Esa noche, Marta no acudió a darme la bendición, contrario a sus costumbres. Aguardé alrededor de treinta minutos luego del horario habitual por si andaba atareada con los quehaceres de la cocina. A menudo, ella se acostaba ya entrada la madrugada inventando platillos y descansaba en el horario de la siesta. En las ramas del ciruelo ululaba una lechuza. Me escrutaba con sus los ojazos brillantes que tanto me intimidaban y reducían mi estatura a unos pocos centímetros. Temblaba ante su aparición como lo haría una un ratón o un insecto. A pesar de que cerré las hojas de los ventanales y la puerta del balconcillo, todavía sus ruidos lúgubres y el aroma a fruta madura se colaban dentro. Era imposible escapar de ellos. Por más que prendí el televisor, no sacaba los caprichosos cantos de mi cab

