El amanecer se filtraba sobre la puna como un velo de seda rasgada, el sol despuntando tímido sobre las cumbres del Ausangate, tiñendo el horizonte de hilos dorados que se enredaban en la niebla como recuerdos que se niegan a disiparse, el viento susurrando entre las vetas de la cueva principal como un nido de secretos ancestrales que se revelaban en la quietud de la luz naciente. La veta mística latía con un pulso constante y sereno, su fulgor plateado ahora un faro inquebrantable que iluminaba las paredes rocosas como si la plata misma respirara en armonía con la manada, amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes entrelazados en un tapiz de lealtad que había resistido amenazas humanas y mecánicas, y ahora florecía en una plenitud profunda, los antiguos

