El termal estaba que jodía, agua hirviendo, vapor subiendo tan espeso que apenas se veía la polla de Kai colgando pesada entre sus muslos mientras él se lavaba la sangre seca del costado. Yo estaba metida hasta las tetas, agua quemándome los pezones, el coño abierto debajo del agua caliente como si ya me estuviera follando la propia tierra. De repente, sin aviso, la marca en mi vientre bajo, ese tatuaje lunar que mi madre me clavó con aguja y sangre cuando tenía quince, empezó a arder como si me hubieran metido un fierro al rojo directo en las tripas. — ¡La reconcha de la lora, la puta madre que me parió! Salté fuera del agua como loba en celo, agua chorreando por mis tetas, por el coño, por los muslos, todo salpicando la roca caliente. Kai se giró rápido, polla dando un salto aunque e

