La noche cerrada se extendía sobre la puna como un sudario de estrellas indiferentes, el viento susurrando entre las cumbres del Ausangate como un secreto que se niega a revelarse, la luna nueva un vacío absoluto que hacía que la plata de la veta mística pareciera el único faro en la oscuridad, pulsando con un ritmo irregular que resonaba en los huesos de la manada. Habían pasado horas desde la última emboscada, el paso estrecho aún marcado por casquillos de balas y fragmentos de metal retorcido que los cachorros evitaban como reliquias malditas, pero el triunfo se sentía como una pausa en un huayno interminable, con el chamán murmurando de guardianes rivales –lobos primordiales de vetas oscuras, celosos de nuestra luz tejida, que no vendrían con garras visibles, sino con ecos que devoraban almas desde las profundidades, reclamando la plata en la luna nueva no con mordidas, sino con tentaciones que susurraban dudas en el lazo.
Elara caminaba a mi lado por el sendero empedrado de la cueva, su presencia un bálsamo en la oscuridad creciente –piel morena reluciendo bajo la luz de antorchas de salvia, curvas atléticas tensas por la vigilia constante, ojos verde-esmeralda fijos en las grietas donde la plata parecía respirar con vida propia, vetas serpenteando como venas de un dios inquieto. El lazo entre nosotros latía suave, no como el fuego desesperado de las folladas rápidas contra riscos, sino como un río subterráneo que nutría el alma, recordándome las noches en que nos acurrucábamos en la choza, sus dedos trazando mi pecho sin urgencia, solo con ternura que me hacía sentir no solo Alfa, sino compañero de algo eterno, un lazo que había sobrevivido a tanques y drones, pero que ahora temblaba ante lo invisible, como si la plata misma cuestionara nuestra unión con susurros que no eran aullidos, sino dudas susurradas en quechua olvidado.
"Sombra, el chamán ha visto visiones más claras –los guardianes rivales no son bestias de carne, sino ecos de lobos caídos, sombras que Isadora invocó en su último aliento, celosas de nuestra luz. Exigen un ritual de confrontación en la veta oscura, donde la plata beba no placer, sino confrontaciones del alma –no embestidas, sino duelos de memorias, donde cada uno enfrenta su sombra interna pa' templar la veta o dejarla quebrada. Si fallamos, la plata nos consumirá, volviéndonos errantes sin lazo, cazando solos bajo lunas rojas eternas", murmuré, mi voz ronca con acento puneño que rodaba como grava en río calmado, mano rozando la suya en un toque que era consuelo, no preludio de embestida, dedos entrelazándose como raíces que se aferran a la tierra para no caer.
Me detuve, el viento erizando mi pelaje medio desplegado, ojos ámbar fijos en las grietas de la cueva donde la plata parecía respirar con vida propia, vetas serpenteando como venas de un dios olvidado, susurros etéreos escapando como humo de salvia, no agresivos, sino inquisitivos, como si la veta misma cuestionara nuestra presencia. "Joder, Elara, después de romper tanques y drones, ¿ahora duelos de almas en vetas oscuras? Tu sombra era caza solitaria, mordidas que robaban pedazos de ti bajo la llena; mi hierro era viudez ciega, colmillos que herían por miedo a perder. El chamán dice que el ritual es de confrontación –no folladas en termal con Zara y Lira lamiendo jugos, sino enfrentar nuestros fantasmas en la veta oscura, donde la plata bebe verdades que duelen más que garras, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran. Si los guardianes rivales vienen, los templamos con luz tejida –no embestidas, sino confesiones susurradas bajo la nueva, donde la manada comparte no cuerpos, sino espíritus rotos, aullidos que no rugen, sino lloran verdades enterradas".
Ella apretó mi mano, su calor anclándome, ojos verde-esmeralda brillando con esa ferocidad cusqueña que me hacía querer arrodillarme y adorarla, no solo follarla, su aliento caliente rozando mi oreja en un susurro que era pacto silencioso: "Hierro, los guardianes no son enemigos como los humanos –son familia perdida, ecos de Ramiro y tu padre, aullidos que lamieron nuestras almas en la cámara profunda. El pacto es de sangre y luz –no sacrificios de carne, sino ofrendas de memorias vivas, donde la plata beba nuestras verdades más oscuras, no con mordidas urgentes, sino con susurros que curan como caricias en noches de confidencias. Mi sombra era soledad que mordía, pero tu abrazo la templó en luz; tu hierro era ceguera que hería, pero mi susurro lo abrió a la eternidad. Si los rivales vienen, los enfrentamos con lazos tejidos en verdades, no en fuego carnal, sino en danzas de almas bajo la nueva, donde la manada comparte no embestidas, sino espíritus que se reconocen en la oscuridad. Pero antes de convocar, Kai –abrázame lento aquí, en el sendero al crepúsculo, hazme sentir tu calor pa' templarme pa' los ecos. Quiero tu abrazo goteando por mi alma mientras aullamos memorias, pa' que huelan nuestra unión y se unan en lugar de devorar".
No fue follada cruda, sino abrazo profundo y lento que era ritual propio –la atraje contra mi pecho, cuerpos desnudos bajo el crepúsculo filtrado, mi piel cobriza envolviendo su morena como corteza protegiendo fruto, manos trazando su espalda en círculos lentos que dibujaban runas invisibles de quechua antiguo, labios rozando su sien en besos suaves que sabían a chicha fermentada y promesas eternas, no urgentes, sino pacientes, como el roce de dedos en piel cicatrizada que despierta no placer inmediato, sino paz que se acumula como nieve en la puna. "Siente esto, Luna –mi hierro no solo embiste, sino sostiene, abraza tus sombras pa' que brillen como plata pura, no con mordidas urgentes, sino con susurros que llenan el vacío de noches solitarias, tu cabeza en mi hombro mientras el viento lleva nuestros secretos a los antiguos". Ella se derritió contra mí, sus pechos presionando mi torso, pezones rozando como chispas de luz suave, su aliento caliente en mi cuello susurrando "Tu abrazo templa mi fuego, Kai –no embestidas contra riscos, sino caricias que curan cicatrices de Isadora, haciendo que mi tatuaje lata como corazón compartido, tu mano en mi vientre prometiendo cachorros que aúllen no con rabia, sino con canciones quechua". Nos mecimiento en el sendero, el viento llevando nuestros suspiros como ofrenda a los antiguos, el lazo latiendo como un río que nos unía a todos, no en placer carnal inmediato, sino en intimidad que construía fortalezas invisibles, sus dedos enredándose en mi cabello castaño, tirando suave pa' inclinar mi cabeza y besar mi mandíbula con labios que sabían a victoria y vulnerabilidad, un beso que era pacto silencioso, lengua rozando mi piel en trazos lentos que despertaban no urgencia, sino paz profunda, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato, sino de unión que perduraba como las cumbres eternas.
El chamán nos esperaba en la cámara profunda, un anciano arrugado como corteza de ceibo milenario, ojos lechosos brillando con fulgor plateado, sentado en un círculo de runas talladas en hueso de puma que olían a salvia quemada y secretos enterrados, humo enroscándose alrededor como lenguas etéreas que probaban el aire. La manada se reunía alrededor –Lira con su pelaje castaño rojizo medio desplegado, curvas tensas bajo una blusa raída que marcaba pechos subidos por la alerta, ojos miel entrecerrados con esa astucia pícaro que la hacía indispensable, murmurando "Siento sus ojos en mi nuca, como en el ritual cuando lamíamos jugos tejidos, pero ahora es frío, como memorias que congelan el fuego de la alianza, ecos que prueban no carne, sino espíritus"; Zara a su lado, su ceniza esbelta transformada en humana, piel oliva curtida brillando con sudor de vigilia, venas violetas templadas pulsando sutiles como recuerdos rotos, caderas estrechas tensándose con la promesa de garras listas, susurrando "Mis hilos violetas tiemblan –los antiguos llaman a lo roto, pa' tejerlo nuevo, pero los rivales muerden desde las vetas oscuras, celosos de la luz que compartimos en danzas de almas, no solo cuerpos"; los Salvajes en retaguardia, mugrientos pero leales, alfa macho gruñendo bajo con pelaje limpio, cuerpo marcado por mordidas frescas que contaban cacerías compartidas, olfateando el aire con hocico erguido "Huele a familia perdida –mordidas que no duelen, sino curan, pero con dientes que prueban debilidades en el lazo que tejimos con verdades susurradas, no solo placeres urgentes".
Kai tomó mi mano, el lazo latiendo fuerte como un río que nos unía a todos, y nos arrodillamos ante el chamán, el aire espesándose con humo que formaba formas etéreas –lobos primordiales aullando silenciosos, ojos ámbar antiguos que miraban a través de nosotros, no con juicio, sino con curiosidad ancestral que rozaba como viento en piel desnuda. "Guardianes despiertos por el lazo de hierro y sombra", rasgó el chamán, voz como viento en ruinas incas, alzando una runa de plata que brillaba con luz interna, humo enroscándose alrededor como lenguas etéreas que probaban el aire con gentileza inquisitiva. "La veta no es solo poder –es memoria viva, vetas que guardan aullidos de los primeros, lobos que tejieron el mundo antes de brujas y humanos. Vuestra unión –semen sellando maldiciones, jugos bebiendo placer– ha llamado su eco. No buscan guerra, sino pacto: dadles voz en ritual de memoria, dejad que lamen vuestras almas, o la plata os consumirá, volviéndoos sombras eternas sin lazo. Los rivales, ecos de caídos, muerden desde vetas oscuras –celosos de luz tejida, exigen duelos de memorias, donde cada uno enfrenta su sombra interna pa' templar la veta o dejarla quebrada, no con garras físicas, sino con verdades que cortan más hondo que colmillos".
Sus palabras me helaron la nuca, el tatuaje lunar palpitando como si recordara su nacimiento en la masacre de Isadora, visiones flashando: mi madre susurrando quechua en mi oído, "La plata guarda, pero reclama, niña –ama con fuego, no con miedo", su mano en mi vientre prometiendo un futuro que la bruja robó con veneno que ahora entendía como grito de soledad compartida. Kai apretó mi mano, su calor anclándome, ojos ámbar fijos en los míos con esa ternura que reservaba para noches de confidencias, no solo embestidas, su aliento rozando mi oreja en un susurro que era pacto silencioso: "Dinos cómo, viejo –qué ritual, qué ofrenda. Nuestra manada tejida no se rinde a ecos, pero honraremos a los antiguos si templan nuestra luz, no con garras, sino con verdades que unen, como Elara y yo nos unimos en susurros bajo estrellas, no solo en fuego del termal, sino en abrazos que curan lo roto".
El chamán sonrió, dientes amarillos reluciendo como huesos antiguos, y nos guió a la veta profunda –un túnel estrecho donde la plata serpenteaba como venas de un dios dormido, el aire vibrando con susurros que no eran viento, sino voces ancestrales en quechua olvidado, aullidos que lamían el alma como lenguas de amantes perdidos, no urgentes, sino pacientes, como el roce de dedos en piel cicatrizada que despierta no placer inmediato, sino paz que se acumula como nieve en la puna. La manada siguió, pelajes erizados, Lira murmurando "Siento sus ojos en mi nuca, como en el ritual cuando lamíamos jugos tejidos, pero ahora es frío, como memorias que congelan el fuego de la alianza, ecos que prueban no carne, sino espíritus con gentileza que duele dulce"; Zara asintiendo con ojos violetas claros, "Mis hilos violetas tiemblan –los antiguos llaman a lo roto, pa' tejerlo nuevo, pero los rivales muerden desde las vetas oscuras, celosos de la luz que compartimos en danzas de almas, no solo cuerpos, sino en susurros que curan cadenas"; los Salvajes gruñían bajo, alfa macho olfateando el aire con hocico erguido "Huele a familia perdida –mordidas que no duelen, sino curan, pero con dientes que prueban debilidades en el lazo que tejimos con verdades susurradas, no solo placeres urgentes, sino en gruñidos compartidos que fortalecen huesos débiles".
En la cámara central, la veta formaba un altar natural, plata formando un círculo que latía con luz propia, runas naturales grabadas en roca como cicatrices de batallas primordiales, el suelo cubierto de polvo plateado que crujía bajo pies como nieve de luna, el aire espesándose con humo que formaba lobos primordiales que rozaban no con agresividad, sino con curiosidad que era casi caricia, lenguas etéreas probando pieles como si recordaran texturas olvidadas. El chamán esparció salvia, humo enroscándose en formas lobunas que lamían cicatrices con gentileza, despertando recuerdos enterrados con una delicadeza que dolía dulce, no como garras, sino como vientos que limpian heridas abiertas: mi primera transformación, no maldita, sino bendita bajo luna llena con mi viejo Ramiro aullando guía, su pelaje gris rozando el mío en un baile de iniciación que era abrazo protector, no caza solitaria; Kai como cachorro, su padre enseñándole a morder no por rabia ciega, sino por protección tierna, colmillos rozando cuello en lección de confianza que hería solo lo necesario pa' enseñar a sanar. "Desnudaos el alma", rasgó el chamán, "dejad que los guardianes lamen vuestras heridas –no carne, sino memoria. El lazo de hierro y sombra lidera –muéstrales vuestro fuego, no con embestidas, sino con verdades susurradas que unen, no dividen, como raíces que se entrelazan en tierra fértil".
Kai se arrodilló primero, humano desnudo bajo la plata, su cuerpo un mapa de cicatrices que los espíritus lamían con susurros –lenguas frías rozando su pecho, despertando el dolor de Selene, no como veneno, sino como lección profunda que se revelaba en capas: "Amé con hierro ciego, mordiendo por miedo a la pérdida que me dejó hueco, pero la sombra de Elara me templó –me enseñó a aullar con corazón abierto, a abrazar en lugar de embestir con furia, a compartir memorias en noches de confidencias donde sus dedos trazan mis cicatrices como runas de vida renovada, no de muerte pasada, su aliento en mi oreja susurrando quechua que cura lo que el tiempo no toca". Su voz ronca tembló, ojos ámbar fijos en los míos, el lazo latiendo como un río que nos unía, no en placer carnal inmediato, sino en vulnerabilidad compartida que fortalecía como raíces profundas, los guardianes aullando bajo en aprobación, luz plateada envolviéndolo, cicatrices brillando como runas nuevas que contaban no dolor, sino renacimiento en lazos que perduraban.
Me arrodillé a su lado, desnuda bajo la plata que lamía mi piel como amantes invisibles, el tatuaje lunar pulsando con recuerdos de Isadora –no rabia ciega, sino comprensión agridulce que se desplegaba en visiones suaves: la bruja había amado impuro, como mi madre, y su veneno era grito de soledad que ahora entendía en el abrazo de Kai, no como herida abierta, sino como cicatriz que narra historia. "Guardianes antiguos, yo fui errante maldita, cazando bajo llena con colmillos que robaban pedazos de mí, mordidas solitarias que sangraban alma en lunas rojas. Kai me encontró en el yermo, su hierro rompió el hilo con ternura que no exigía embestidas urgentes, sino susurros en chozas donde su mano en mi vientre promete cachorros que aúllen libres, no atados a maldiciones, sus dedos entrelazados con los míos en danzas de respiraciones sincronizadas que curan lo que el tiempo no toca. Tomad mi memoria –la masacre de Ramiro, el amor prohibido de mi madre que tejió mi sangre impura en fuerza, no debilidad –y templadla en luz pa' la manada, pa' que los rivales vean no debilidad en nuestras sombras, sino fuerza en lazos que abrazan lo roto, no lo esconden, como raíces que se entrelazan en tierra fértil pa' sostener cumbres eternas". Los espíritus lamieron, lenguas frías rozando mi vientre, despertando visiones de cachorros míos con pelaje n***o y gris, aullando bajo luna nueva, no maldita, sino bendita con ojos que miran futuro, no pasado, sus formas etéreas rozando mi piel en caricias que eran memorias vivas, no dolores, haciendo que lágrimas calientes rodaran por mi cara, Kai limpiándolas con pulgar, su toque anclándome en el presente, labios rozando mi sien en beso que era pacto silencioso, lengua trazando mi mejilla en caricia que era consuelo profundo, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato, sino de unión que perduraba como las vetas mismas.
La manada se unió, uno a uno, en un círculo de vulnerabilidad que era más fuerte que cualquier emboscada –Lira susurrando de su orfandad en ataques Blackthorn, espíritus lamiendo sus curvas como consuelo maternal, su voz temblando "Fui sola, mordiendo sombras por miedo a la pérdida que me dejó huérfana, pero la alianza me tejió en familia, no con cuerpos enredados en termal, sino con risas pícaro que curan heridas de infancia, susurros de hermanas que llenan vacíos con luz compartida"; Zara ofreciendo sus hilos violetas, guardianes tejiéndolos en luz que brillaba como nuevo pelaje, su susurro ayacuchano "Mis cadenas eran soledad nómada, mordidas errantes por vetas robadas que dejaban alma vacía, pero vuestro lazo me dio raíces, no con lenguas en muslos urgentes, sino con ojos que ven mi fuerza rota como luz que se expande, susurros de aliadas que tejen cadenas en alas"; los Salvajes gruñendo memorias de soledades mugrientas, lenguas etéreas limpiando mugre hasta dejar piel pura, alfa macho confesando "Cazábamos solos, mordidas que herían más que alimentaban, dejando huesos débiles en lunas rojas, pero la manada nos tejió en jauría, no con fauces en carne desesperada, sino con gruñidos compartidos que fortalecen huesos, susurros de hermanos que curan mugre con lealtad silenciosa". El chamán cantó quechua antiguo, humo formando lobos primordiales que se enredaban con nosotros, no en orgía carnal, sino en abrazo espectral –calor etéreo rozando pieles en caricias que eran memorias vivas, susurros de aullidos que llenaban el alma con verdades compartidas, la plata pulsando con cada confesión como si bebiera no sangre, sino esencia pura, vetas brillando con luz que se extendía más allá de la cueva, tocando cumbres lejanas y llamando a cachorros no nacidos.
Kai me tomó la mano, el lazo latiendo como un río que nos unía a todos, su voz suave en mi oído, aliento caliente rozando mi oreja en caricia que era intimidad pura: "Sombra, los antiguos no reclaman guerra –reclaman equilibrio en memorias compartidas que unen, no dividen. Nuestra unión no es solo folladas en riscos con Zara lamiendo jugos, sino esto –verdades desnudas que templan la plata pa' cachorros futuros, abrazos en madrugadas donde tu cabeza en mi pecho susurra sueños quechua, no mordidas urgentes, sino caricias que curan lo roto con paciencia de ríos". Asentí, lágrimas secándose en su pecho, el viento llevando los susurros guardianes como bendición que se extendía, la manada aullando unificado en un coro que no era rugido de batalla, sino himno de almas tejidas, luz plateada envolviéndonos como manto eterno, la veta brillando como faro que no parpadeaba más, sino que iluminaba caminos invisibles hacia lo desconocido, ecos rivales silenciándose en la luz compartida.
Pero en el eco de los aullidos, un susurro nuevo –no antiguo, sino futuro: cachorros aullando en mi vientre, con ojos violetas que miraban más allá de las cumbres, prometiendo no amenazas, sino una nueva era de lobos que aullarían con memorias no rotas, sino completas, lazos tejidos en verdades que perduraban como la plata misma. La eternidad no terminaba –renacía en el susurro de la luna nueva, lista pa' morder lo que viniera con luz, no solo garras.
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