Me quedé mirándolo, sus ojos me suplicaban. —¿Para qué? —Quiero disculparme por lo sucedido el día en que llegamos. —Ya lo has hecho, no sigas disculpándote por lo mismo. —No he escuchado tu respuesta. ¿Me perdonas? —¿Perdonarte qué? ¿Qué me hiciste sentir como una puta? —Lo miré, él arrugó su frente. —No era mi intención, Yelena. —¿Entonces cuál era? —pregunté. —¡Era un juego! —dijo agarrándose el inicio de su nariz. —¡Qué se acabaría una vez llegáramos al aeropuerto! —grité, no importó que escucharan—. ¿Y qué hiciste? —Se quedó callado—. Diste todas las señales de que no se acabaría, Jerónimo. Yo solo esperaba el mínimo indicio para lanzarme al vacío. ¡Fui una estúpida! —¡Ese fue tu problema! —sentí ganas de abofetearlo en ese instante. —¡Qué cínico eres! Di la vuelta, me t

