Dejé el paquete junto a la entrada y me encaucé al salón, sitio en el que el abuelo permanecía pegado a su butacón predilecto mientras derrochaba su vejez entre el noticiario y la lectura de un sinnúmero de diarios y revistas. —Me retrasé aunque no fue mi intención. ¿Le puedo pedir a Alberto que me lleve al club literario? Le llamaría más tarde para que me recogiese. —Si ya te autoricé antes, Nanda —refunfuñó el anciano—. Creí que estabas de camino a la escuela. ¿Acaso eres tonta? La misma pregunta con su respuesta intrínseca. Las palabras incomprensibles, injustas e hirientes al punto de hacerme sentir verdadero daño, se me hacían tan cotidianas como el alimento o el aire que respiraba. Las conocía más que a los vocablos tiernos y sencillos que expresan el cariño, por no mentar el amor

