La medianoche envolvía la puna en un manto de oscuridad absoluta, las cumbres del Ausangate recortadas contra un cielo estrellado que parecía burlarse de la tormenta que se avecinaba, la luna menguante colgando baja como una garra medio retraída, su plata tenue filtrándose a través de la niebla espesa que olía a ozono y metal caliente. La veta mística latía en la cueva principal como un corazón expuesto, su fulgor amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes fusionados en un tapiz de lealtad sangrienta y placer compartido, aullidos que aún resonaban en mis oídos como gemidos de la emboscada del anochecer. Los internacionales yacían destrozados en el paso estrecho, excavadoras volcadas en el río como bestias mecánicas muertas, drones con luces azules de ONU

