Mi comentario lo dejó desconcertado, —suspiré—. Puse las manos al frente de mis senos para darle a entender que le gustaban exuberantes, muy voluptuosas. —Solo… gracias por ser mi amiga. —Le sonríe, terminé el último pedazo de carne. —Bueno, es rico saber que, si falta mi abuela, le puedo decir al vecino que cocine. —negó sonriendo, recogimos los platos, mientras él lavaba, yo secaba—. Gracias por guardarle, te lo agradecerá. —cuando nos dimos la vuelta, ella nos observaba. —¿Cómo ha pasado, señora Virginia? —saludó. —Hola, abuela. Le di un beso en la mejilla, no se enojó, pero llegó muy seria, esa actitud fue incómoda. —Ya me voy. Comentó Jerónimo al darse cuenta de su seriedad y era muy raro, una de sus filosofías era; la educación nunca se debe perder. —No hijo, no. No me preste

