—No soy tu enemigo. —Pero lo eres. Tienes que serlo. ¿No lo entiendes? —Me libero de él y me froto el rostro. Mierda. Estoy cansada, y esa botella de vino sabe a rancio en mi lengua y hace que mis extremidades se sientan pesadas. —Aria , vuelve a la cama. Duerme. —¿No querrás decir Loca Aria? —Lo enfrento, esas palabras aun teniendo tanto maldito poder sobre mí—. ¿Loca como mi mamá? Voy a llorar en cualquier momento. Maldita sea. Voy a llorar, y en realidad no quiero hacer eso frente a él. Se queda ahí parado observándome, y esta vez, veo la maldita lástima en sus ojos. —Tu madre estaba enferma mentalmente. No es nada para bromear o burlarse. —¿No te preguntas si lo estoy? —pregunto, apenas escuchando, sin preocuparme por la última parte. Porque aquí es donde siempre me atrapa

