Capítulo 39: La Cacería de las Sombras Rotas

1519 Words
La luna llena iluminaba la quebrada norte, plata cortando la niebla como cuchillos. Kai y yo liderábamos la jauría, pelajes gris y n***o enredados en carrera, el lazo latiendo como tambor de guerra. — ¡Elara, flanco izquierdo! —gruñó Kai, saltando un risco, colmillos reluciendo—. ¡Los rivales vienen de la veta oscura! Salté, garras clavándose en roca, mi lobo n***o ágil esquivando una sombra que se materializaba –un eco de Isadora, hilos violetas tejiendo forma lobuna con ojos fríos. — ¡Maldita perra muerta! —aullé, embistiendo, colmillos cerrándose en su flanco etéreo—. ¡Tu veneno se rompe hoy! La sombra rugió, hilos azotando mi pata, ardor como fuego líquido. Rodé, mordiendo aire, pero Kai cargó, su gris plateado chocando contra ella, garras rasgando hilos que chasqueaban como latigazos. — ¡No la tocas, eco! —rugió, mandíbula potente destrozando su hocico fantasmal—. ¡Elara es mía, templada en luz! Lira flanqueó desde el este, su rojizo veloz mordiendo la cola de la sombra, sangre etérea goteando plata. — ¡Por la alianza, hermana! —jadeó Lira, garras hundidas—. ¡Rompe su hilo, Elara –usa el lazo! Me levanté, el lazo tirando de Kai como imán, su fuerza fluyendo en mí –calor que quemaba el veneno. Cargué de nuevo, colmillos en su garganta, el lazo amplificando mi mordida, hilos violetas crujiendo como tela rota. — ¡Siente el hierro de Kai en mí! —escupí, sacudiendo la cabeza, la sombra disolviéndose en humo que olía a rosas marchitas—. ¡Tu eco muere, Isadora –la plata es nuestra! La sombra gritó, forma etérea explotando en chispas violetas que lamían la plata de la veta, pero se apagaban, templadas en luz pura. Zara surgió del oeste, su ceniza esbelta derribando otro eco, hilos violetas chocando contra los suyos en duelo de tejidos. — ¡Por los hilos templados! —aulló Zara, garras cortando, su voz ayacuchana ronca—. ¡Elara, el alfa rival –en la veta oscura, mordiendo la raíz! Corriendo, la jauría unida –Salvajes gruñendo en retaguardia, betas mordiendo flancos–, llegamos a la veta oscura, un pozo de sombras donde un lobo primordial rugía, pelaje n***o como medianoche, ojos ámbar antiguos brillando con celos que devoraban. — ¡Intrusos tejidos! —rugió el alfa rival, su voz eco de quechua olvidado, garras extendidas como raíces podridas—. ¡La plata es de los primeros –vuestra luz falsa la quiebra! Kai saltó al frente, su gris plateado chocando contra el primordial, mandíbulas cerrándose en un forcejeo que hacía temblar la cueva, tierra cayendo como lluvia de polvo. — ¡No falsa, antiguo! —gruñó Kai, garras rasgando pelaje eterno—. ¡Nuestra luz es templada en memorias –siente el lazo de hierro y sombra! Yo flanqueé, mi n***o mordiendo su pata, el lazo amplificando, luz plateada fluyendo de la veta para quemar su oscuridad. — ¡Siente el pacto! —aullé, colmillos hundidos—. ¡No mordemos por celos –unimos por herencia! Lira y Zara cargaron, rojizo y ceniza sincronizadas, garras cortando flancos etéreos, Salvajes mordiendo talones con gruñidos que eran canciones roncas. — ¡Por la tejida! —jadeó Lira, mordiendo su oreja—. ¡Tu eco se rompe, rival –la plata nos bendice! El alfa primordial rugió, sombras azotando, pero el lazo de la manada latió unido, luz plateada envolviéndolo, templando su oscuridad en brillo suave. — ¡No... luz... —gimió, forma disolviéndose en humo que la veta bebía como néctar—. Templados... herederos... La cueva tembló, veta brillando eterna, la manada aullando victoria –no rugido, sino himno. Kai se volvió a mí, humano ahora, brazos envolviéndome en abrazo que era fin y comienzo. — Sombra, el pacto sellado –susurró, labios rozando mi sien—. Nuestra eternidad, Luna. Aullamos juntos, la luna testigo de legados tejidos. : El Fuego de las Lunas Prohibidas (Narrado por Elara Vargas) La luna llena se derramaba sobre la quebrada norte como miel ardiente, su plata cortando la niebla en cuchillos de luz que iluminaban el río termal burbujeando como piel febril. Kai y yo llegamos primero, pelajes gris y n***o enredados en un roce que era promesa, el lazo latiendo como pulso entre mis muslos. Zara y Lira flanqueaban, sus formas ceniza y rojiza tensas, Salvajes en retaguardia gruñendo bajo. —Elara, el chamán dijo que los guardianes rivales muerden esta noche —gruñó Kai, su hocico rozando mi oreja, aliento caliente como fuego andino—. Pero no con garras –con tentaciones que queman el lazo. Siente mi hierro –te templaré antes de que vengan. Me giré, mi n***o chocando contra su gris en un forcejeo juguetón que era preludio, garras rozando su flanco, colmillos rozando su cuello en mordida que no hería, sino encendía. —Pruébame, Alfa —jadeé, voz ronca cusqueña, empujándolo hacia el termal, agua caliente lamiendo nuestras patas—. No susurros esta vez –fóllame crudo, hazme aullar pa' que los rivales oigan el lazo que no rompen. Quiero tu polla dentro, embistiéndome hasta que el lazo queme sus ecos. Kai rugió, transformándose humano en un fluido, su cuerpo desnudo emergiendo del pelaje, torso cobrizo tenso, polla dura saltando libre contra mi vientre mientras me tumbaba en la orilla, agua chapoteando como gemidos anticipados. —Crudo, Luna —gruñó, manos en mis caderas levantándome, cabeza de su polla rozando mi entrada empapada—. Te follo pa' que sientas el hierro que templa tu sombra –embestida profunda, no suave, hasta que supliques y la plata beba nuestro fuego. Empujó de un golpe, llenándome centímetro a centímetro, mi coño apretándolo como puño de fuego, paredes aterciopeladas ordeñándolo mientras arqueaba, pechos rebotando contra su pecho, uñas rasgando su espalda en surcos rojos que sangraban placer. — ¡Joder, Kai, sí! —gemí, caderas empujando de vuelta, piernas enredándose en su cintura pa' clavarle talones en el culo—. Más duro, cabrón –embésteme hasta que aulles mi nombre, hazme chorrear pa' que Lira y Zara prueben el jugo del lazo que rompe ecos. Lira se acercó, su rojizo replegado, humana desnuda con curvas sudadas, pechos generosos subiendo con jadeo, ojos miel oscurecidos, arrodillándose a mi lado, lengua rozando mi pezón endurecido. —Hermana, déjame lamer –susurró, voz pícaro ronca, succionando suave mientras Kai embestía, su boca capturando mi pezón en calor húmedo—. Siente mi lengua en tu piel mientras el Alfa te folla –nuestra alianza tejida en jugos, no solo garras. Zara flanqueó del otro lado, ceniza humana, piel oliva brillando, venas violetas pulsando, mano bajando a mi clítoris, girando rápido mientras lamía mi cuello. —Prueba mi luz, sombra —jadeó, acento ayacuchano temblando, dedos curvándose en mi entrada junto a la polla de Kai, estirándome en placer que dolía dulce—. Embístela, hierro –hazla gritar pa' que los rivales oigan el lazo que quema sus tentaciones. Kai gruñó, caderas chocando brutales, polla latiendo profundo, bolas golpeando mi culo en slap húmedo que chapoteaba agua termal. — ¡Sientes eso, Elara? —rugió, una mano en mi nuca tirando suave pa' exponer mi garganta, colmillo rozando sin morder—. Mi polla en tu coño, Lira chupando tus pezones, Zara frotando tu clítoris –te follo pa' que el lazo sea fuego inquebrantable, embestida tras embestida hasta que supliques y la plata beba tu chorro. Arqueé, placer subiendo como volcán, coño convulsionando alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas mientras Lira succionaba mi pezón, Zara giraba mi clítoris en círculos que me hacían jadear. — ¡Sí, cabrones –más! —grité, voz cusqueña rompiéndose, uñas clavándose en la espalda de Kai, caderas girando pa' ordeñarlo—. Fóllame, Kai –hazme correrme con ellas lamiendo, pa' que el lazo queme los rivales antes de que muerdan. Kai embistió más duro, polla golpeando profundo, su gruñido vibrando en mi pecho mientras Lira bajaba a mi coño, lengua lamiendo donde nos uníamos, sorbiendo jugos mixtos. —Chupa su clítoris, Lira –jadeó Kai, mano en su cabello tirando pa' guiarla—. Siente mi polla embistiéndola mientras tu lengua la hace explotar. Lira sorbió, lengua girando mi clítoris hinchado, Zara mordiendo mi pezón suave, dedos en mi entrada estirándome con Kai. —Explota, hermana –susurró Lira, voz ronca contra mi piel—. Nuestro jugo tejido rompe ecos. El clímax golpeó como alud –coño ordeñando la polla de Kai, jugos chorreando por la boca de Lira, Zara gimiendo al frotarse contra mi muslo, Kai derramándose en chorros calientes que me llenaron hasta rebosar, goteando al termal que lo bebió con pulso de luz. Aullamos sincronizados, la luna testigo, pero un rugido lejano cortó el éxtasis –guardianes rivales emergiendo de la veta oscura, sombras lobunas con ojos ámbar celosos. — ¡Vienen! —gruñó Kai, saliendo de mí, polla goteando, transformándose en gris plateado—. ¡Manada, aullad el lazo! Cargamos, pelajes enredados, colmillos reluciendo, la cacería eterna comenzando de nuevo.
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