La aurora despuntaba sobre la puna como un cuchillo de luz fría, cortando la niebla espesa que aún olía a pólvora global y sangre yankis rancia, las cumbres del Ausangate recortadas contra un cielo que sangraba rojo victoria. La veta mística latía en la cueva principal como un corazón expuesto y saciado, su fulgor plateado amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes fusionados en un tapiz de lealtad sangrienta y placer compartido, aullidos que aún resonaban en mis oídos como gemidos de la emboscada de anoche. Los corporativos yacían destrozados en el paso estrecho, excavadoras autónomas volcadas en el río como bestias mecánicas muertas, drones con IA esparcidos como insectos aplastados, y el humo n***o de los robots caídos enredándose en la niebla como ded

