Enséñame 1

1283 Words
Marie Una chica aplicada, esa es la caracterización más adecuada con respecto a mi persona. Con dieciocho años y tan poca diversión para lo que representa mi edad. De esas chicas que llegan a casa y lo primero que hacen es la tarea y luego tienen incluso tiempo para repasar las materias. Lo de conocer chicos pasa hasta un tercer plano porque ante ojos de los demás son demasiado aburrida. Solo tuve la oportunidad una primera vez y fue tan desagradable que decidí eliminar de mis rutinas algo parecido. Pensé que él estaba interesado, pero solo lo hacía por una puesta en la que ganaba si desvirgaba a la nerd. Para superarlo me ha costado, pero lo he logrado. Al fin, estoy libre de todo. Después de la cena con mis padres subo a mi habitación y me encierro en ella. Ya adelantada las cosas de la escuela, me dedico a leer. Un poco ilógico que no crea en los chicos enamorados y me pase horas leyendo libros para escapar de la realidad. El libro tiene advertencia, pero eso no me priva de leerlo. Sea lo que sea que contenga estoy curada de espantos. Me acuesto boca abajo mientras apoyo el peso de mi cuerpo sobre los codos y el libro debajo de mi cara, empezando la lectura. Me crea adicción y termino baca arriba, manteniendo el ritmo de lectura. Es tan entretenido que espero ansiosa algo entre los protagonistas. Le tengo fobia a las apuestas, pero este tío parece ir a la cara, es decir, sin esconderse. El momento de tensión llega para ellos, pero también me conduce a mí. No sabía que podrían provocar tanto unas simples letras. Me encuentro apretando mis muslos, mientras mi sexo palpita y los pezones resaltan bajo la tela de la blusa. Suelto el libro de inmediato e intento dormirme. Me he negado a sucumbir el placer, después del chasco con Robert. Me giro hasta estar de lado, dejo una de mis manos debajo de la almohada y cierro los ojos intentando quedarme dormida. No lo consigo con facilidad. La alarma suena a las seis y aunque a esta hora los chicos de mi curso aún duermen, yo soy muy meticulosa con el tiempo. Sí, Robert lo dijo: «una chica demasiado sosa» ¿Quién quiere estar con una chica así? La noticia se esparció como pólvora por la escuela y creo que hasta el director sintió pena por mí. Superar este hecho, he podido; saciar necesidades con respecto al sexo, jamás. Cómo siempre soy la primera en arribar a la escuela y mientras espero que empiece el primer turno ocupo uno de los bancos del patio para repasar las materias o simplemente leer. Sin embargo, frente a mí se ubica una pareja que, aprovechando que el sitio está despejado y solo está la sosa de Marie, se comienza besar y toquetear. No aguardo un segundo más y decido ir directo a mi aula. La puerta ya estaba abierta así que la muevo un poco para pasar directo a mi asiento. Un jadeo me saca de mí ensoñación. Levanto la cabeza para encontrarme a mi cuarentón profesor follándose sin piedad a Ava. La escena es más explosiva que lo que se imaginó mi mente con la escena del libro que leí ayer. De pronto, me encuentro mirando tal acto con interés. No soy capaz de mover un apéndice. Mi cuerpo, que se le olvidó que el sexo no forma parte de mi vida, empieza a mostrar los síntomas de ayer. La braga me incomoda con lo húmeda que se vuelve. Trago más de una vez, percibiendo como el fuego parece correr por mis venas. Un ruido no hace despertar a los tres. Ellos miran de pronto para mi sitio y yo miro al suelo notando cómo mi móvil había caído de mis manos. Me agacho con prisas, recogiéndolo torpemente y corro. Cómo si eso cambiara el hecho que llevo el segundo acto de vergüenza en esta escuela. Creo que, antes de terminar el año, tengo record. Me detengo en mitad del pasillo tomando aire y expulsándolo bruscamente. Tiemblo por dentro y no sé exactamente a qué echarle la culpa. Quiero correr más, pero jamás he faltado a clases, a excepciones de estar enferma. El timbre que anuncia la entrada e inicio de clases, así que camino despacio entre la multitud que ya parece ignorame después de haberse cansado de burlarse. Espero que entre prácticamente todo mi grupo para yo hacerlo. Me niego a mirar al profesor, así que solo me preocupo por atender la libreta y copiar lo necesario. Mi mente sigue reproduciendo la escena que vi hace media hora. Me remuevo incómoda en el asiento. Él pasa por mi lado un momento y el puntero roza mi muslo haciéndome levantar la cabeza. Sus rasgos son, sin dudas, algo que lo hace tener disponibilidad de mujeres. Alto, con músculos marcados que seguramente trabaja en el gimnasio antes de venir, cabello n***o y levantado ligeramente alante. Aunque el físico no lo debe abarcar todo. He visto como se mueve y... En mi caso también tengo el cabello n***o y largo hasta que llega a mi cintura. No me gusta recogerlo, así que siempre lo tengo suelto. Mi cuerpo es menudo, pero tampoco al punto de decir «una tabla de surfear». Sin embargo, sea como sea, nadie me observa porque soy sosa en la cama, según una boca y eso pesa más que todo. He aquí la conclusión a todo lo que he pensando: el físico importa una mierda a la hora del placer. Saber que hacer, como provocar o jugar, vale más. Sus ojos me escrutan y aunque él siempre mantiene esa postura fría, hoy lo veo distinto a siempre. Su imagen embistiendo sin piedad a Ava aún no deja de estar en repeat. Me voy sintiendo mal, quiero asegurarlo con esa palabra. La humedad sigue estando presente dejándome algo incomoda porque no estoy acostumbrada a percibirla. Me pierdo de la clase por completo, pero él parece tranquilo explicando la nueva materia. —Mañana hay evaluación de esta primera parte —anuncia y aunque yo nunca me quejo de ellas porque siempre estoy preparada, hoy no he atendido nada. — ¿Qué? —pregunto y creo que me he pasado en el tono porque todos me atienden. — ¿Algún problema? —cuestiona él. Niego con la cabeza porque no tengo explicación válida. Los demás recogen sus cosas para ir al próximo turno de clases y yo también, pero a medio camino soy interrumpida por su gruesa voz: —Señorita Colton, ¿Tiene cinco minutos? Quiero negarme, pero los demás están presente y no quiero dar más motivos para seguir siendo comidilla de los demás. Camino en su dirección, pero me detengo a una distancia responsable por si necesito correr, otra vez. — ¿En qué estaba pensando durante todo el turno? —cuestiona y lo observo sin saber qué responder. Él tiene la culpa, ¿como se lo digo? —Pensé que me pediría mantener en silencio su amorío —confieso sacándome de la pregunta anterior. —No tengo ningún amorío, señorita. A diferencia del imbécil al que se entrega, yo no ando con cuentos. Claro, él también está enterado de lo sucedido con Robert. Cuando digo que hasta el director me debe tener lastima, no miento. — ¿En qué estaba pensando en clases? —repite él y esta vez no tengo como evadir la pregunta. —Si se lo digo puede confundir términos y no... —Si me lo dice hay altas probabilidades de que te enteres de que el problema no radica en ti, sino en el imbécil al que le dejaste embestir.
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