casi instantáneamente la chica siente algo pesado caer sobre su mejilla que la hace perder el equilibrio.
Cae sobre la cama, agradece al cielo que estuviera ahí, de lo contrario habría impactado contra el suelo.
—¡Soy la mujer con la que acabas de acostarte, y exijo que me pagues! ¡No estoy tan loca como para estar gratis con un cerdo como tú! —le responde en el mismo tono cuando logra reincorporarse.
—¡Te he dicho que no te pagaré! —esta vez las manos del hombre rodean el cuello de la muchacha que siente como comienza a faltarle el aire —a ver si entiendes muñequita, fue una gran noche, pero no te la pagaré. ¿Crees que estás en condiciones de exigir algún pago?
No puede responder, el aire no le llega a los pulmones y lo único que consigue hacer es intentar en vano sacar las ásperas manos de su cuello.
—Eso pensé —continúa —entonces ya me voy —.Acto seguido la suelta dejándola caer nuevamente sobre la cama y sale de la habitación.
Ella aún siente esas manos en su cuello, siente que le quema la piel de la mejilla y la sangre le hierve. Las lágrimas comienzan a correr por su rostro, lágrimas de rabia. Ese maldito la ha jodido. Se ha llevado un servicio gratis. Recoge el bolso n***o con adornos de lentejuelas, se coloca la chaqueta y le sube el cuello para que no puedan verse las marcas, se coloca unas gafas para ocultar el llamativo moretón en su ojo izquierdo. Pone algo de polvo en su mejilla para camuflar el tono rojizo que ha tomado y sale del lugar. Camina por las calles tan rápido como le es posible hasta entrar a una enorme edificación, continúa caminando igual de rápido para llegar al segundo piso, entra a la habitación y una voz ronca la toma por sorpresa.
—¿Dónde estabas? —pregunta arqueando una ceja y fijándose en cada una de las marcas que tiene e intenta ocultar.
La chica rueda los ojos y termina de cerrar la puerta luego de dejarlo entrar.
—Trabajando —contesta mientras se quita la chaqueta.
—Pediste al conductor que se regresara. ¿Qué pasó?
—Necesitaba el dinero. ¿Por qué más iba a ser?
—Ya habías cumplido la cuota —dice el hombre de unos treinta años alzando las manos en señal de obviedad.
—¡No pasaré toda mi vida aquí, te pagaré todo y me iré! —le grita furiosa —¡Tú eres otro perro igual que tu padre, estoy aquí desde hace once años, no vengas fingiendo que te importa una mierda lo que nos pase a alguna de nosotras!
—Tu padre te vendió al mío hace once años, te hemos dado casa y comida durante todo este tiempo que tú haz estado pagando con tus servicios, esto no es Francia Abi, aquí no tienes nada ni a nadie, ha pasado mucho tiempo, ya no debes tener a nadie en tu país tampoco —le recuerda acercándose a ella y bajando la voz, no le gusta gritar —y tienes que cuidarte, recuerda que estás embarazada —dice sonriente rozando su vientre.
—No me toques —responde la chica entre dientes apartando de ella la mano que se acerca —no les daré a mi bebé, ni lo sueñes.
—Tú eres mía, y si esa criatura es una niña será mía también, tal vez si es niño tenga mejor suerte —aclara y sale dando un portazo.
Mientras Abigail se sienta en el suelo no pudiendo retener más las lágrimas.