PREFACIO

803 Words
Un traje de tres piezas hecho a medida, perfume amaderado y zapatos que brillaban tanto como su presente. Ni un solo cabello fuera de lugar, rostro inexpresivo y ojos negros como la noche puestos en el objetivo. Metro noventa y cinco de deliciosa humanidad y pura perversidad; Ambrose Wood, el deseo secreto de muchas y la pesadilla real de todos los que han tenido la desgracia de conocer su verdadera esencia. -Andando, tenemos poco tiempo- Sus pasos, perfectamente sincronizados con los de su guardia real, resuenan en el piso de mármol espejado del salón repleto de personas que hoy lo celebran, incluso contra su propia voluntad. Muchos giran cuando lo ven pasar, impresionados aún con el porte que carga y el aura oscura que lo rodea, otros tantos intentan ocultar sin éxito alguno la floreciente emoción que les genera respirar el mismo aire que el dueño de toda la maldita ciudad. Se escuchan suspiros, murmullos, y algún que otro regaño de los padres que reniegan con sus hijas por apuntar demasiado alto. Él ignora todo y a todos, acostumbrado a llamar la atención y no entregarla jamás, centrado en llegar al final del pasillo y finalizar con está tortura a la que muchos llaman cumpleaños. Sus padres lo esperan allí, abrazados como de costumbre, fingiendo la perfección que nunca lograron alcanzar y Ambrose reafirma una vez más su ferviente necesidad de no casarse jamás, no porque le interese en absoluto fingir, sino porque sabe de primera mano el desgaste que genera hacerlo a toda hora. -Madre, Padre- Los tres se saludan por dentro del protocolo, sin demasiada emoción, y luego de las felicitaciones pertinentes y los brindis tempranos dan comienzo a una fiesta digna de la realeza. Correcta, desprovista de sentimientos y llena de una falsedad que comienza a aburrirlo. Ambrose se acerca a sus invitados, intentando no mezclarse más de la cuenta, y les pide a sus custodios no alejarse más de lo necesario. El tintineo constante de las copas chocando contra la suya y las risotadas elevadas le crispan los nervios, haciéndole titánica la tarea de soportar. -¿Puedes disfrutar? Es tu cumpleaños, cuando eras niño lo amabas- Su madre, siempre cerca y observadora, lo anima como pocas veces lo ha hecho saliéndose un poco del papel de mujer de piedra que jugo durante toda su vida, y ese pequeño calor que en el pecho que solo se enciende con ella aparece repentinamente y lo ablanda un poco. -Lo intentaré- Es todo lo que dice antes de desaparecer entre la marea de personas que no reconoce, seguido de cerca por los cuatro hombres que no se le despegan. Saluda al pasar, sin muchas ganas de quedarse en ningún lado en especial, cruza alguna que otra palabra especifica con algún empresario de su interés e ignora a todo aquel que no le genera ningún beneficio. Deambula aburrido, observa, analiza, divisa a dos de sus amigas y les guiña un ojo acordando sin palabras terminar la noche con ellas. Hace una seña discreta y uno de sus custodios se acerca con cautela, ya con el móvil en la mano. -Reserva dos habitaciones en el Luxxury- Kasper asiente y se aleja para cumplir la orden mientras él toma otra copa de una de las charolas que pasan cerca y luego otra y otra y otra, hasta que los minutos se vuelven horas y su paciencia se agota. Las mujeres que habían desaparecido entre la multitud vuelven a entrar en su campo de visión, haciéndole ver que es momento de decir adiós, pero justo cuando se encaminaba a la salida la música frena y la melódica voz de su madre sonando en los altoparlantes lo hace frenar y girar. Se vuelve para ver como el vestido azul de la mujer que lo trajo al mundo brilla bajo las luces tenues del escenario improvisado y debe admitir que hacía mucho tiempo no la veía tan bella y vivaz como este día, aunque su mirada cristalina disienta y lo confunda un poco. -Ambrose, acércate un momento hijo- El océano de gente se abre en un pasillo que le guía el camino y en cuestión de tres segundos contados se encuentra frente a Daphne Wood, nunca mamá. Ella estira su mano y él la toma por instinto, la siente temblar y se acerca barriendo el lugar en busca del hombre que debería estar acompañándola, a veces papá, pero no lo encuentra y algo similar a la preocupación comienza a gestarse en él. La mujer apaga el micrófono y le sonríe, repitiéndole que lo siente tantas veces que no las puede contar. Lo siguiente es un borrón lleno de gritos, luces apagándose, disparos, sangre, muertes y un apellido que jura con su vida exterminar. -Martín, Martín…- El linaje nefasto de una familia que deseara no haber existido jamás.
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