El crepúsculo se extendía sobre la puna como un velo de púrpura y oro, el sol hundiéndose tras las cumbres del Ausangate en un adiós lento que dejaba el aire cargado de un silencio expectante, roto solo por el murmullo del viento que arrastraba ecos de aullidos lejanos y el crujido sutil de hojas secas bajo las patas de la manada. La veta mística latía en la cueva principal con un pulso constante, su fulgor plateado ahora un faro constante que iluminaba las paredes rocosas como si la plata misma respirara, amplificada por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes entrelazados en un tapiz de lealtad que había sobrevivido a amenazas humanas y mecánicas, pero que ahora temblaba ante algo más profundo, más antiguo. Habían pasado días desde la última emboscada, el paso estre

