Capítulo 9: Eclipse de Sombras (Narrado por Elara Vargas) – Versión Extendida

1469 Words
La veta de plata mística latía como un corazón moribundo, su fulgor frío bañando la cueva en un resplandor espectral que hacía bailar las sombras como demonios andinos. El aire estaba cargado de ozono y sangre fresca, el eco de aullidos lejanos retumbando en las paredes de roca como un tambor de guerra que no cesaba. Kai y yo habíamos llegado primero, nuestros pelajes gris plateado y n***o enredados en un roce instintivo, el lazo vibrando entre nosotros como un pulso compartido –*tuya, mía, juntos o en la tumba*. "Mantén el flanco, Luna", gruñó él, su hocico rozando mi oreja en un gesto que era mitad orden, mitad caricia prohibida. "Draven quiere tu sangre; yo quiero su cabeza". Asentí, colmillos reluciendo, el tatuaje lunar en mi pecho humano palpitando bajo el pelaje como un recordatorio de Isadora –esa bruja que me había marcado con veneno y ahora venía a reclamar su obra. La jauría Blackthorn irrumpió como una marea negra: lobos de pelaje azabache con manchas rojizas como heridas abiertas, ojos inyectados en furia y pociones oscuras que los hacían más rápidos, más letales. Draven al frente, su forma masiva un torbellino de odio fraternal, flanqueado por betas que olían a traición y ambición. Detrás, Isadora flotaba etérea, su chal bordado con runas quechua ondeando como alas de cóndor maldito, venas plateadas pulsando bajo su piel aceitunada como ríos de mercurio vivo. Sus ojos violetas se clavaron en mí, hipnóticos y fríos como el hielo del Ausangate. "¡Elara, mi heredera tejida! El lazo con el Alfa de hierro es un hilo frágil –córtalo y únete a la sombra eterna. La plata nos coronará a las impuras", siseó, su voz un cántico que se enredaba en el viento, tejiendo hilos negros que serpenteaban por el suelo como serpientes vivas. Kai no esperó. Su lobo gris saltó como un rayo, mandíbula potente cerrándose en el hombro de un beta enemigo, hueso crujiendo como leña seca bajo sus colmillos. "¡Silverfang, a mí! ¡Por la manada y la Luna!", rugió, su aullido reverberando en la cueva y despertando el eco de respuestas desde las grietas –Lira y los betas cargando desde los flancos, pelajes castaños y grises chocando contra la oscuridad en un ballet de garras y sangre. Yo me lancé al centro, mi n***o ágil esquivando un hilo sombra que buscaba enredarme, aterrizando sobre un Blackthorn que gruñía con acento limeño traidor. Mis garras rasgaron su vientre, intestinos saliendo como cuerdas rotas, el calor de su sangre salpicándome el hocico. "¡Por Ramiro, cabrón! ¡Tu plata no vale mi familia!", escupí, voz gutural deformada por la bestia, pero cargada de rabia cusqueña que hacía temblar mi pelaje. Draven me vio y cargó, su masa negra embistiéndome como un alud, patas traseras musculosas propinando un golpe que me mandó rodando contra las vetas. Dolor explotó en mi flanco, la herida vieja abriéndose como una flor roja, pero el lazo latió –Kai cerca, su fuerza fluyendo en mí como chicha embriagadora. Me levanté, colmillos expuestos, y lo enfrenté: "¡Medio hermano o no, Draven, tu envidia por la sangre que compartimos te pudre el alma! ¿Papá Ramiro te desterró por bastardo, y ahora vienes a robar lo que no ganaste?". Él rugió, ojos obsidiana llameantes, garras rozando mi hombro en un arañazo que ardía como fuego. "¡Impura como tu madre! ¡Isadora me dio poder –te daré la muerte que mereces!". Embistió de nuevo, mandíbula cerrándose en mi pata delantera, hueso crujiendo, pero mordí de vuelta –colmillos hundidos en su cuello, sabor a hierro y rencor inundándome la garganta. Sangre brotó, caliente y espesa, y lo sacudí como un trapo, el lazo amplificando mi fuerza con el eco de Kai: *Lucha, Luna. Por nosotros*. Kai apareció como un fantasma plateado, su gris chocando contra Draven en un duelo de alfas que hizo temblar la cueva. Colmillos chocando, garras rasgando pelaje, sangre plateada salpicando las vetas que brillaban más fuerte, como si la mística respondiera al caos. "¡Toca a mi Luna y te despellejo vivo, bastardo!", rugió Kai, su mandíbula cerrándose en la pata trasera de Draven, hueso rompiéndose con un chasquido que ecoó como trueno. Draven aulló de dolor, rodando pa’ liberarse, pero Kai lo persiguió, implacable, el lazo uniéndonos en una danza sincronizada –yo flanqueando, mordiendo el otro flanco, Kai rematando con un zarpazo que abrió su vientre. Pero Isadora no se quedó quieta. Sus hilos de sombra se enredaron en las patas de Kai, tirándolo al suelo rocoso con un tirón que lo hizo gruñir de rabia. "¡Hierro roto! ¡La profecía se cumple –la sombra devora al Alfa!", siseó ella, avanzando con gracia felina, uñas violetas extendidas como dagas encantadas. El pánico me heló, pero el lazo latió más fuerte –flashes del termal, su boca en mi piel, su promesa cruda: *Eres mía*. Salté hacia ella, rompiendo un hilo con mis colmillos, el sabor a oscuridad amarga en mi lengua. "¡No, perra tejida! ¡Tu veneno me marcó, pero Kai me templó! ¡Por mi madre, que amó libre, muere!". Mis garras cortaron su chal, tela rasgándose como piel vieja, y la derribé –su cuerpo etéreo chocando contra la veta, plata mística quemándola como ácido. Ella gritó, un sonido que era mitad lamento quechua, mitad maldición, venas plateadas pulsando salvajes mientras sombras explotaban a su alrededor como humo n***o. "¡Niña, el lazo te ciega! ¡Únete, y seremos diosas de la noche!". Su uña rozó mi tatuaje, dolor quemando como hierro al rojo, la maldición despertando en un flash de visiones: mi familia masacrada, colmillos en gargantas hermanas, soledad eterna. Jadeé, el mundo girando, pero Kai se liberó, rompiendo los hilos con un rugido que era puro amor feral. "¡Elara, mírame! ¡Siente el lazo –eres libre, mi sombra eterna!". Su voz cortó la niebla, anclándome, y el tatuaje enfrió, la maldición rompiéndose en un pulso que me dejó temblando. Lira y los betas cargaron entonces, pelajes un muro de lealtad contra las sombras restantes. "¡Por los Silverfang! ¡Por la Luna!", aulló Lira, su castaño rojizo embistiendo a un Blackthorn, garras hundidas en su pecho. Los enemigos caían uno a uno –colmillos en gargantas, sangre tiñendo la plata en rojo vivo–, pero Draven, herido pero vivo, se levantó para un último duelo. Su n***o chocó contra el gris de Kai, mandíbulas cerrándose en un forcejeo brutal, patas raspando roca hasta que las vetas crujieron. "¡El trono es mío, Blackwood! ¡Elara muere impura!", escupió Draven, sangre goteando de su hocico. Kai lo inmovilizó, pata en su cuello, ojos ámbar ardiendo con justicia cruda. "No por trono, bastardo –por la manada que traicionaste". Su colmillo descendió, crujido final, cuerpo de Draven cayendo inerte. Isadora, acorralada, tejió un último hilo –sombras envolviéndola como un sudario–, pero Lira saltó, garras cortando sus venas plateadas. Mercurio brotó, quemando el suelo, y la bruja se disolvió en un grito que ecoó como viento en ruinas incas: "¡La sombra... eterna...". Su cuerpo se evaporó, dejando solo cenizas que la veta absorbió, plata brillando pura y limpia. El silencio cayó, roto solo por jadeos y aullidos de victoria. La manada se reunió, pelajes enredados en un círculo de lealtad, el chamán alzando runas que bendecían la plata restaurada. Volví a forma humana, temblando, el lazo tirando de mí hacia Kai. Él se transformó, su cuerpo desnudo y marcado cubriéndome, brazos fuertes envolviéndome como un chal vivo. "Lo hicimos, Luna. Isadora muerta, Draven caído –la maldición se rompió". Sus labios rozaron los míos, beso salado de sangre y sudor, lengua lamiendo mi labio inferior en una promesa que ardía. "Sientes eso? El lazo puro ahora –sin veneno, solo nosotros". Asentí, lágrimas calientes rodando por mi cara morena, manos en su pecho trazando cicatrices nuevas. "Lo siento, Kai. Libre... por primera vez. Pero la profecía susurraba más –'la sombra une o destruye'. ¿Y si queda eco?". Él sonrió, lobuno y tierno, pulgar secando mi lágrima. "Entonces lo enfrentamos juntos. Eres mi eternidad, Elara. Mañana, ritual de unión –bajo la luna llena, sin maldiciones. Te follaré como Alfa y Luna, pa' sellar lo nuestro delante de la manada". Lira se acercó, sonriendo con ojos miel cansados. "Hermana, la plata brilla. Pero el chamán dice que un eco persiste –sombras residuales en las cumbres lejanas. Nueva amenaza... o nueva manada aliada". El lazo latió, fuerte y vivo, pero en la distancia, un aullido extraño –no enemigo, sino llamado. La victoria era dulce, pero la luna, esa perra caprichosa, guardaba más secretos. Y nosotros, unidos, estábamos listos pa' morderlos.
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