CAPÍTULO 56— La traición del Alfa

1027 Words
La noche después de la batalla en la montaña era un silencio que pesaba más que cualquier grito. Yo volvía cojeando al claro principal, hombro todavía quemando por la bala de plata, coño dolorido y lleno del semen de Kai que goteaba por mis muslos cada paso que daba. Kai caminaba a mi lado, polla colgando pesada y ensangrentada, herida del costado casi cerrada pero marcada con cicatriz fresca. Zara y Lira detrás, oliendo a pólvora y sexo de guerra. Llegamos al claro sagrado y algo estaba mal. Demasiado silencio. Demasiados lobos mirando al suelo. En el centro estaba Torak, el viejo alfa, padre de Kai, el que llevaba la manada desde antes de que naciéramos. Y a su lado… el coronel humano de los cazadores nuevos, uniforme limpio, rifle colgado al hombro como si estuviera en su casa. Y la bruja joven, la que olía a Isadora, sonriendo con dientes blancos. Kai se detuvo en seco. —Padre… ¿qué mierda es esto? Torak ni parpadeó. —Hijo. Llega tarde a la reunión. — ¿Reunión? ¡Hay un humano en nuestro claro sagrado! El coronel levantó la mano, tranquilo. —Tranquilo, lobo. Tu padre y yo acabamos de firmar paz. Kai dio un paso, colmillos saliendo. — ¡Paz con los que nos disparan plata líquida! ¡Paz con los que mataron a nuestros cachorros! Torak habló lento, voz grave. —Los tiempos cambian, Kai. Los humanos tienen tecnología que ni la veta puede parar. Drones que ven en la oscuridad, balas que queman el alma. Si seguimos peleando, la manada desaparece en un año. — ¡Entonces morimos peleando, no lamiéndole las botas a esta mierda! El coronel sonrió. —No botas, lobo. Solo un trato. Entregamos a la marcada (señaló directo a mí) y a la ceniza (miró a Zara). A cambio, la manada vive. Los cazadores se van. La veta queda intacta. Yo sentí la marca arder otra vez, caliente como la primera vez. — ¿Me entregan a mí? ¿Después de todo lo que hice por esta manada? Torak me miró sin emoción. —La profecía dice que tú abres o cierras la veta. Los humanos quieren abrirla. Nos pagan con paz eterna si te entregamos viva. Kai rugió tan fuerte que hizo temblar la tierra. — ¡Ella es mi hembra! ¡Mi sombra! ¡El que la toque muere! Torak levantó la garra. —Las leyes son claras, hijo. El alfa decide. Yo soy el alfa todavía. Tú perdiste el control en la montaña. Te follaste a tu hembra en medio de la batalla. Perdiste honor. Un grupo grande de lobos viejos se puso al lado de Torak. Casi la mitad de la manada. Los Salvajes dudaban. Lira dio un paso adelante, pelaje rojizo erizado. —Viejo, estás vendiendo a tus propias hembras por miedo. Torak la miró. —Cállate, rojiza. Tú nunca fuiste sangre pura. Zara habló bajo, hilos violetas ya saliendo de sus dedos. —Torak… yo te curé heridas cuando eras cachorro. ¿Esto es tu gratitud? El viejo alfa bajó la mirada un segundo… y la levantó dura. —La manada sobrevive. Ese es mi deber. Kai temblaba entero, ojos ámbar llenos de lágrimas y rabia. —Padre… dime que esto es una prueba. Dime que no estás vendiendo a mi hembra. Torak habló sin mirarlo a los ojos. —Es orden. Entrégala, Kai. Y te perdono la locura de la montaña. Silencio. Yo sentí la marca quemar tan fuerte que me caí de rodillas. Kai se arrodilló conmigo, mano en mi vientre. —Elara… nunca. —Kai… nos van a matar a los dos. —Que vengan. Se puso de pie, enfrentando a su padre. — ¡Escuchen todos! ¡Torak ya no es alfa! ¡Vendió a la hembra marcada! ¡Vendió a la sombra que nos salvó cien veces! ¡El que esté conmigo, que dé un paso adelante! Lira dio el primer paso. Zara el segundo. Unos cuantos Salvajes. Algunos jóvenes. Pero no todos. Torak rugió. — ¡Entonces son traidores! ¡Mátenlos! Los lobos leales a Torak se lanzaron. Kai me levantó en brazos y corrió. — ¡Zara, Lira, conmigo! Corrimos por la ladera, balas silbando, garras rozando nuestras espaldas. Una bala me rozó la pierna, sangre caliente chorreando. Kai rugió de dolor al verme herida. Saltamos un barranco, caímos rodando, seguimos corriendo. Llegamos a la cueva secreta del termal profundo, la que solo nosotros conocemos. Entramos, cerramos la entrada con rocas. Silencio. Solo nuestra respiración. Zara se dejó caer contra la pared, hilos violetas temblando. —Nos echaron… nos cazan ahora como animales. Lira escupió sangre. —Viejo hijo de puta. Lo mato yo misma. Yo miré a Kai. Él tenía lágrimas en los ojos, por primera vez en mi vida lo vi llorar. —Elara… perdí a mi padre… perdí la manada… por ti. Me acerqué, le limpié las lágrimas con la lengua. —No perdiste nada, hierro. Me ganaste a mí. Y yo valgo más que toda esa mierda junta. Lo besé fuerte, sangre y lágrimas mezcladas. —Ahora somos nuestra propia manada. Tú, yo, Zara, Lira. Y los que vengan después. Kai me apretó contra su pecho. —Te juro por la luna roja que te protejo hasta el último aliento. —Entonces fóllame ahora, Alfa. Fóllame hasta que olvide que alguna vez tuvimos manada. Me tiró al suelo caliente del termal, polla dura entrando de un golpe. — ¡Siente mi hierro, sombra! ¡Eres mi manada ahora! — ¡Rómpeme, cabrón! ¡Lléname hasta que duela! Zara y Lira se acercaron, ojos brillando. Zara lamió mi cuello. —Hermana… ahora somos libres. Lira mordió mi hombro. —Y más peligrosas que nunca. Kai embestía como loco, gruñendo. — ¡Córrete conmigo, Elara! ¡Que se joda la manada vieja! Exploté gritando su nombre, coño apretándolo, jugos chorreando. Él se corrió dentro, chorros calientes llenándome, rugiendo tan fuerte que retumbó en toda la cueva. Y afuera, los aullidos de caza empezaron. Nos buscan. Pero ahora somos cuatro contra el mundo. Y la luna roja nos mira desde arriba. Lista pa’ lo que venga.
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