El Precio de una Disculpa

1545 Words
El bullicio ensordecedor del instituto no era más que el ruido de fondo de mi propia ansiedad, un zumbido constante que amenazaba con desbordarme. Me detuve en seco frente a mi casillero, apoyando la frente contra la fría superficie de metal antes de introducir la combinación. Busqué a tientas mi equipo de natación, mi toalla y las gafas protectoras mientras el pasillo principal del Apex Sterling High School cobraba vida a mi alrededor, transformándose en una pasarela insípida de privilegios heredados, miradas altivas e indiferencia gélida. Las eliminatorias estatales estaban a la vuelta de la esquina y, honestamente, necesitaba con desesperación que el olor a cloro y el esfuerzo físico borraran mis pensamientos, aunque fuera por un par de horas. Desde la espantosa pelea con Lynn en el tejado, el aire entre nosotros pesaba muchísimo más que el agua de la piscina olímpica. Su desdén me había calado hondo, pero la culpa también me carcomía. Y luego, por si fuera poco, estaba Jem... Un hondo suspiro escapó de mis labios al cerrar la taquilla de golpe. Los silencios no dichos, las miradas incómodas y los desvíos de atención se estaban volviendo muros de hormigón armado entre nosotros. Mi vida se estaba complicando a un ritmo alarmante. El sol radiante de mediodía atravesaba los majestuosos ventanales del gimnasio, creando destellos y reflejos de cristal danzantes sobre la superficie cristalina de la piscina. Estaba completamente concentrada en mis ejercicios de estiramiento, sentada en el suelo de baldosas húmedas, intentando con todas mis fuerzas convertirme en una isla desierta donde nadie pudiera tocarme. Fue en ese instante de vulnerabilidad cuando lo vi entrar por las grandes puertas dobles. Era Lynn Jones. Como siempre, venía acompañado por su séquito habitual, una armadura social que lo protegía del resto de los mortales. Sin embargo, en cuanto dio un paso dentro del recinto, sus ojos se desviaron de sus acompañantes. Esos ojos oscuros y profundos, que siempre daban la perturbadora impresión de leerte el alma y desnudarte los secretos, se clavaron directamente en mí con una fijeza que me erizó la piel. Noté la sutil transformación en su lenguaje corporal; la tensión acumulada en la línea de sus hombros delataba que él intentó acercarse a mí, rompiendo su propia regla de mantener la distancia. Pero el destino tenía otros planes. Antes de que Lynn pudiera dar tres pasos en mi dirección o de que cruzáramos una sola palabra, Jem apareció de la nada, materializándose a mi lado con una botella de agua mineral fría en la mano y esa sonrisa deslumbrante de capitán de equipo que parecía perfectamente diseñada para un anuncio de televisión de horario estelar. Lynn se detuvo en seco, quedándose atrás, relegado a la sombra. Desde mi posición, alcancé a percibir la rigidez instantánea en su mandíbula y la forma en que sus ojos destilaron un desprecio tan intenso hacia Jem que casi quemaba el ambiente. ¿Qué demonios estaba pasando por su cabeza en ese momento? ¿Acaso pensaba que Jem y yo éramos novios? ¿O que Jem se había convertido en mi sombra personal para protegerme de él? No sabía si sentirme aliviada y protegida por la oportuna intervención de mi amigo, o completamente atrapada e incómoda en medio de una absurda y silenciosa guerra de testosterona. El Príncipe se disculpa Lynn caminó con paso pesado hacia las gradas superiores, sentándose en la tribuna junto a Tom y Melissa, quienes observaban la escena con evidente aburrimiento. A pesar de la distancia, me sentía observada de una manera asfixiante mientras me alineaba junto al bloque de salida para dar inicio a las eliminatorias de natación. El murmullo del agua no lograba apagar los latidos desbocados de mi corazón. —Hola, Maritxu. Buena suerte —soltó la voz de Lynn, baja pero perfectamente audible, cuando pasé cerca del borde de la tribuna para acomodar mi gorro de baño. —Hola. Gracias —respondí de inmediato, forzando una neutralidad fingida y apretando los dientes, intentando con todas mis fuerzas que mi voz no temblara ni delatara el vuelco que había dado mi estómago. Para mi sorpresa, él se levantó del asiento de un solo movimiento fluido y se plantó justo frente a mí, bloqueando por completo el estrecho camino hacia el bloque de salida. El momento de tensión que se generó fue tan denso, tan ridículamente real, que juraría que el tiempo se detuvo por unos segundos y que el ruido del gimnasio desapareció. —Sé que las cosas han estado... extremadamente extrañas entre nosotros desde el lunes —comenzó a decir Lynn, desviando la mirada por un milisegundo antes de volver a fijarla en mí—. Quiero disculparme sinceramente por eso. Por cómo te hablé. Me quedé completamente helada, con los ojos abiertos de par en par. ¿El mismísimo heredero de los Jones, el chico más peligroso e intocable del instituto, me estaba pidiendo perdón a mí? Parecía una alucinación. —Entiendo que hay cosas de tu vida que no puedes contarme, Lynn —respondí, cruzándome de brazos en un intento de protegerme—. No te preocupes. Después de todo, yo no soy de tu mundo. No pertenezco a tu realidad. —Hay algo muy importante que necesito decirte —insistió él, dando un paso más hacia mí y bajando la voz hasta convertirla en un murmullo urgente—. Algo sobre los hombres armados que nos estaban siguiendo aquella noche en el callejón. La curiosidad me golpeó el pecho como una ola gigante en pleno océano, derribando mis defensas. Me incliné inconscientemente hacia él. —¿Qué es? ¿Qué descubriste? —¡Maritxu, tienes que venir a ver esto ahora mismo! ¡Es simplemente impresionante! —La voz enérgica de Jem rompió la burbuja de privacidad en la que nos encontrábamos de forma abrupta. Jem agitaba unos papeles desde el otro extremo de la piscina, ajeno por completo a la gravedad de nuestra conversación. Me vi obligada a balbucear una rápida disculpa a Lynn y me alejé a paso apresurado. Lo dejé ahí mismo, de pie y solo en medio del borde de la piscina, mientras su mirada sombría seguía mis pasos. Lynn veía a Jem como si este fuera un perrito faldero que no hacía más que estorbar en su camino. Vi cómo Lynn apretó los puños con fuerza contenida; sabía perfectamente que le enfurecía el hecho de que Jem no tuviera ojos para nadie más en ese gimnasio y que siempre lograra interponerse entre nosotros. La prueba del agua El sonido estridente del silbato del entrenador resonó en las paredes de hormigón. El agua, antes tranquila, se transformó instantáneamente en un torbellino espumoso de adrenalina pura. Me lancé al vacío con una gracia innata, sintiendo el impacto frío del agua y cómo cada músculo de mi cuerpo comenzaba a arder con el esfuerzo. Para mí, esto no era simplemente una carrera de velocidad; era mi forma de gritarle en la cara a toda la élite del Apex Sterling que yo pertenecía a este maldito lugar por mérito propio, por mi talento, y no por un apellido rimbombante. Mis brazos cortaban el agua con una fuerza que ni yo misma sabía que poseía, canalizando toda la frustración, la rabia y la confusión de los últimos días en cada brazada. Toqué la pared final de azulejos y saqué la cabeza a la superficie, jadeando airadamente. Segundo lugar. Había logrado un registro épico que aseguraba mi puesto en la competencia principal. Entre el estallido de los aplausos de los asistentes, Jem fue el primero en acercarse a la orilla. Para mi sorpresa, traía consigo un precioso ramo de flores frescas: una combinación perfecta de capullos blancos, rosados y rojos. Fue un gesto tan sumamente dulce y considerado que no pude evitar sonreír de oreja a oreja a pesar del cansancio extremo que amenazaba con entumecer mis piernas. En ese instante, recordé por qué lo apreciaba tanto. Éramos camaradas, éramos un equipo imbatible en el deporte. O al menos, eso era lo que yo quería seguir creyendo para no complicar más las cosas. Desde la distancia, a través de las gotas de agua que nublaban mis pestañas, alcancé a ver a Lynn mordiéndose el labio inferior con evidente frustración. Sus propios amigos, para colmo, no ayudaban en absoluto a calmar su tormenta interna. —¡Maritxu, eso que hiciste fue jodidamente increíble! —gritó Tom desde la barandilla, con una honestidad brutal que rozaba la imprudencia—. En serio, no pensé que una chica becada pudiera ser tan malditamente buena en el agua. —¡Tom, cállate de una vez, eres un idiota! —Melissa le propinó un sonoro codazo en las costillas antes de volverse hacia mí con una sonrisa genuina—. Fuiste asombrosa, Maritxu. Esa última brazada que diste antes de tocar la meta fue algo épico. Lynn se abrió paso entre ellos y bajó las gradas, ignorando olímpicamente la presencia de Jem, quien se tensó al verlo venir. Se detuvo a los pies de la piscina y me miró fijamente. —Maritxu, ¿podemos dar un pequeño paseo fuera del gimnasio? Necesito hablar contigo urgentemente. A solas. Sin interrupciones. El misterio del Clan de los Cuervos Sombríos volvía a llamarme, y esta vez, no pensaba dar un paso atrás.
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