—Lo siento, no te vi. ¿Estás bien? —Diego me examina lleno de preocupación. Sus manos tiemblan al igual que su voz, es como si estuviera nervioso. ¿Seré yo la causante de eso? «Deja de fantasear». Asiento incapaz de emitir palabras. Ambos nos quedamos estáticos y en pleno mutismo, mirándonos sin saber qué decir. Así pasan los segundos, pero, aunque las palabras se han quedado atoradas en mi garganta, quiero quedarme aquí, frente a él. Oh, Diego... ¿Qué es lo que me has hecho? ¿Por qué tu persona me cautiva de esta manera? El repique de mi celular me saca de mi extraño trance. Bajo la atenta mirada del mestizo, alcanzo el teléfono de mi bolso para contestar la inoportuna llamada. Los reproches del señor Doncorvel me terminan de traer a la realidad. ¡Debo correr! Estoy tarde. —Ya voy,

