Capítulo X

2976 Words
El eco de la voz de Eric los hizo regresar a la realidad. Ninguno sabía qué decir o hacer, no sabían en qué momento se perdieron. Su contacto visual fue torpe al igual que sus movimientos. –Princesa, ¿me permite?– Edmund extendió sus brazos para darle a entender a Alexandra que su intención es sacarla del lago. Había algo diferente en el tono en el que habló, los dos lo notaron. –Sí. Edmund posó sus manos en los costados de la espalda media de Alexandra, los dos fingieron que no sintieron nada con aquella interacción. Él la guió hacia la orilla del lago, una vez estando ahí, la giró para que ella estuviera frente a él. Sus manos delicadamente fueron a su cintura, las de ella se sostuvieron de sus hombros, esa sensación fue nueva para los dos. Manteniendo un contacto visual fijo fue el momento en que él la sostuvo con fuerza, la suficiente para sostener su cuerpo sin lastimarla; la levantó. Toda el agua corría por su cuerpo, el vestido se le ciñó al cuerpo, Edmund enfocó su mirada en los ojos de ella, no se retiraron hasta que ella lo hizo primero. –¿Se encuentra bien? –Sí– titubeó un poco cubriéndose con sus brazos sobre su pecho y llevando su mirada a cualquier parte excepto el joven frente a ella. El impacto del frío fue intenso, aunque el día era caluroso, por alguna razón sintió un cambio drástico en la temperatura. Lo más extraño era darse cuenta de que su temperatura corporal era elevada. Se levantó por completo. Ella buscaba a Eric, no sabía si quería que los encontrara o no. –Iré con su cuidador, él le podrá dar abrigo, no se mueva. Alexandra asintió sin dirigirle la mirada. Estaba avergonzada, pero lo que no llegaba a su comprensión era el por qué. Edmund atravesó el pequeño pasadizo entre la naturaleza y encontró a Eric deambulando sin dirección. –Eric, es un alivio encontrarlo. –Edmund. ¿Por qué está mojado?– Eric mostró una clara preocupación. –La princesa cayó en un lago y– Esas palabras fueron suficientes para que Eric corriera hacia donde su instinto lo llevó, parecía un can bien entrenado con su olfato. Tantos años cuidando y protegiendo de la princesa para que en los pocos minutos que la perdió de vista le haya pasado eso… de nuevo. –Eric, no tiene que preocuparse– musitó la princesa con escalofríos. Eric no hesitó en quitarse su saco para colocarlo sobre la princesa, ella sintió un aire cálido y la tranquilizó por unos segundos. Él la guió para salir hacia el campo donde la vista estaba despejada, allí se encontraba Edmund con un semblante de preocupación, el cual era una farsa porque él quería reírse, excepto que al mismo tiempo temía que todo resultara mal. –Princesa, lamento no haber estado presente cuando sucedió, me encontraba- –Eric, no debe preocuparse, estoy bien– le interrumpió con una sonrisa cálida siendo que su temperatura bajaba. Los tres llegaron a casa, el té caliente, un baño tibio y el abrigo fueron fundamentales en los primeros minutos de su llegada, de igual manera lo fueron las preguntas. –¿Por qué fueron al lago? ¿Te lastimaste? –Deberíamos llamar al médico por si su tobillo se lastimó de regreso. –No, no es necesario abuelos– comentó la princesa con tranquilidad. –Necesito que me relates lo que sucedió– exigió la abuela con preocupación. Todos se encontraban en la sala. Alexandra se encontraba en el mueble más cómodo tomando una taza de té humeante con abrigo. Los abuelos se posicionaron en cada lado de ella. Eric los veía de frente al estar parado con un semblante de preocupación claro, él pensaba que estaba arruinando todo y tenía miedo de que lo llamaran de regreso al castillo por no ser competente en su servicio. Mientras tanto, los primos se quedaron del otro lado de la sala. Edmund estaba sentado con un abrigo y un té caliente. Esmeralda se quedó a su lado de pie imaginándose todas las posibilidades, y en todas su primo era el responsable; ella temía lo peor. –Simplemente le pedí al joven Dubois que me llevara al lago cercano, él lo hizo, corrí hacia el lago y tropecé con una roca– Alexandra se detuvo al sentir la mirada del joven en su perfil –. El joven, uhm, Edmund fue quién me sacó del lago, estaba asustado porque no sabía si había algún animal. Edmund sonrió al escuchar ese ligero cambio de escenario. Él no le quitó la mirada de encima hasta que ella, y todos, se giraron a verlo. –¿Es cierto? –Sí, señora. –No tenemos cómo agradecerte– la señora Cathy le sonrió con gratitud. Edmund notó que Eric se notaba preocupado y decidió hablar. –Todo hubiera sido distinto si Eric no hubiera aparecido, él le ayudó más a la princesa que yo. Esmeralda sonrió ante el gesto de su primo. –Oh, Cathy, si aquí tenemos a dos jóvenes maravillosos– el abuelo se levantó con felicidad y abrazó tanto a Eric como a Edmund. Fue cuestión de segundos para que todos se rieran y que la tensión desapareciera. Alexandra quiso ver a Edmund pero se dio cuenta de que ni él ni su prima se encontraban en la sala. Los primos estaban de incógnito en la cocina. –Sé que es mentira lo que Alexandra dijo. –Esme, ¿ahora le llamas por su nombre?– se mofó de ella. Esmeralda dejó de limpiar la cocina para pensar un momento, ese destello de duda surgió en ella. –Dime la verdad, ¿qué ocurrió?– se giró hacia él para encararlo. Edmund sabía que no tenía otra opción que decirle lo que realmente sucedió. Después de un largo suspiro, habló: –La empujé. –¡Edmund!– exclamó aventándole un trapo mojado, de lo cual se arrepintió debido a que él apenas estaba seco. Edmund se empezó a reír. –No tienes que preocuparte por nada, ella decidió decir otra cosa, no sé por qué– siguió sonriendo recordando cómo ella mintió con tanta facilidad –. Me voy a disculpar y darle las gracias por no delatarme. Esmeralda se mantuvo en su lugar observando con curiosidad. –¿Eso harás? –Sí, no soy un patán, sé disculparme. –No lo digo por eso– Esme respondió con una ligera sonrisa al entender que había un cambio entre su primo y la princesa, que de un momento a otro ya no se detestaban… o es que nunca lo hicieron. –¿Por qué lo dices?– le cuestionó. Edmund notó el cambio de expresión en la mirada de su prima, y no le agradó para nada. –Cuando te disculpes, lo hablamos. Tendrás que hacerlo mañana, porque esta tarde estarán al pendiente de ella– Esmeralda regresó a la normalidad. Siguió su rutina de limpieza una vez que se sintió fuera de peligro. –¿Hay algo en lo que te pueda ayudar aquí? –No creo, si quieres, puedes ir por el pedido del señor. O puedes ir mañana al amanecer. –No, prefiero ir hoy. Regreso en unas horas. Se acercó a ella para darle un pequeño abrazo. Esmeralda sonrió con ternura. Del otro lado de la casa estaban Alexandra y sus abuelos. –Alexandra, hay algo que debemos decirte– comentó Cathy con un tono sospechoso. –¿Qué sucede abuela? –Joe… –Cuando los vestidos llegaron, también llegó correspondencia para ti– el abuelo saca de su bolsillo tres sobres, tres cartas dirigidas a ella. –Tus padres te escribieron, y no sabemos de las otras dos. Queremos ser claros en que, como sabrás, tus padres fueron estrictos al mencionarnos que tú no debes responder a las cartas porque no deben saber dónde estás. Alexandra comprendió lo que su abuela le dijo, no le agradó, pero sabía que era lo correcto. –Lo entiendo, gracias abuelos. –Te dejaremos sola para que leas. –¿Está bien si me retiro a mi pieza? Quisiera descansar. –De acuerdo, hija. Descansa. –Mañana seguiremos con los preparativos para el baile. –Sí, abuela– Alexandra le responde al acercarse a ellos para despedirlos con un beso y un abrazo. Alexandra subió hasta su pieza, cerró la puerta y colocó el seguro, dejó a un lado el abrigo y se sentó en su silla la cual estaba acomodada al lado del pequeño tocador que tenía situado al lado de la ventana con hermosas cortinas blancas. “Escogeré una al azar”, pensó al dejar las tres cartas sobre el tocador. Tomó una con sus ojos cerrados, y la abrió. “Amada hija, Fue de gran alegría escuchar que necesitabas tus vestidos, sabemos que estás disfrutando de tu tiempo con tus abuelos. Sabemos que no debe ser fácil estar tanto tiempo lejos de casa, nosotros de igual manera te extrañamos, todos en el castillo preguntan por ti; y esperamos que este tiempo pase rápido para volver a verte. Te amamos más de lo que podrías imaginar, nuestra princesa. Con amor, tus padres.” Alexandra sonrió con nostalgia al recordar su hogar. Su mente había estado tan ocupada que no había llegado a su mente la tristeza y nostalgia de estar con sus padres, con su amiga y con su amado. Ella tomó la siguiente carta. “Princesa, Sus padres me indicaron que empacara sus vestidos y no pude pensar en cuánto la extrañaba al tener preparativos para un baile. Lamento no haber estado con usted al despedirla. Espero que se encuentre bien y que pueda disfrutar estar fuera del castillo, escuché que está en un lugar retirado y acompañada de naturaleza, por ello sé que está feliz. Aquí en el castillo está todo tranquilo, algunos preguntan por usted, se le extraña en la cocina y al escucharla tocar el piano tan exquisitamente. No sé si podré volver a comunicarme con usted, pero espero con ansias su regreso. Hay algo que debo decirle, es una situación de la cual no he sabido controlar pero,” Se acabó la carta, hay algo de tinta derramada y Alexandra no puede comprender. Algo definitivamente sucedió y la impotencia de no poder comunicarse le estaba causando molestia, pero, decidió distraer su mente al tomar la última carta. “Querida princesa, Le escribo porque pude escuchar a su querida dama del recorrido que sus vestidos harían y necesitaba comunicarme con usted. La extraño, pienso en usted día y noche, cuando el sol se asoma y cuando se esconde, sólo así, la luna me escucha cuando le comparto mis pensamientos más profundos sobre usted. No puedo negar el hecho de que he intentado comunicarme con usted, he buscado por usted porque es una agonía interminable. Tengo momentos en los que creo no poder soportar, pero me alivia saber que usted regresará, y que Dios me ayude a que regrese a mis brazos. No quiero afligir, sólo quiero hacerle saber que el día que usted deba regresar, yo estaré esperando por su regreso con mi promesa puesta en un anillo. Hasta su regreso… Siempre suyo, Noah.” Alexandra no podía contener su felicidad. El tan sólo imaginar al heredero Noah escribiendo con perfecta letra y escuchando lo que su corazón dictaba, era una escena con la que podía seguir soñando. Era fácil imaginar cómo sucedió cada escena, pero, la verdad era completamente diferente. Nos situamos en aquel día de partida de los vestidos de la princesa… –Amanda, querida– la reina se acercó a ella. –¿En qué puedo servirle?– respondió sin saber por qué la alejaba de los demás en la cocina. Salieron al comedor principal, donde no había gente en absoluto, excepto por un conocido príncipe que sabía esconderse. –El día de hoy mandaremos los vestidos de Alexandra porque ella los ha pedido, nosotros le hemos escrito una carta, y sabemos lo importante que es su amistad, por ello, si quieres escribirle una carta, con mucho gusto se la haremos llegar. Amanda sonrió con entusiasmo. Noah abrió sus ojos al descubrir la gran oportunidad de seguir con su plan. –Claro que sí, mi Reina– hizo una reverencia en señal de agradecimiento y respeto. –Perfecto, Amanda– sonrió con amabilidad la reina –. Los vestidos partirán a la media noche, tienes hasta entonces para dejar tu carta. Amanda asintió sin poder borrar su sonrisa. La reina salió del comedor. Amanda decidió enfocarse en escribir aquella carta, por ello, se dirigió a su pieza donde podría escribir con tranquilidad, algo que necesitaba debido a que quería confesarle todo a la princesa. Noah la siguió. Se esperó por algunos minutos para interrumpirla al escribir. –Amanda– él entró a su pieza. Cerró la puerta con seguro. El corazón de la joven se detuvo al escuchar la fría voz del príncipe. Ella se giró para enfrentarlo y así poder terminar su interacción lo más rápido posible. Noah se acercó a ella teniendo en cuenta que nadie más podía entrar a ese lugar. –No sé cómo ha llegado hasta aquí, pero, si busca a Su Majestad, puedo llamarle a Stuart para que lo guíe– Amanda respondió esperando haberse visto tranquila mientras ocultaba la carta al poner un libro sobre ella. –Oh, no, no he venido por el Rey. Quiero hablar con usted– se acercó a ella más de lo debido al haber visto lo que intentaba hacer de manera disimulada. Él se inclinó recargándose sobre el pequeño escritorio –. ¿Tiene algo que decirme, Amanda? –No, príncipe Chadburn– respondió bajando la mirada. Noah acercó su mano hacia la carta. Amanda la tomó antes que él gracias a sus reflejos. –¿Qué tiene ahí? –Nada. –Demelo. –No– habló de manera firme mientras veía debajo de los hombros de Noah, la puerta. Sabía que debía salir de ahí. Noah abrió su boca para decir algo más pero, fue interrumpido al momento en que Amanda se escabulle debajo de él y corre hacia la puerta. Él la alcanzó sin haber dado más de tres pasos y la tomó. La abrazó al pasar sus brazos por su vientre y levantarla del suelo. –¡Déjeme!– exclamó, esperando que alguien la hubiera escuchado. Noah tapó su boca con rapidez y se dirigió de nuevo hacia el escritorio. La sentó y le quitó la carta de su mano; la leyó y se dio cuenta de las intenciones de aquella joven de clase baja. –Ja, ¿qué pensaba confesarle a la princesa?– se inclinó hacia ella. Sus ojos azules le mostraban gran miedo a la joven sentada sin saber qué hacer. –No es de su incumbencia. La carta es algo privado, usted no debió leerla. –Vamos Amanda, puedes ser sincera conmigo. Es más, puedes decirme Noah. Seremos amigos. –Jamás seré su amiga. –No me deja otra opción– murmuró el príncipe. Amanda no entendía lo que acababa de escuchar. Noah sacó de su bolsillo un pequeño frasco de vidrio con líquido en él. –Espero, que por su bien, querida Amanda– con su mano izquierda tomó el cuello de la joven, dejándola sin la capacidad de moverse o gritar –; lo que la vieja señora me vendió, sea sólo para la pérdida de su memoria y no le pase nada más. La miró. Ella temía lo peor al observar el frasco y saber que la intención que él tenía era la de dárselo. Intentó zafarse pero Noah impactó sus labios contra los de ella; eso la paralizó. Noah sonrió ante la reacción de ella, al igual que el hecho de haberla besado. Aprovechó ese momento para vaciar el frasco en la boca de Amanda. Ella casi se ahoga debido al impacto amargo y rápido de aquel líquido. Noah la soltó y dejó que ella tosiera para que pudiera respirar. –¿Está bien, Amanda? –Todo está dando vueltas– murmuró al intentar levantarse pero falló. Noah la tomó en sus brazos y la llevó hacia la pequeña cama, allí la recostó y acomodó para que pareciera que simplemente estaba dormida. Se tomó el tiempo para escribir su carta, y para descifrar si era conveniente que la carta de Amanda se enviara, decidió que sólo iba a derramar un poco de tinta para que se pudiera disfrazar lo que ella estaba escribiendo. Terminó su carta y se tomó el tiempo para llevarlas hacia Stuart, el mensajero del Rey. –Le manda esto la dama de la princesa. –¿Por qué usted le hace entrega? –Me ofrecí– respondió con una sonrisa que sólo él podía ejecutar. Stuart frunció el ceño por unos segundos y tomó las cartas. Noah estaba a punto de seguir con un plan alterno, el cual era seguir el carruaje para saber dónde estaba la princesa, pero, la mirada sospechosa que Stuart mostró era inconveniente y si él encontraba a la princesa, quedará en mal. Sólo le quedaba esperar que los pasos que dio al mandar su carta y al envenenar a Amanda con una poción para que perdiera la memoria, funcionaran a la perfección. Esa noche, Noah salió del castillo con una sonrisa que no podía ocultar. Estaba feliz de que todo estaba sucediendo tal y como él quería, excepto por el hecho de que Amanda quedó en cama y con una fiebre en aumento. La poción venía con una advertencia, la cual él olvidó en el momento que se la dio a la joven con miedo. La poción no debía vaciarse, sólo bastaba con un par de gotas para que surgiera el efecto, o de lo contrario…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD