No le contesté, tenía vergüenza. Salió de la habitación, lo escuché en la sala hasta que me quedé dormida. A la mañana siguiente él me observaba sentado en el sillón del cuarto, con un diario en su mano; lo tenía cerrado. Se veía tan bello con esa camisa manga larga de color azul celeste, doblada hasta la mitad de su ante brazo, un pantalón blanco de franela, muy caribeño, su mirada era todo por lo que hago esto, lo hacía como si yo fuera lo más anhelado. —Buenos días. —dije. —No sé qué tienen de buenos. —sentí una punzada en mi pecho—. No pude dormir. —¿Por qué? —sonrió de medio lado enarcando una ceja. —Cómo pretendes que me acostara a tu lado, con lo que tienes puesto, ¿sin poder tocarte? No me has dado permiso para hacerlo y no soy de piedra, Yelena. —pasé saliva en seco, sonrió, l

