—¡Yelena! —Llamó mi abuela. —En el baño. —lavaba mis dientes. —Hija, tu medicina. ¿Cómo amaneció tu brazo hoy? —Perfecto ya no duele. Dame un segundo. —salí, recibí la medicina, me miraba con amor incondicional—. Tranquilízate no me pasó nada. —dije. —Gracias a Jerónimo. —Si abuela, lo repites todo el tiempo. —¿Pensaste utilizar tus dones? —estaba demorando en hacer tal pregunta. —Sí, pero recordé el lugar, descargar mi energía fuera de estas paredes llamaría a los del Norte. Estaba en los barrancos, donde la electrostática es diferente, se siente una radiación muy fuerte en ese lugar. —Gracias, hija. —Abuela… —quería preguntarle que siente en el aura de Jerónimo, pero me arrepentí. —¿Dime? —Si hubiese utilizado… —preferí improvisar—. Mis dones, ¿qué hubiese pasado? —Te estarí

