Capítulo 43: El Susurro de las Lunas Despertadas (Narrado por Elara Vargas)

4811 Words
La luna llena se erguía sobre la puna como una amante caprichosa que no se sacia, su plata derramándose en cascadas que lamían las cumbres del Ausangate con dedos de luz fría y caliente a la vez, el viento susurrando entre las vetas de la cueva principal como un nido de secretos ancestrales que se revelaban en la quietud de la noche, llevando ecos de aullidos lejanos que no eran amenazas, sino celebraciones de lazos templados en verdades compartidas que perduraban como raíces en tierra fértil que sostienen cumbres con paciencia ancestral. La veta mística latía con un pulso constante y sereno, su fuloglie plateado ahora un faro inquebrantable que iluminaba las paredes rocosas como si la plata misma respirara en armonía con la manada, amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes entrelazados en un tapiz de lealtad que había resistido amenazas humanas y mecánicas, y ahora florecía en una plenitud profunda, los antiguos guardianes silenciados en memorias compartidas, no con garras que rasgaban la tela de la noche con furia que quema efímero, sino con susurros que cosían almas como hilos de luna en un manto de eternidad que perduraba sin fin, ecos que no mordían con celos afilados como cuchillos de obsidiana que cortan con prisa que rasga, sino que velaban con la gentileza de una abuela que teje mantas para abrigar noches frías que susurran cuentos de raíces profundas que nutren sin pedir nada, memorias que no herían como espinas de yuyo que cortan con afán, sino curaban como pétalos de cantuta que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada con delicadeza que perdura como nieve en puna que cubre sin herir. Kai caminaba a mi lado por el sendero empedrado de la cueva, su presencia un bálsamo en la luna llena que despertaba bestias dormidas con bendición, no maldición –piel cobriza reluciendo bajo el fulgor plateado como bronce besado por el rocío de la eternidad, músculos atléticos relajados por la vigilia terminada, ojos ámbar fijos en las grietas donde la plata parecía respirar con vida propia, vetas serpenteando como venas de un dios satisfecho que sueña con ríos de luz que no se secan, su mano en la mía entrelazada con una ternura que era pacto diario, no solo en noches de confidencias, sino en caminatas como esta, donde el roce de sus dedos era mapa de futuro dibujado con tinta de estrellas que no caían, sino que guiaban con luz suave que perduraba como ríos que nutren valles con armonía que perdura sin pedir. El lazo entre nosotros latía suave, no como el fuego desesperado de las folladas rápidas contra riscos que quemaban como relámpagos efímeros que iluminan y se van, sino como un río subterráneo que nutría el alma con gotas pacientes que se acumulaban en lagos de paz profunda, recordándome las noches en que nos acurrucábamos en la choza, sus dedos trazando mi pecho sin urgencia, solo con ternura que me hacía sentir no solo Luna, sino guardiana de algo eterno, un lazo que había sobrevivido a tanques que rugían como truenos que retumban cumbres y drones que zumbaban como mosquitos del diablo que picaban con veneno de acero, y ahora florecía en plenitud, susurros quechua en mi oído prometiendo no solo cachorros, sino un legado de aullidos libres que llenaban cumbres con canciones, no rugidos de batalla, memorias compartidas que no herían como espinas que rasgan con afán, sino curaban como pétalos de cantuta que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada con delicadeza que perdura como nieve en puna que cubre sin herir, susurros que no cuestionaban con filos afilados que cortan tela de noche, sino afirmaban con gentileza que teje futuro como ríos que nutren valles con armonía que perdura sin pedir nada. —Sombra mía —murmuró Kai, deteniéndose en el sendero donde la plata filtraba su luz como lágrimas de luna que no dolían, su voz ronca con acento puneño que rodaba como grava en río calmado que nutre orillas con gotas constantes que se acumulan—, el chamán ha confirmado el pacto completo –los guardianes rivales se han templado, su eco no muerde más, sino que protege con luz que envuelve como manto de niebla suave que acaricia orillas erosionadas por tiempo, la plata inquebrantable pa' nuestra manada tejida en verdades susurradas que perduran como raíces en tierra fértil que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra herencia en cada hoja que cae sin prisa que rasga. La luna llena renacida no trae maldición que quema como fuego que devora efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino bendición de legado pleno que fluye como río que nutre valles con gentileza que perdura –cazamos juntos esta noche, no por guerra que rasga con filos afilados que cortan tela de noche con prisa que rasga, sino por celebración de memorias compartidas que unen almas en luz tejida en confesiones que no duelen como espinas que rasgan con afán, sino curan como vientos que limpian heridas con suavidad que perdura como nieve en puna que cubre sin herir, aullidos que llenen las cumbres con luz tejida en verdades que perduran, pa' que los cachorros nazcan bajo llena que bendice con susurros que nutren como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no maldice con mordidas que devoran con hambre ciega que rasga, ecos que no devoran con hambre, sino nutren con gentileza que teje futuro como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra herencia en cada hoja que cae sin prisa que rasga, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura. Apreté su mano, mi calor anclándolo como raíz que sostiene árbol en tormenta que pasa con gentileza, ojos verde-esmeralda brillando con esa ferocidad cusqueña que me hacía querer arrodillarme y adorarla, no solo follarla, mi aliento caliente rozando su oreja en un susurro que era pacto silencioso, lengua rozando su lóbulo en caricia que era ternura pura que nutría alma con gotas de paz que se acumulaban como rocío en hojas: —Hierro, la luna llena renacida no trae veneno que quema como fuego que devora efímero que ilumina y se va –trae vida en plenitud que fluye como río que nutre valles con gentileza que perdura como nieve en puna que cubre sin herir, ecos templados en luz que protegen con suavidad, no devoran con rabia ciega que rasga tela de noche con prisa que corta. Mi sombra era soledad que mordía en lunas rojas con colmillos que robaban pedazos de alma como espinas que cortan con afán que devora, pero tu abrazo la convirtió en jauría que aúlla en armonía que perdura como nieve en puna que cubre sin herir; tu hierro era ceguera que hería en noches de viudez con mordidas que sangraban no solo carne, sino esperanza como ríos secos que el tiempo no llena, pero mi susurro lo abrió a la eternidad de memorias compartidas que no duelen como espinas que rasgan con prisa, sino curan como pétalos de cantuta que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada con delicadeza que perdura como raíces en tierra fértil. Cazamos esta noche no por guerra que rasga con filos afilados que cortan tela de noche con prisa que rasga, sino por celebración de herencia –aullidos que llenen las cumbres con memorias tejidas, no con sangre que tiñe ríos de rojo efímero como batalla que se olvida en vientos que pasan con prisa, sino con canciones quechua que unen almas en luz que perdura como las vetas, pa' que los cachorros nazcan bajo llena que bendice con susurros que nutren como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no maldice con mordidas que devoran con hambre ciega que rasga, ecos que no devoran con hambre, sino nutren con gentileza que teje futuro como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra herencia en cada hoja que cae sin prisa que rasga, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin. Pero antes de la danza, Kai –abrázame lento aquí, en el sendero al crepúsculo, hazme sentir tu calor pa' templarme pa' la luna. Quiero tu abrazo goteando por mi alma mientras aullamos bendiciones, pa' que huelan nuestra unión y la celebren en lugar de cuestionar, no con embestidas urgentes que devoran como fuego que quema efímero, sino con caricias que perduran como raíces en tierra fértil, susurros que no exigen con dientes afilados que cortan, sino ofrecen paz eterna con lengua suave que teje legado como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como la plata misma. No fue follada cruda que quemaba como relámpago efímero que ilumina y se va, sino abrazo profundo y lento que era ritual propio de celebración plena y poética que perduraba como la plata misma –la atraje contra mi pecho, cuerpos desnudos bajo el crepúsculo filtrado, mi piel cobriza envolviendo su morena como corteza protegiendo fruto maduro que madura en silencio con paciencia de ríos que nutren orillas erosionadas, manos trazando su espalda en círculos lentos que dibujaban runas invisibles de quechua antiguo con la delicadeza de viento que acaricia hojas sin romperlas, labios rozando su sien en besos suaves que sabían a chicha fermentada y promesas eternas, no urgentes como truenos que retumban cumbres con prisa que rasga, sino pacientes como ríos que tallan cañones con gotas constantes que nutren orillas con gentileza que perdura, su cabeza descansando en mi hombro mientras el viento llevaba nuestros suspiros como ofrenda a la luna renacida, su aliento caliente en mi cuello susurrando "Tu abrazo templa mi fuego, Kai –no embestidas contra riscos que queman efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino caricias que curan cicatrices de Isadora como pétalos que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada con delicadeza que perdura como raíces en tierra fértil, haciendo que mi tatuaje lata como corazón compartido, tu mano en mi vientre prometiendo cachorros que aúllen no con rabia que rasga como espinas que cortan con afán, sino con canciones quechua que llenan cumbres con armonía que perdura como nieve en puna que cubre sin herir con blancura pura que nutre". Nos mecimiento en el sendero, el viento llevando nuestros suspiros como ofrenda a los antiguos, el lazo latiendo como un río que nos unía a todos, no en placer carnal inmediato que devora como fuego que quema efímero, sino en intimidad que construía fortalezas invisibles con ladrillos de ternura que perduraba como nieve en puna que cubre sin herir, sus dedos enredándose en mi cabello castaño, tirando suave pa' inclinar mi cabeza y besar mi mandíbula con labios que sabían a victoria y vulnerabilidad, un beso que era pacto silencioso, lengua rozando mi piel en trazos lentos que despertaban no urgencia como relámpagos que iluminan y se van, sino paz profunda como ríos que nutren valles con gotas constantes que se acumulan, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato que quema efímero, sino de unión que perduraba como las vetas mismas, el crepúsculo envolviéndonos en tonos púrpura que parecían bendecir el abrazo con colores de eternidad que no se apagaba, el viento susurrando aprobación como si la Pachamanca misma observara con sonrisa ancestral que teje herencia con hilos de luz que perduran, luz plateada filtrándose como testigo que unía pasado y futuro en un susurro eterno que no terminaba, sino florecía como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa que rasga, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, el abrazo extendiéndose en tiempo que no medía horas, sino momentos de paz que construían eternidad con gentileza que perduraba como la plata misma que brilla sin fin. El chamán nos esperaba en la cámara profunda, un anciano arrugado como corteza de ceibo milenario, ojos lechosos brillando con fulgor plateado, sentado en un círculo de runas talladas en hueso de puma que olían a salvia quemada y secretos enterrados, humo enroscándose alrededor como lenguas etéreas que probaban el aire con gentileza inquisitiva, formando siluetas de lobos primordiales que rozaban no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir. La manada se reunía alrededor –Lira con su pelaje castaño rojizo medio desplegado, curvas tensas bajo una blusa raída que marcaba pechos subidos por la alerta, ojos miel entrecerrados con esa astucia pícaro que la hacía indispensable, murmurando "Siento sus ojos en mi nuca, como en el ritual cuando lamíamos jugos tejidos, pero ahora es frío, como memorias que congelan el fuego de la alianza, ecos que prueban no carne, sino espíritus con gentileza que duele dulce, susurros que curan no con lenguas urgentes, sino con verdades que llenan vacíos con luz suave que perdura como raíces en tierra, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con caricias que tejen herencia con paciencia que perdura como nieve en puna que cubre sin herir con blancura pura que nutre"; Zara a su lado, su ceniza esbelta transformada en humana, piel oliva curtida brillando con sudor de vigilia, venas violetas templadas pulsando sutiles como recuerdos rotos, caderas estrechas tensándose con la promesa de garras listas, susurrando "Mis hilos violetas tiemblan –los antiguos llaman a lo roto, pa' tejerlo nuevo, pero los rivales muerden desde las vetas oscuras, celosos de la luz que compartimos en danzas de almas, no solo cuerpos, sino en susurros que curan cadenas con paciencia de ríos que tallan cañones, no con mordidas desesperadas que hieren con afán, sino con gentileza que teje alas de cadenas rotas con hilos de luz que perduran como vientos ancestrales que susurran herencia con voz suave que nutre valles sin pedir, memorias que no se rompen, sino se expanden"; los Salvajes en retaguardia, mugrientos pero leales, alfa macho gruñendo bajo con pelaje limpio, cuerpo marcado por mordidas frescas que contaban cacerías compartidas, olfateando el aire con hocico erguido "Huele a familia perdida –mordidas que no duelen, sino curan, pero con dientes que prueban debilidades en el lazo que tejimos con verdades susurradas, no solo placeres urgentes que devoran, sino en gruñidos compartidos que fortalecen huesos débiles con gentileza de hermanos que comparten no carne, sino espíritus en susurros que perduran como raíces en tierra fértil, no con fauces que devoran con hambre, sino con lenguas que limpian con paciencia que teje herencia eterna como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como la veta misma que brilla sin fin". Kai tomó mi mano, el lazo latiendo fuerte como un río que nos unía a todos, y nos arrodillamos ante el chamán, el aire espesándose con humo que formaba formas etéreas –lobos primordiales aullando silenciosos, ojos ámbar antiguos que miraban a través de nosotros, no con juicio, sino con curiosidad ancestral que rozaba como viento en piel desnuda, lenguas etéreas probando no con hambre, sino con paciencia que era casi caricia, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir memorias como ofrenda que no exigía, sino ofrecía, lenguas etéreas probando no con agresividad, sino con gentileza que era caricia ancestral, humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, el chamán esparció salvia, humo enroscándose en formas lobunas que lamían cicatrices con gentileza, despertando recuerdos enterrados con una delicadeza que dolía dulce, no como garras, sino como vientos que limpian heridas abiertas, visiones desplegándose no como flashes violentos, sino como tapices tejidos con hilos de quechua: mi primera transformación, no maldita, sino bendita bajo luna llena con mi viejo Ramiro aullando guía, su pelaje gris rozando el mío en un baile de iniciación que era abrazo protector, no caza solitaria, su voz en mi mente susurrando "Aúlla con corazón, niña –la plata escucha no mordidas, sino canciones que perduran como ríos que nutren valles con gentileza que perdura, no con furia que rasga como espinas que cortan con afán"; Kai como cachorro, su padre enseñándole a morder no por rabia ciega, sino por protección tierna, colmillos rozando cuello en lección de confianza que hería solo lo necesario pa' enseñar a sanar, su padre gruñendo "El hierro protege, hijo –no con fuerza sola, sino con lazos que sostienen en lunas oscuras, susurros que curan lo que garras no tocan con paciencia que teje herencia como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía". "Desnudaos el alma", rasgó el chamán, "dejad que los guardianes lamen vuestras heridas –no carne, sino memoria. El lazo de hierro y sombra lidera –muéstrales vuestro fuego, no con embestidas, sino con verdades susurradas que unen, no dividen, como raíces que se entrelazan en tierra fértil pa' sostener cumbres eternas, susurros que prueban no con dientes, sino con paciencia que cura lo que garras no alcanzan, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como las vetas mismas, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande". Kai se arrodilló primero, humano desnudo bajo la plata, su cuerpo un mapa de cicatrices que los espíritus lamían con susurros –lenguas frías rozando su pecho, despertando el dolor de Selene, no como veneno, sino como lección profunda que se revelaba en capas suaves como niebla matutina que no quema, sino acaricia: —Amé con hierro ciego, mordiendo por miedo a la pérdida que me dejó hueco como veta vacía, colmillos que herían no por rabia, sino por terror a la soledad que Isadora sembró en mi viudez, mordidas que robaban no solo carne, sino paz que el tiempo no devolvía, noches donde el vacío aullaba más fuerte que cualquier luna. Pero la sombra de Elara me templó –me enseñó a aullar con corazón abierto, a abrazar en lugar de embestir con furia que hería como espinas que rasgan con prisa, a compartir memorias en noches de confidencias donde sus dedos trazan mis cicatrices como runas de vida renovada, no de muerte pasada, su aliento en mi oreja susurrando quechua que cura lo que el tiempo no toca, su cuerpo arqueándose contra el mío en danzas de respiraciones que no exigen clímax, sino unión que perdura como raíces en tierra fértil, susurros que prueban no con dientes, sino con gentileza que teje futuro con hilos de luz eterna que nutre valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir—. Su voz ronca tembló, ojos ámbar fijos en los míos, el lazo latiendo como un río que nos unía, no en placer carnal inmediato, sino en vulnerabilidad compartida que fortalecía como raíces profundas, los guardianes aullando bajo en aprobación, luz plateada envolviéndolo, cicatrices brillando como runas nuevas que contaban no dolor, sino renacimiento en lazos que perduraban como las vetas mismas, humo enroscándose como testigo que susurraba aprobación ancestral, siluetas etéreas rozando su piel en caricias que eran memorias vivas, no dolores, lenguas frías rozando con gentileza que era legado que perduraba. Me arrodillé a su lado, desnuda bajo la plata que lamía mi piel como amantes invisibles, el tatuaje lunar pulsando con recuerdos de Isadora –no rabia ciega, sino comprensión agridulce que se desplegaba en visiones suaves como niebla matutina que no quema, sino acaricia: la bruja había amado impuro, como mi madre, y su veneno era grito de soledad que ahora entendía en el abrazo de Kai, no como herida abierta que sangra, sino como cicatriz que narra historia de amor que teje fuerza en lo roto, no con mordidas urgentes que devoran, sino con susurros que perduran como ríos que tallan cañones con gotas constantes, memorias que no se rompen con embestidas que queman efímero, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como la plata misma, ecos que no devoran con hambre, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa. —Guardianes antiguos, yo fui errante maldita, cazando bajo llena con colmillos que robaban pedazos de mí, mordidas solitarias que sangraban alma en lunas rojas que no bendecían, sino maldecían con hambre que devoraba no solo carne, sino esperanza como ríos secos que el tiempo no llena, colmillos que rasgaban no por fuerza, sino por vacío que el viento se llevaba. Kai me encontró en el yermo, su hierro rompió el hilo con ternura que no exigía embestidas urgentes que devoran, sino susurros en chozas donde su mano en mi vientre promete cachorros que aúllen libres, no atados a maldiciones, sus dedos entrelazados con los míos en danzas de respiraciones sincronizadas que curan lo que el tiempo no toca, su aliento en mi oreja susurrando quechua que llena vacíos con paz, no con fuego carnal inmediato que quema efímero, sino con caricias que perduran como las vetas, memorias que no se rompen con placer, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura. Tomad mi memoria –la masacre de Ramiro, el amor prohibido de mi madre que tejió mi sangre impura en fuerza, no debilidad –y templadla en luz pa' la manada, pa' que los rivales vean no debilidad en nuestras sombras, sino fuerza en lazos que abrazan lo roto, no lo esconden, como raíces que se entrelazan en tierra fértil pa' sostener cumbres eternas, susurros que prueban no con dientes, sino con paciencia que cura lo que garras no alcanzan, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como la plata misma, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir—. Los espíritus lamieron, lenguas frías rozando mi vientre, despertando visiones de cachorros míos con pelaje n***o y gris, aullando bajo luna nueva, no maldita, sino bendita con ojos que miran futuro, no pasado, sus formas etéreas rozando mi piel en caricias que eran memorias vivas, no dolores, haciendo que lágrimas calientes rodaran por mi cara, Kai limpiándolas con pulgar, su toque anclándome en el presente, labios rozando mi sien en beso que era pacto silencioso, lengua trazando mi mejilla en caricia que era consuelo profundo, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato, sino de unión que perduraba como las vetas mismas, el humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, luz plateada extendiéndose como alas que envolvían no solo cuerpos, sino almas, siluetas etéreas rozando con gentileza que era legado, luz que no hería, sino curaba con susurros que perduraban, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la manada unida en luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura. La manada se unió, uno a uno, en un círculo de vulnerabilidad que era más fuerte que cualquier emboscada –Lira susurrando de su orfandad en ataques Blackthorn, espíritus lamiendo sus curvas como consuelo maternal, su voz temblando —Fui sola, mordiendo sombras por miedo a la pérdida que me dejó huérfana como veta vacía, colmillos que herían no por rabia, sino por terror a la soledad que Isadora sembró en mi infancia, mordidas que robaban no solo carne, sino paz que el tiempo no devolvía, noches donde el vacío aullaba más fuerte que cualquier luna. Pero la alianza me tejió en familia, no con cuerpos enredados en termal con lenguas urgentes que devoraban, sino con risas pícaro que curan heridas de infancia, susurros de hermanas que llenan vacíos con luz compartida que no exige, sino da con paciencia de ríos que tallan cañones, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con caricias que tejen herencia con gentileza que perdura como nieve en puna que cubre sin herir con blancura pura que nutre—; herir, la manada unida en luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura como la plata misma que brilla sin fin con luz que no parpadea, sino que ilumina caminos invisibles hacia lo desconocido con gentileza que perdura.Pero en el eco de los aullidos, un susurro nuevo –no antiguo, sino futuro: cachorros aullando en mi vientre, con ojos violetas que miraban más allá de las cumbres, prometiendo no amenazas, sino una nueva era de lobos que aullarían con memorias no rotas, sino completas, lazos tejidos en verdades que perduraban como la plata misma, la luna llena renacida testigo de un legado que no terminaba,
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