La luna llena se erguía sobre la puna como una madre vigilante, su plata derramándose sobre las cumbres del Ausangate en un manto de luz que tejía sombras suaves, el viento susurrando entre las vetas de la cueva principal como un nido de secretos ancestrales que se revelaban en la quietud. La veta mística latía con un pulso constante y sereno, su fulgor plateado ahora un faro inquebrantable que iluminaba las paredes rocosas como si la plata misma respirara en armonía con la manada, amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes entrelazados en un tapiz de lealtad que había resistido amenazas humanas y mecánicas, y ahora florecía en una plenitud profunda, los antiguos guardianes silenciados en memorias compartidas, no con garras que rasgaban, sino con susurros que cosían almas como hilos de luna en tela de noche eterna. Habían pasado lunas desde la última emboscada, el paso estrecho ahora un sendero de paz marcado por runas de plata que los cachorros trazaban con patas juguetona, pateando casquillos de balas como hojas secas que el viento llevaba a olvido poético, pero el triunfo se sentía como un haiku susurrado en quechua, completo en su brevedad que contenía eternidad, con el chamán declarando que los ecos rivales se habían templado en luz, susurros que ya no mordían con celos afilados, sino que velaban con la gentileza de una madre que arrulla a su cría bajo estrellas indiferentes, memorias que no herían como espinas, sino curaban como pétalos de cantuta en rocío matutino.
Elara caminaba a mi lado por el sendero empedrado de la cueva, su presencia un bálsamo en la luna llena que despertaba bestias dormidas con bendición, no maldición –piel morena reluciendo bajo el fulgor plateado como obsidiana besada por el rocío de la eternidad, curvas atléticas relajadas por la vigilia terminada, ojos verde-esmeralda fijos en las grietas donde la plata parecía respirar con vida propia, vetas serpenteando como venas de un dios satisfecho que sueña con ríos de luz, su mano en la mía entrelazada con una ternura que era pacto diario, no solo en noches de confidencias, sino en caminatas como esta, donde el roce de sus dedos era mapa de futuro dibujado con tinta de estrellas que no caían. El lazo entre nosotros latía suave, no como el fuego desesperado de las folladas rápidas contra riscos que quemaban como relámpagos efímeros, sino como un río subterráneo que nutría el alma con gotas pacientes que se acumulaban en lagos de paz, recordándome las noches en que nos acurrucábamos en la choza, sus dedos trazando mi pecho sin urgencia, solo con ternura que me hacía sentir no solo Alfa, sino compañero de algo eterno, un lazo que había sobrevivido a tanques que rugían como truenos y drones que zumbaban como mosquitos del diablo, y ahora florecía en plenitud, susurros quechua en mi oído prometiendo no solo cachorros, sino un legado de aullidos libres que llenaban cumbres con canciones, no rugidos de batalla, memorias compartidas que no herían como espinas que rasgan, sino curaban como pétalos de cantuta que caen en rocío matutino, susurros que no cuestionaban con filos afilados, sino afirmaban con gentileza que teje futuro como ríos que nutren valles con armonía que perdura.
"Sombra mía, el chamán ha confirmado el pacto completo –los guardianes rivales se han templado, su eco no muerde más, sino que protege con luz que envuelve como manto de niebla suave que acaricia, la plata inquebrantable pa' nuestra manada tejida en verdades susurradas que perduran como raíces en tierra fértil que sostienen cumbres con paciencia ancestral. La luna llena renacida no trae maldición que quema, sino bendición de legado pleno que fluye –cazamos juntos esta noche, no por guerra que rasga con filos, sino por celebración de memorias compartidas que unen, aullidos que llenen las cumbres con luz tejida en confesiones que no duelen, sino curan como vientos que limpian heridas con gentileza, pa' que los cachorros nazcan bajo llena que bendice con susurros que nutren, no maldice con mordidas que devoran, ecos que no devoran con hambre ciega, sino nutren con gentileza que teje futuro como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero como relámpagos, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra herencia", murmuré, mi voz ronca con acento puneño que rodaba como grava en río calmado que nutre orillas, mano rozando la suya en un toque que era consuelo eterno, dedos entrelazándose como raíces que se aferran a la tierra para no caer en abismos, el viento llevando nuestro aliento como ofrenda a la luna que ya no maldecía, sino bendecía con luz que no parpadeaba, sino que expandía como ríos que llenan valles con paciencia ancestral que susurra legado.
Me detuve, el viento erizando mi pelaje medio desplegado, ojos ámbar fijos en las grietas de la cueva donde la plata parecía respirar con vida propia, vetas serpenteando como venas de un dios satisfecho que sueña con ríos de luz que no se secan, susurros etéreos escapando como humo de salvia, no agresivos, sino celebratorios, como si la veta misma aullara en armonía con nosotros, luz que no hería con filos, sino curaba con suavidad que era legado, ecos que no mordían con celos afilados, sino que velaban con la gentileza de una madre que arrulla a su cría bajo estrellas indiferentes que vigilan sin juzgar, memorias que no rasgaban como espinas que cortan, sino cosían como pétalos de cantuta que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada. "Joder, Elara, después de romper tanques que rugían como truenos que retumban cumbres y drones que zumbaban como mosquitos del diablo que picaban con veneno de acero, y templar ecos con memorias susurradas en la cámara profunda que curaban no con garras que rasgan, sino con verdades que unen como hilos de luna en tela de noche, esta luna llena es paz absoluta que fluye –no caza solitaria que sangra alma en lunas rojas que maldicen, sino jauría unida en danza de celebración que perdura, mordidas que no roban con afán que devora, sino comparten memorias como ofrenda a los antiguos que velan con gentileza. El chamán dice que la bendición es de herencia plena que nutre –cazamos esta noche no por sangre derramada que tiñe ríos de rojo efímero como sangre de batalla, sino por unión que celebra lo ganado con aullidos que llenen las cumbres con luz tejida en confesiones que no duelen como espinas, sino curan como vientos que limpian heridas con suavidad que perdura, pa' que los cachorros sientan no miedo que congela como hielo de puna, sino orgullo que calienta como sol que besa cumbres, susurros que no cuestionan con filos afilados que cortan, sino afirman con gentileza que teje futuro como ríos que nutren valles sin pedir nada, no con fuego que quema efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra herencia en cada hoja que cae. Si los guardianes protegen ahora con luz que envuelve como manto de niebla suave que acaricia, los honramos con celebración, no con garras que rasgan tela de noche –no embestidas urgentes en termal con Zara y Lira lamiendo jugos que devoran con hambre, sino pasos sincronizados bajo la plateada que perdura, donde la manada comparte no cuerpos enredados en furia que quema, sino espíritus que celebran lo templado con susurros que curan, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con danzas que perduran como raíces en tierra fértil que tejen legado con hilos de luz suave, memorias que no se rompen con placer efímero que se desvanece, sino con confesiones que construyen eternidad como la plata que brilla sin fin".
Ella apretó mi mano, su calor anclándome como raíz que sostiene árbol en tormenta, ojos verde-esmeralda brillando con esa ferocidad cusqueña que me hacía querer arrodillarme y adorarla, no solo follarla, su aliento caliente rozando mi oreja en un susurro que era pacto silencioso, lengua rozando mi lóbulo en caricia que era ternura pura que nutría alma: "Hierro, la luna llena renacida no trae veneno que quema como fuego que devora –trae vida en plenitud que fluye como río que nutre valles, ecos templados en luz que protegen con gentileza, no devoran con rabia ciega que rasga. Mi sombra era soledad que mordía en lunas rojas con colmillos que robaban pedazos de alma como espinas que cortan, pero tu abrazo la convirtió en jauría que aúlla en armonía que perdura como nieve en puna que cubre sin herir; tu hierro era ceguera que hería en noches de viudez con mordidas que sangraban no solo carne, sino esperanza como ríos secos, pero mi susurro lo abrió a la eternidad de memorias compartidas que no duelen como espinas que rasgan, sino curan como pétalos de cantuta que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada. Cazamos esta noche no por guerra que rasga con filos afilados que cortan tela de noche, sino por celebración de herencia –aullidos que llenen las cumbres con memorias tejidas, no con sangre que tiñe ríos de rojo efímero como batalla que se olvida, sino con canciones quechua que unen almas en luz que perdura como las vetas, pa' que los cachorros nazcan bajo llena que bendice con susurros que nutren como ríos que llenan valles, no maldice con mordidas que devoran con hambre, ecos que no devoran con hambre ciega, sino nutren con gentileza que teje futuro como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra herencia en cada hoja que cae sin prisa. Pero antes de la danza, Kai –abrázame lento aquí, en el sendero al crepúsculo, hazme sentir tu calor pa' templarme pa' la luna. Quiero tu abrazo goteando por mi alma mientras aullamos bendiciones, pa' que huelan nuestra unión y la celebren en lugar de cuestionar, no con embestidas urgentes que devoran como fuego que quema, sino con caricias que perduran como raíces en tierra fértil, susurros que no exigen con dientes afilados, sino ofrecen paz eterna con lengua suave que teje legado como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir".
No fue follada cruda que quemaba como relámpago efímero, sino abrazo profundo y lento que era ritual propio de celebración plena y poética que perduraba –la atraje contra mi pecho, cuerpos desnudos bajo el crepúsculo filtrado, mi piel cobriza envolviendo su morena como corteza protegiendo fruto maduro que madura en silencio con paciencia de ríos, manos trazando su espalda en círculos lentos que dibujaban runas invisibles de quechua antiguo con la delicadeza de viento que acaricia hojas sin romperlas, labios rozando su sien en besos suaves que sabían a chicha fermentada y promesas eternas, no urgentes como truenos que retumban, sino pacientes como ríos que tallan cañones con gotas constantes que nutren orillas, su cabeza descansando en mi hombro mientras el viento llevaba nuestros suspiros como ofrenda a la luna renacida, su aliento caliente en mi cuello susurrando "Tu abrazo templa mi fuego, Kai –no embestidas contra riscos que queman efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino caricias que curan cicatrices de Isadora como pétalos que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada, haciendo que mi tatuaje lata como corazón compartido, tu mano en mi vientre prometiendo cachorros que aúllen no con rabia que rasga como espinas, sino con canciones quechua que llenan cumbres con armonía que perdura como nieve en puna que cubre sin herir". Nos mecimiento en el sendero, el viento llevando nuestros suspiros como ofrenda a los antiguos, el lazo latiendo como un río que nos unía a todos, no en placer carnal inmediato que devora como fuego, sino en intimidad que construía fortalezas invisibles con ladrillos de ternura que perduraba, sus dedos enredándose en mi cabello castaño, tirando suave pa' inclinar mi cabeza y besar mi mandíbula con labios que sabían a victoria y vulnerabilidad, un beso que era pacto silencioso, lengua rozando mi piel en trazos lentos que despertaban no urgencia como relámpagos, sino paz profunda como ríos que nutren valles con gotas constantes, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato que quema efímero, sino de unión que perduraba como las vetas mismas, el crepúsculo envolviéndonos en tonos púrpura que parecían bendecir el abrazo con colores de eternidad que no se apagaba, el viento susurrando aprobación como si la Pachamanca misma observara con sonrisa ancestral que teje herencia, luz plateada filtrándose como testigo que unía pasado y futuro en un susurro eterno que no terminaba, sino florecía como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura.
El chamán nos esperaba en la cámara profunda, un anciano arrugado como corteza de ceibo milenario, ojos lechosos brillando con fulgor plateado, sentado en un círculo de runas talladas en hueso de puma que olían a salvia quemada y secretos enterrados, humo enroscándose alrededor como lenguas etéreas que probaban el aire con gentileza inquisitiva, formando siluetas de lobos primordiales que rozaban no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado. La manada se reunía alrededor –Lira con su pelaje castaño rojizo medio desplegado, curvas tensas bajo una blusa raída que marcaba pechos subidos por la alerta, ojos miel entrecerrados con esa astucia pícaro que la hacía indispensable, murmurando "Siento sus ojos en mi nuca, como en el ritual cuando lamíamos jugos tejidos, pero ahora es frío, como memorias que congelan el fuego de la alianza, ecos que prueban no carne, sino espíritus con gentileza que duele dulce, susurros que curan no con lenguas urgentes, sino con verdades que llenan vacíos con luz suave que perdura como raíces en tierra, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con caricias que tejen herencia"; Zara a su lado, su ceniza esbelta transformada en humana, piel oliva curtida brillando con sudor de vigilia, venas violetas templadas pulsando sutiles como recuerdos rotos, caderas estrechas tensándose con la promesa de garras listas, susurrando "Mis hilos violetas tiemblan –los antiguos llaman a lo roto, pa' tejerlo nuevo, pero los rivales muerden desde las vetas oscuras, celosos de la luz que compartimos en danzas de almas, no solo cuerpos, sino en susurros que curan cadenas con paciencia de ríos que tallan cañones, no con mordidas desesperadas que hieren con afán, sino con gentileza que teje alas de cadenas rotas con hilos de luz que perduran como vientos ancestrales que susurran herencia con voz suave que nutre"; los Salvajes en retaguardia, mugrientos pero leales, alfa macho gruñendo bajo con pelaje limpio, cuerpo marcado por mordidas frescas que contaban cacerías compartidas, olfateando el aire con hocico erguido "Huele a familia perdida –mordidas que no duelen, sino curan, pero con dientes que prueban debilidades en el lazo que tejimos con verdades susurradas, no solo placeres urgentes que devoran, sino en gruñidos compartidos que fortalecen huesos débiles con gentileza de hermanos que comparten no carne, sino espíritus en susurros que perduran como raíces en tierra fértil, no con fauces que devoran con hambre, sino con lenguas que limpian con paciencia que teje herencia eterna como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía".
Kai tomó mi mano, el lazo latiendo fuerte como un río que nos unía a todos, y nos arrodillamos ante el chamán, el aire espesándose con humo que formaba formas etéreas –lobos primordiales aullando silenciosos, ojos ámbar antiguos que miraban a través de nosotros, no con juicio, sino con curiosidad ancestral que rozaba como viento en piel desnuda, lenguas etéreas probando no con hambre, sino con paciencia que era casi caricia, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir memorias como ofrenda que no exigía, sino ofrecía, lenguas etéreas probando no con agresividad, sino con gentileza que era caricia ancestral, humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía. "Guardianes despiertos por el lazo de hierro y sombra", rasgó el chamán, voz como viento en ruinas incas, alzando una runa de plata que brillaba con luz interna, humo enroscándose alrededor como lenguas etéreas que probaban el aire con gentileza inquisitiva, formando siluetas de lobos que rozaban no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía. "La veta no es solo poder –es memoria viva, vetas que guardan aullidos de los primeros, lobos que tejieron el mundo antes de brujas y humanos. Vuestra unión –semen sellando maldiciones, jugos bebiendo placer– ha llamado su eco. No buscan guerra, sino pacto: dadles voz en ritual de memoria, dejad que lamen vuestras almas, o la plata os consumirá, volviéndoos sombras eternas sin lazo. Los rivales, ecos de caídos, muerden desde vetas oscuras –celosos de luz tejida, exigen duelos de memorias, donde cada uno enfrenta su sombra interna pa' templar la veta o dejarla quebrada, no con garras físicas, sino con verdades que cortan más hondo que colmillos, susurros que prueban no con dientes, sino con paciencia que cura lo que garras no alcanzan, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como las vetas mismas, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir".
Sus palabras me helaron la nuca, el tatuaje lunar palpitando como si recordara su nacimiento en la masacre de Isadora, visiones flashando: mi madre susurrando quechua en mi oído, "La plata guarda, pero reclama, niña –ama con fuego, no con miedo", su mano en mi vientre prometiendo un futuro que la bruja robó con veneno que ahora entendía como grito de soledad compartida, no como arma, sino como lección de amor impuro que teje fuerza en lo roto, no con mordidas urgentes, sino con susurros que perduran como ríos que tallan cañones, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como la plata misma, ecos que no devoran con hambre, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa. Kai apretó mi mano, su calor anclándome, ojos ámbar fijos en los míos con esa ternura que reservaba para noches de confidencias, no solo embestidas, su aliento rozando mi oreja en un susurro que era pacto silencioso: "Dinos cómo, viejo –qué ritual, qué ofrenda. Nuestra manada tejida no se rinde a ecos, pero honraremos a los antiguos si templan nuestra luz, no con garras, sino con verdades que unen, como Elara y yo nos unimos en susurros bajo estrellas, no solo en fuego del termal, sino en abrazos que curan lo roto con paciencia de ríos que tallan cañones, memorias que no se rompen con placer carnal, sino con confesiones que perduran como las vetas mismas, susurros que prueban no con dientes, sino con gentileza que teje futuro con hilos de luz eterna que nutre valles con armonía".
El chamán sonrió, dientes amarillos reluciendo como huesos antiguos, y nos guió a la veta profunda –un túnel estrecho donde la plata serpenteaba como venas de un dios dormido, el aire vibrando con susurros que no eran viento, sino voces ancestrales en quechua olvidado, aullidos que lamían el alma como lenguas de amantes perdidos, no urgentes, sino pacientes, como el roce de dedos en piel cicatrizada que despierta no placer inmediato, sino paz que se acumula como nieve en la puna, el humo de salvia formando siluetas que rozaban no con hambre, sino con curiosidad que era invitación a compartir memorias como ofrenda que no exigía, sino ofrecía, lenguas etéreas probando no con agresividad, sino con gentileza que era caricia ancestral, humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la manada siguió, pelajes erizados, Lira murmurando "Siento sus ojos en mi nuca, como en el ritual cuando lamíamos jugos tejidos, pero ahora es frío, como memorias que congelan el fuego de la alianza, ecos que prueban no carne, sino espíritus con gentileza que duele dulce, susurros que curan no con lenguas urgentes, sino con verdades que llenan vacíos con luz suave que perdura como raíces en tierra, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con caricias que tejen herencia con paciencia que perdura"; Zara asintiendo con ojos violetas claros, "Mis hilos violetas tiemblan –los antiguos llaman a lo roto, pa' tejerlo nuevo, pero los rivales muerden desde las vetas oscuras, celosos de la luz que compartimos en danzas de almas, no solo cuerpos, sino en susurros que curan cadenas con paciencia de ríos que tallan cañones, no con mordidas desesperadas que hieren con afán, sino con gentileza que teje alas de cadenas rotas con hilos de luz que perduran como vientos ancestrales que susurran herencia con voz suave que nutre valles"; los Salvajes gruñían bajo, alfa macho olfateando el aire con hocico erguido "Huele a familia perdida –mordidas que no duelen, sino curan, pero con dientes que prueban debilidades en el lazo que tejimos con verdades susurradas, no solo placeres urgentes que devoran, sino en gruñidos compartidos que fortalecen huesos débiles con gentileza de hermanos que comparten no carne, sino espíritus en susurros que perduran como raíces en tierra fértil, no con fauces que devoran con hambre, sino con lenguas que limpian con paciencia que teje herencia eterna como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura".
En la cámara central, la veta formaba un altar natural, plata formando un círculo que latía con luz propia, runas naturales grabadas en roca como cicatrices de batallas primordiales, el suelo cubierto de polvo plateado que crujía bajo pies como nieve de luna, el aire espesándose con humo que formaba lobos primordiales que rozaban no con agresividad, sino con curiosidad que era casi caricia, lenguas etéreas probando pieles como si recordaran texturas olvidadas, no con hambre, sino con paciencia que era invitación a compartir, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir memorias como ofrenda que no exigía, sino ofrecía, lenguas etéreas probando no con agresividad, sino con gentileza que era caricia ancestral, humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, el chamán esparció salvia, humo enroscándose en formas lobunas que lamían cicatrices con gentileza, despertando recuerdos enterrados con una delicadeza que dolía dulce, no como garras, sino como vientos que limpian heridas abiertas, visiones desplegándose no como flashes violentos, sino como tapices tejidos con hilos de quechua: mi primera transformación, no maldita, sino bendita bajo luna llena con mi viejo Ramiro aullando guía, su pelaje gris rozando el mío en un baile de iniciación que era abrazo protector, no caza solitaria, su voz en mi mente susurrando "Aúlla con corazón, niña –la plata escucha no mordidas, sino canciones que perduran como ríos que nutren valles con gentileza que perdura"; Kai como cachorro, su padre enseñándole a morder no por rabia ciega, sino por protección tierna, colmillos rozando cuello en lección de confianza que hería solo lo necesario pa' enseñar a sanar, su padre gruñendo "El hierro protege, hijo –no con fuerza sola, sino con lazos que sostienen en lunas oscuras, susurros que curan lo que garras no tocan con paciencia que teje herencia como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir". "Desnudaos el alma", rasgó el chamán, "dejad