El tiempo que transcurrió entre su mirada y la mía se sintió tan ligero, tan casto y a la vez tan eterno. Ser o no ser, daba lo mismo, estaba embelesada en esos hermosos ojos azules y no quería parar de verlos. El reloj seguía marcando la hora, pero yo estaba ahí, congelada, sentada sobre su regazo, dejando que sus manos poco a poco se deshicieran del espantoso traje de Sexy Rabitt que tanto odiaba. —Me voy a arrepentir de esto… —Voy a tratar de que no —Desliza el tirante de mi sostén por mi brazo, desabrocha el pin y se yergue un poco al frente para repartir besos suaves en mi cuello, desciende a mi clavícula, lleva sus labios a las almohadillas de mis senos y aparta despacio los mechones de mi cabello, dándose permiso para, sin permiso alguno, pasar su lengua por mis pezones. Sé

