La noche después de la batalla en la montaña era un silencio que pesaba más que cualquier grito. Yo volvía cojeando al claro principal, hombro todavía quemando por la bala de plata, coño dolorido y lleno del semen de Kai que goteaba por mis muslos cada paso que daba. Kai caminaba a mi lado, polla colgando pesada y ensangrentada, herida del costado casi cerrada pero marcada con cicatriz fresca. Zara y Lira detrás, oliendo a pólvora y sexo de guerra. Llegamos al claro sagrado y algo estaba mal. Demasiado silencio. Demasiados lobos mirando al suelo. En el centro estaba Torak, el viejo alfa, padre de Kai, el que llevaba la manada desde antes de que naciéramos. Y a su lado… el coronel humano de los cazadores nuevos, uniforme limpio, rifle colgado al hombro como si estuviera en su casa.

