Desayunamos, nos bañamos y salimos a caminar la playa. Daba la impresión de ser los únicos en este mágico lugar. Nos quedan cuatro días, no hemos visto a nuestros amigos, nos alejamos de la civilización. Ese par debían de estar felices. Era el momento de hablar, no dejo de pensar en lo mucho que le importo, lo que me dijo esa noche… debemos retomar esa conversación, la dejamos a medias. Yo le confesé mi amor. Al regresar a la cabaña toqué el tema. Él llegó a la nevera, sacó una botella de agua y me ofreció una. —Estás, muy pensativa. —comentó, me entregó la botella. —¿Por qué no lo dices Jerónimo? —Lo miré—. Nada más dilo. —Porque no digo ¿qué? Se detuvo en la sala y me miró con enojo, le sonreí para ocultar los nervios. —Lo que estás sintiendo por mí —Su reacción no fue la deseada.

