Su asiento se encontraba del lado de la ventanilla. Allí trató de relajarse y se dispuso a escuchar un poco de música. Mientras el avión ascendía pensó:
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El tiempo que duró el viaje solo pudo pensar en eso, pues no podía pensar en nada más.
Llegando a su destino la esperaba Eloisa con su sonrisa tan dulce y maternal que casi había olvidado. Con su cabello emblanquecido por los años y sus ojos verdes como los de ella, pues los había heredado de ésta, se abalanzó y la abrazó con fuerza.
Había sido la mejor abuela del mundo. En las vacaciones de invierno Eloisa iba a visitarla en casa de sus padres. Le preparaba la más rica tarta de manzana, su favorita. Pero eso solo fue hasta la muerte de su padre, ya que no se llevaba muy bien con su madre y mucho menos cuando se volvió a casar. Pero allí estaba, esperándola con los brazos abiertos y palabras de aliento. Juntas se encaminaron rumbo a “Lago Azul”, en la vieja camioneta del abuelo. La abuela jamás la cambió, seguramente para mantener el recuerdo del abuelo quien amaba esa vieja carcacha.
Era de noche cuando llegaron a la casa, hacía tantos años que Becca no la visitaba, hasta había olvidado cómo se veía el lugar. Cuando era niña solía viajar con sus padres antes de que comenzaran las clases y le gustaba ir al lago a nadar todas las tardes de verano junto a su papá, eso le traía muy buenos recuerdos y hacía enmarcar en su rostro una leve y nostálgica sonrisa.
Entraron en la casa, y la muchacha de inmediato se dirigió a la habitación que había sido de su padre y no a la habitación en donde se quedaba cada vez que iba de vacaciones. Se dispuso a desempacar algunas cosas, como el cepillo de dientes, su peine favorito para el cabello, el pijama y las pantuflas para ir a dormir. Se dio una ducha y bajó a cenar el rico pollo con papas doradas que su abuela le había preparado con mucho cariño. Luego se despidió de ésta, pues estaba muy cansada, el viaje la había agotado, así que se fue a dormir temprano su primera noche. Después de mucho tiempo logró descansar sin pensar en lo que había pasado. Por la mañana se despertó con el aroma de un rico café y la infaltable tarta de manzana de la abuela.
Eloisa le pidió a la joven que la acompañara al pueblo, (que vendría a ser como el centro) ya que su casa quedaba a unos pocos kilómetros del lugar. Quería hacer las compras en el mercado de allí. Ella aceptó acompañarla, el día se prestaba para disfrutar. Esos días en que el sol solitario en el azul cielo iluminaba todo con sus cálidos y potentes rayos. Sin duda que era un bello lugar, hasta se había olvidado lo hermoso que era el pueblo. Su paisaje, rodeado por montañas, verdes colinas y los grandes pinos que pueblan los bosques, todo eso sin olvidar el lago más hermoso que había visto. Sus aguas son de un color turquesa precioso. > Pensaba la joven mientras contemplaba el paisaje anonadada.
Llegando al centro, se estacionaron frente al mercado y bajaron para ir a realizar las compras.
Seleccionaron carnes, cereales, algunas hortalizas, productos de limpieza, entre otras cosas que necesitaban en el hogar. Aquel supermercado no era tan grande como el de dónde ella vivía, ya que Lago Azul era mucho más pequeño que su ciudad natal. Apenas tenía lo justo y necesario así que mucho no había para mirar.
Mientras esperaba en la caja, a la muchacha se le escurrió entre las manos, un paquete de galletas de chocolate que había elegido para merendar aquella tarde. Cuando se dispuso a recogerlo, un joven en un reflejo fugaz se le adelantó, lo recogió y se lo entregó en sus manos. Era alto, muy atractivo y simpático. Mientras le daba el paquete en sus manos, preguntó:
-¿No eres de por aquí verdad?-
El joven quería entablar una conversación, cosa que a la muchacha no le interesaba en lo más mínimo y por supuesto que de manera grosera le contestó:
-¿De verdad?, Acaso ¿No es obvio?-
Él algo sorprendido e incómodo se volvió unos pasos atrás en su lugar y esperó su turno en la caja. Eloisa la miró de reojo y con cierto disimulo, dijo susurrando:
-¿Eso era necesario hija? El solo trataba de ser amable contigo.-
A ella no le importó y siguió como si nada hubiese pasado. Una vez realizado el pago, cuando se iban a la camioneta, aquel muchacho no podía dejar de mirarla, pues había algo en ella que lo atraía, además de su belleza física, claro está. Se sintió totalmente deslumbrado por ella, que ni siquiera aquella mala actitud que tuvo para con él, lo hizo pensar lo contrario.
Mientras se acercaban al vehículo, sin decir ninguna palabra, la anciana rompió el silencio y exclamó:
-Becca, ¿eso era necesario?-
-¡Pero abuela!- Dijo Becca áspera. -No me interesa hacer amigos aquí ni en ningún otro lado. -
Siguieron el camino a casa sin decir ni una palabra. Cuando llegaron, bajaron las bolsas. Ordenaron todas las cosas que compraron y mientras lo hacían, su abuela aún molesta, no pudiendo contenerse le llamó la atención nuevamente y dijo:
-Ese muchacho a quien le contestaste de esa manera, es una persona excelente. Es hijo de los pastores del pueblo, lo conozco desde que estaba en el vientre de su madre. Además es presidente del grupo de jóvenes de la escuela y de la iglesia. Pero por sobre todo, es un muy buen muchacho, siempre pensando en ayudar a los demás. Ah, y no me vas a negar que es muy guapo, ¿verdad?-
Le decía aquellas cosas, en un intento por persuadirla de que se hiciera amiga de aquel muchacho, pero a ésta no le interesaba, y continuó con lo que estaba haciendo como si no hubiese escuchado nada de lo que la anciana decía. Las únicas palabras que podía pronunciar eran:
-ajam… umm…-
Becca se pasó toda esa tarde leyendo unos libros viejos. Por la noche, cuando se disponía a ir a dormir, no podía sacar de su mente que era tiempo de cambiar su vida. No quería que nada ni nadie le importara jamás, ya que no podía permitirse salir herida nunca más.
Al día siguiente ayudó a su abuela con las tareas de la casa, como limpiar y todas esas cosas. En la tarde continúo leyendo una novela que trataba acerca de cosas del futuro, por cierto un futuro totalmente incierto. Así se pasaba todas las tardes, desde que había llegado al pueblo.
Eloisa al verla en ese estado, tan llena de vida y sin poder vivirla, le llamó la atención:
-Becca, ¿cómo es posible que con este hermoso día, tú estés aquí encerrada? Hay tanto para hacer, salir, divertirse… eres demasiado joven.-
Pero la muchacha parecía no escuchar, y continúo leyendo como si nada. Así se la pasó durante cinco días consecutivos.
Pero pronto su vida daría un vuelco total.