2.1 ¡Ponte el pvt0 anillo!

1136 Words
(Punto de vista de él) Estaba que me llevaba el diablo por culpa de esa mujer. La odiaba, la detestaba, no la podía ver. Lo peor de todo es que estaba destinado a soportarla durante toda mi vida o el puñ**etero tiempo que a mi padre se le ocurriera ponerme. Era bien sabido que en la familia Von Adler, por generaciones, siempre había arreglado sus matrimonios de manera estratégica. A mí y mis hermanos se nos dijo desde que nacimos que nuestras parejas serían arregladas. No cabía en nosotros esa elección por amor y a mí siempre me había importado una m¡erda la cursilería. Nunca me había encariñado con alguien lo suficiente, como para decir que iba a desafiar esa estupida tradición. Era un hombre libre, que hacía lo que su santa gana se le viniera a la cabeza. Me gustaban los negocios, las fiestas, los cierres de contratos, y enterrarla en un c0ñ0 bien mojado. Pero este pvt0 matrimonio al que estaba a punto de ceder me tenía £nc∆br0nado. El cristal del vaso casi se astilló entre mis dedos cuando apreté la mano alrededor del whisky. Maldita sea. El alcohol quemó mi garganta al pasar, pero no lo suficiente. Nada era suficiente para las malditas ganas que tenía de mandar a todos a la mierda. Las luces tenues del club, la música vibrando en el aire, las risas femeninas que normalmente me habrían puesto de buen humor… nada me afectaba. Ni siquiera las bailarinas que pasaban al privado en busca de una buena propina. Y todo por culpa de ella. Kimberly Esposito. La Esposito de m¡erda que ahora llevaría mi apellido como si lo hubiera ganado. En una semana esa mujer llevaría mi apellido y estaría atado a ella como un maldito perro. ¿Cómo se atrevió a sonreírme así? Como si todo esto no le importara. Como si tuviera la maldita situación bajo control. Como si yo no fuera el que decidía en esta relación. Su voz seguía retumbando en mi cabeza y la furia volvió a hervirme la sangre. Tomé otro trago, más fuerte esta vez. Necesitaba apagar su maldita voz de mi mente. — Parece que alguien necesita distracción —. Escuché la voz de Dahlia, la pvt^ con la que me gustaba divertirme de vez en cuando. Por supuesto. Vestido rojo ajustado, perfume caro, labios pintados con la intención de marcar piel. Se deslizó junto a mí, dejando caer una mano en mi muslo con la confianza de quien sabe que siempre ha tenido permiso—. No estás sonriendo, Massimo. No respondí. Ni siquiera la miré. Dahlia no entendió la indirecta. Se inclinó más cerca, presionando su cuerpo contra el mío. Cualquier otra noche, esto hubiera funcionado — Déjame adivinar. ¿Tu prometida no te dejó tocarla? —Continuó. El vaso en mi mano se detuvo a mitad de camino. Dahlia sonrió. Había olido la sangre—. Eso debe ser frustrante para ti. — No quiero hablar de ella —. Mi voz sonó áspera. Más de lo que me habría gustado. Ni siquiera tenía la intención de c0g3rme a Kimberly. Nunca la tocaría. Dahlia rio con burla y movió su mano más arriba, deslizándola por mi pecho — ¿Eso significa que puedo distraerte? —Me tensé. No porque me interesara, sino porque no sentí absolutamente nada. Esto habría sido suficiente para tirarme a Daliah, sin embargo, estaba tan encabr0nad0 por mi compromiso, que no se me antojaba nada. Su perfume me sofocó. No era el de Kimberly. Su tacto no me despertó. No era el de Kimberly. Y eso me 3nc^br0nó más. Dahlia debió notarlo, porque se inclinó hasta mi oído y disparó el comentario que no debía hacer. — Debe ser j0d¡damente buena en la cama para que ya no quieras tocarme —. Lo dijo tan sensual, y yo sentí tanto asco, que la explosión en mi cabeza fue instantánea. Le agarré la muñeca con más fuerza de la necesaria y la aparté de un solo movimiento. — Cierra la maldita boca, Dahlia. Ella parpadeó, sorprendida. — ¿Me estás diciendo que no? —Abrió los ojos ante mi reacción. — Te estoy diciendo que si insinuas mencionarla una vez más, te aseguro que no vuelves a pisar este club —. No sé por qué me alteró tanto que alguien tocara el tema de mi prometida. No lo entendí. No quise entenderlo. Estaba furioso por el matrimonio. Dahlia se alejó con un bufido, murmurando algo entre dientes antes de perderse en la multitud. Yo solo me pasé una mano por el rostro, tratando de apagar el pvt0 incendio en mi cabeza. Respiré hondo. Necesitaba algo más fuerte que alcohol. Algo que me quitara esta sensación de frustración clavada en la garganta. — Parece que alguien tiene problemas de compromiso —. Esa voz. Giré el rostro y ahí estaba. Will O´Conell, apoyado contra la barra, con su whisky en mano y esa mirada burlona que siempre había querido partirle con un puño. No sonreí. Nunca lo hacía con él. — ¿Vienes a burlarte, O´Conell? —Will bebió un trago antes de hablar. — ¿Quién diría que el temido Massimo Von Adler iba a terminar con un anillo en el dedo? —Rió suavemente—. Supongo que todos caen tarde o temprano. Especialmente cuando se sabe que en tu familia se ha construido a base de matrimonios arreglados. — Vete a la mierda. — Solo digo que podrías haber elegido mejor. Algo en mi interior se tensó. — No la elegí —espeté. — Entonces, ¿por qué pareces tan j0d¡damente afectado? — ¡Por que no la quiero, j0d3r! Es una maldita zorra frívola y embustera. El aire se volvió más denso. Will me miró con una sonrisa de lado. — ¿No será que esta vez, la presa te está jugando el mismo juego? Solté una risa seca, burlona. — Kimberly Esposito no es mi presa. Nunca me he interesado en ella. — No. No lo es. —Will se giró por completo hacia mí, mirándome con interés—. Y creo que ese es tu problema. No tienes el control completo sobre ella. He sabido, por parte de su hermana, que tiene un carácter de temer cuando se enoja. No respondí. No tenía nada que decir más si se trataba de él. Porque aunque nunca lo admitiría en voz alta, la verdad estaba golpeándome en la cara con la fuerza de un tren: Esta vez, no era yo quien tenía el control. Estaba ante una mujer que odiaba y no me sería fácil romperla. Eso me estaba volviendo loco. Y más loco me volvió aún lo que me encontré a la mañana siguiente explotándome en la cara.
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