—Debemos hablar. —Entorno los ojos por instinto. —No tenemos nada de qué hablar, infeliz. Mejor aléjate de mí o te pongo una orden de alejamiento. La risa burlesca que emana de él me tensa y hierve la sangre. —Cariño, deja de decir ridiculeces. Te perdono el que me hayas golpeado y no le diré nada a Gerónimo. Pero debes compensarme por lo que hiciste, fuiste rebelde y salvaje, nada propio de ti. De verdad, este tipo sabe cómo sacar lo peor de mí. Me dan ganas de arrancarle la piel con las uñas. Pero prefiero ignorarlo y continuar mi camino, estoy que exploto del coraje. Casi corro escaleras arribas ante su acoso y cierro la puerta de golpe, no vaya a ser que se atreva a entrar. Después de asegurarla, resbalo de espaldas por la fría superficie de madera, dejando que mis lágrimas circ

