La boda transcurrió como siempre y al igual que las anteriores, con suma tranquilidad. Ale no había llegado y de hecho no lo haría, pues según ella se había sentido mal de pronto y prefería quedarse en casa a descansar. Yo, por mi parte, había visto toda la boda desde el primer plano y por desgracia al momento de que la novia lanzara el ramo, cayó justo en mis manos, y eso que no estaba participando. Estaba sentada en una de las mesas del fondo haciéndole amiga de una botella de Brandi cuando se cayó y me derramó toda la bebida encima. ¡¿Genial, no?!. Parecía una pésima señal de que sí o sí debía acatar las órdenes de la jueza Andrews. Después de aquel incómodo momento y de ganarme el desprecio de las pobres tontas que sí se querían casar, seguí bebiendo mi botella sin prestarle aten

