El amanecer en la puna era un cuchillo de luz fría, cortando la niebla como garras frescas, pero el aire ya olía a tensión –a pelajes desconocidos y plata codiciada. La manada se reunía en la quebrada norte, betas en formación semicírculo con colmillos reluciendo, Lira al frente con su lobo castaño rojizo erguido, ojos miel alerta como los de una cazadora que huele la trampa antes de pisarla. Elara estaba a mi lado, su forma negra medio desplegada, pelaje vetado de plata brillando bajo el sol naciente –curvas atléticas tensas, pero su mirada verde-esmeralda fija en el horizonte con esa ferocidad cusqueña que me ponía duro incluso en medio de la amenaza. El lazo latía entre nosotros como un pulso compartido, fuerte y templado por el ritual de anoche –su coño aún apretándome en recuerdos, mi

