–¿Usted es familiar de Esmeralda?
–Somos amigas– respondió Alexandra sin prestar tanta atención. Eso era extraño para ella, dado a que como princesa, su deber era siempre ser respetuosa y seguir ciertas normas. Esta noche decidió dejar de lado su etiqueta.
–¿Es la primera vez que visita Griseo?
–No, mi hermano y yo venimos desde pequeños– Alexandra compartió una mirada con Edmund. Ella estaba disfrutando de inventar otra vida.
–Usted se parece a una joven, pero no puedo recordar quién– comentó una de ellas, mirándola con suspicacia.
–Tal vez te refieres a la princesa de Aureum.
Edmund y Alexandra volvieron a compartir una mirada.
–No, yo conozco a la princesa– respondió la otra joven mentirosa.
Tanto Edmund como Alexandra quisieron reprimir una risa. Debieron evitar el contacto visual para no reír.
–¿La conoce?– cuestionó la princesa.
–Absolutamente– respondió parpadeando seguidamente con un aire de superioridad –, es una joven espléndida. Ella me pidió uno de mis vestidos, lástima que yo debía usarlo esa misma noche.
Alexandra no podía creer lo que estaba escuchando.
–¿No la invitó esta noche?– Edmund le cuestionó con dificultad para disimular su sonrisa burlona.
–No, ella no suele mostrarse en lugares así– señaló el lugar de manera despectiva.
–Oh, lo entiendo. Si yo fuera la princesa, tampoco me mostraría en lugares así– respondió Alexandra pensando en salir corriendo para poder reírse.
–¿Concuerda conmigo? Lo siento, joven Dubois. Debe entender que usted y su prima entran en otra categoría, sin duda por gente como ustedes es que la princesa no debe visitar estos lugares.
Alexandra de nuevo no podía creer lo que estaba escuchando. Ella de inmediato sintió el cambio de humor del joven a su derecha, lo que la llevó a colocar su mano en el antebrazo del joven antes de que hablara.
–¿Cómo dice? ¿A qué se refiere?
La joven compartió una mirada con la otra joven.
–Aquí en Griseo sabemos quiénes tienen un nombre, y con ello, la clase– tomó una pausa para dirigirse con Edmund –. Usted sabe que su familia se ha degradado debido a lo sucedido con su prima, y es una desgracia porque usted ha sido arrastrado en ello.
–A mí no me importaría– la otra joven se le insinuó a Edmund.
Alexandra se quedó perpleja en cuanto la situación.
–Señorita Fitzwilliam, ¿me permite el siguiente baile?– Edmund extiende su mano hacia la de Alexandra.
–Por supuesto– respondió Alexandra aliviada de que pudieran salir de esa conversación.
La mano de Edmund acuna la mano de Alexandra. Los dos se dan cuenta de ello ya que están frente a frente. La mano de él en su espalda. Distancia corta entre ellos. Aunque Alexandra lleve guantes, y su piel no toque directamente a la de Edmund, existe un contacto inesperado.
–Espero no le haya tomado importancia a las incoherencias que esa joven decidió expresar.
–¿Usted le tomó importancia?– replicó Edmund con curiosidad.
–Nunca había escuchado tales expresiones, y delante de usted.
–¿Hubiera preferido que lo expresara cuando yo no estaba?– cuestionó al darle un giro.
Terminando el giro la distancia fue menor. Ella chocó contra su pecho. Él bajó la mirada e inclinó levemente su cabeza para observarla.
Después de un par de segundos interminables, ella habló: –No me agradó lo que dijo de usted.
Aplausos. El baile terminó. Edmund reaccionó y decidió soltar a la princesa y salir del salón.
Alexandra no entendió lo que había sucedido. Decidió seguir a Edmund.
Edmund se sentía confundido. “¿Cómo se supone que debe descifrar lo que ella dijo?”, pensó con molestia. Ella pasó semanas recordando la monarquía y su respectiva posición dentro de este sistema. La mayoría de sus discusiones, por no mencionar todas, eran gracias a esta diferencia de clase en la sociedad.
Edmund no encontraba la respuesta a la pregunta inicial. Con aquella pregunta se abrió la puerta para que otras preguntas salieran a la luz, las cuales, él quería mantener encubiertas.
Él llegó a un balcón, lo encontró al recorrer una cortina, decidió que ahí se quedaría hasta que su molestia bajara. Alexandra al seguirlo, entró de igual manera.
–¿Qué hace aquí?
–¿Por qué se fue? Me dejó en medio del salón– reclamó confundida.
–¿Y? ¿Eso no se le hace a la princesa? ¿Es eso lo que quiere decir?– replicó Edmund con sus orejas rojas de la excitación.
Se giró para darle la espalda recargándose sobre el barandal del balcón. Fue ahí que se dio cuenta que estaban en el segundo piso, no realizó cuando subió los escalones y llegó hasta allí.
–¿Por qué se comporta de esa manera?– le cuestionó sintiendo la molestia llegar a su cuerpo. Ella no entendía el por qué del cambio de actitud.
–Porque ¡usted!– fueron las únicas palabras que Edmund exclamó antes de girarse para verla frente a frente.
Alexandra tenía el ceño fruncido, su pecho subía y bajaba de la aceleración al respirar.
–¿Yo? No puedo creerlo– llevó sus manos a su frente –. Creí que las discusiones sin razón lógica habían desaparecido, y ahora viene a culparme por su comportamiento.
–¿Ahora cree que estoy loco?
–¡Lo está! No lo creo, es la verdad– respondió sintiendo el sonrojo de molestia en su rostro –. Ni siquiera sé por qué lo seguí.
–¿Por qué me dijo que no le agradó lo que esa mujer comentó?– Edmund se acercó a ella para evitar que saliera sin que le respondiera.
–¿Debería tener una razón? ¡Es obvio! Esa mujer es una parlanchina, sin clase, mentirosa, y corriente.
–¿Por qué le molestó tanto lo que dijo de nosotros?
–Porque es mentira. Ella no tiene derecho de hablar de esa manera de nadie, menos de ustedes.
Edmund la observaba con incredulidad.
–Usted me trataba de esa manera.
Alexandra abrió su boca con indignación.
–No me diga eso– retiró la mirada sintiendo una picazón en sus ojos, como si estuviera a punto de llorar.
–¿Recuerda de lo que discutimos? Usted me recuerda cada segundo que pertenece a la realeza y yo no, soy menos que la servidumbre, así como lo es Esme.
–Si quiere sentirse inferior, hágalo– lo miró de frente dando un paso hacia él – pero, no le voy a permitir que hable de Esme de esa manera.
–¿Cree que no sé que una vez que se vaya, se va a olvidar de estas semanas?
–¿Acaso usted predice el futuro? Es una lástima que no vine preparada con mis preguntas para usted, joven Dubois– comentó sarcásticamente.
Edmund sonrió con cinismo.
–Ya me cansé de tener la misma conversación con usted.
–Y yo me cansé de usted, permiso– Alexandra decide retirarse pero Edmund se interpuso en su camino –. ¿Qué hace?
–Espere– susurró debido a la distancia corta entre ellos.
Edmund había escuchado voces del otro lado de la cortina y tenía razón. Él estaba dándole la espalda a la cortina, a pocos centímetros de tocarla cuando se escucharon las voces de manera clara.
–Debemos saber de dónde son los Fitzwilliam. No puedo creer que Esmeralda haya estado toda la noche con ese joven tan apuesto.
Un grupo de jóvenes se detuvieron a cotillear antes de volver al salón principal.
–Han dicho que tienen una buena fortuna, pero no pueden concretar ningún rumor.
–¿Qué opinas de su hermana?
–¿Alexandra?
Edmund y ella compartieron una mirada de curiosidad.
–Es atractiva para estar con Dubois– habló por primera vez un hombre.
–Dubois es atractivo, lástima que sea pobre. No creo que alguna mujer esté tan desesperada para casarse con él.
Alexandra bajó la mirada al escuchar tal comentario hiriente. Edmund tensó su mandíbula.
–Lucía, todos sabemos que Dubois te ha gustado. Como has dicho, es pobre pero, eso no te puede limitar a que bailes con él esta noche, o que pase algo más.
Se empezaron a reír. Alexandra se sentía terriblemente mal por escuchar lo que esa gente se atrevía a decir de los demás. Edmund se tensaba cada vez más, él temía que su enojo fuera más fuerte que él y lo llevara a tomar medidas drásticas.
–Francis, deberías ir tras Fitzwilliam mientras Lucía se acerca a Dubois.
–¿Y quién va a separar a el apuesto Fitzwilliam de Esmeralda? Sé que nadie quiere que lo vean en público con ella, pero, háganlo por mí.
–Esmeralda es guapa pero, no puedo arriesgarme a que me vean con ella. Sofía se volverá loca.
Alexandra notó cómo el cuerpo de Edmund se estaba tensando, bajó su mirada a sus manos y notó cómo formó un puño. En un instante, ella llevó su mano al antebrazo de él, eso lo llevó a bajar la mirada hacia ella sin entender qué la llevó a romper la barrera invisible entre ellos. El gesto de Alexandra funcionó a la perfección, pues, Edmund pudo relajarse por un momento.
–¿De quién están hablando?– una voz externa al grupo se acercó.
–Oliver, no tiene caso. Tú ya estás casado.
–Necesito hablar contigo, es urgente.
–De acuerdo, nosotros ya vamos de regreso al salón.
–Francis, estará todo preparado para tu llegada– comentó una joven.
Sólo Francis y Oliver se quedaron del otro lado de la cortina.
–¿Qué necesitas?
–¿Sabes algo del tal Eric Fitzwilliam?
–¿Estás celoso?
–No seas ridículo– bufó con molestia. Esa reacción de Oliver dejó en claro los pensamientos que todos los presentes estaban teniendo –. Le dije a Sofía que no era conveniente que invitara a los Dubois, pero no le importó. Ahora estoy con su insoportable voz incitándome a que investigue acerca de ellos.
–¿Sofía piensa que aún tienes sentimientos por Esmeralda?
Hubo un silencio incómodo. Edmund y Alexandra compartieron una mirada, sabiendo a la perfección qué significaba ese silencio.
–Necesito que separes a Fitzwilliam de Esmeralda. Llévalo con otras mujeres, puedes embriagarlo, no me importa. Sólo lo quiero lejos de ella.
–¿De qué te va a servir eso?
–Vas a regresar por ella y la vas a traer. Voy a conversar con ella.
Tanto Edmund como Alexandra se alarmaron al escuchar las intenciones de Oliver.
Edmund sintió un ligero apretón en su antebrazo, fue la reacción de Alexandra. Los dos se habían olvidado de su contacto físico y de cómo estaban cómodos tan cerca uno del otro.
–¿Estás demente? ¿En la casa de tus suegros? ¿Frente a todo el pueblo durante un baile?
–Es ahora o nunca. No puedo otro día porque todos los ojos están detrás de mí.
–¿Hoy es la excepción? Oliver, no creo que debas hacer eso.
–No pedí tu opinión, Francis. Sólo haz lo que te pido. Yo aquí te esperaré.
Francis soltó un largo suspiro, dando a entender que aunque esté en desacuerdo, llevará a cabo las instrucciones de su amigo.
–¿Justamente aquí?
–En la puerta al lado de la cortina. Es una habitación especial para mí, sólo yo tengo la llave.
–Muy bien. Vendré durante el octavo baile.
Estrecharon sus manos y cada uno partió al lado que les correspondía. Los que permanecían escondidos detrás de la cortina se cercioran escuchar la puerta cerrar antes de salir de ahí.
–Debemos ir por Eric y Esmeralda– camina Alexandra de manera apresurada.
Edmund la alcanza y toma de su antebrazo, ella se gira con confusión.
–¿No quiere detenerlos?
–Debe tener en consideración lo que se habló anteriormente de usted y de mí. Tampoco podemos separarnos, ¿me doy a entender?
–Lo entiendo– respondió.
Se miraron por unos segundos para después seguir caminando hacia los escalones y bajar a buscar a sus amigos. Alexandra iba por delante de él. Edmund se aseguró de tomar un lazo de su vestido para no perderla en ningún segundo. Igualmente la guiaba en el camino al colocar su mano en la cintura de la princesa por lapsos de segundos.
–Edmund, creo que los he encontrado– se giró hacia él con emoción y alivio. Él sonrió.
Al querer ir por el camino para encontrarse con ellos. El séptimo baile empezaba.
–¿Qué es lo que sucede? Nunca había escuchado esa melodía.
Edmund conocía la melodía y el baile correspondiente. Él la tomó de la cintura y la posicionó a su lado sin soltarla. Alexandra no sabía qué era lo que le incitaba los nervios, el hecho de no estar con Esmeralda y advertirle, o el hecho de estar confundida por no saber el baile y que Edmund esté cerca de ella con su mano en su cintura.
–Este baile es más rápido. Sólo sígame– le habló cerca de su oído, eso llenó de nerviosismo a la princesa –. Dos a la derecha, uno atrás, le daré una vuelta y dos a la izquierda.
–Entendido.
“Dos a la derecha, uno atrás…” pensó Alexandra al momento de que la melodía avanzaba para el baile.
Sin duda era más rápido y agitado que el resto. Los presentes en el baile no tardaron en reír de la agitación y el nerviosismo de equivocarse en algún paso.
Edmund giró a la princesa, ella casi pierde el equilibrio cuando una pareja chocó con ellos entre risas. Edmund la sostuvo de la cintura con la suficiente fuerza para que recobrara su equilibrio. Ese choque no impidió que el baile siguiera, lo que llevó a Alexandra a sonreír.
Fue cuestión de segundos cuando ella se sintió cómoda con el baile y lo hacía sin complicaciones pero, con muchas risas. Edmund estaba riendo también al verla reír y sonreír como si sólo fueran ellos bailando.
Las manos de Edmund nunca se separaron de la princesa. Alexandra se sintió con la comodidad de sostenerse de él, esa era la excusa para mantener un contacto entre ellos, porque los dos estaban perfectamente equilibrados, sin embargo, disfrutan de aquella cercanía.
Bailaban de un lado a otro con una sonrisa en sus rostros. La única vez que Edmund retiraba su mirada de ella era cuando alguien se interponía en su camino, de otra manera, él nunca dejaba de observarla como si fuera la única en aquel salón. Mientras que, Alexandra no dejaba de reír, su respiración era agitada pero, no era preocupación, eso le causaba más risa.
La melodía finalizó cuando la última vuelta fue hecha. Todas las parejas terminaron frente a frente. Las manos de Edmund acunan la cintura de la princesa. Las manos de Alexandra se posaban en los hombros del joven frente a ella.
Los dos respiraban agitadamente, uno frente al otro. La sonrisa de ambos caía conforme sus pensamientos aterrizaron en la realidad. Las sensaciones de cada uno llegaban a flote y entre su contacto visual no podían articular algún movimiento.
–Ahí está la señorita Fitzwilliam.
El contacto visual se terminó. Tardaron unos segundos en recuperar la noción de la realidad.
Frente a ellos se encontraban Francis y Lucía pero, ellos no lo sabían hasta que se presentaron.
–Es una grata velada. Nunca la habíamos visto en el pueblo. ¿A qué se debe su visita?– Francis se acercó a Alexandra al mismo tiempo en que Lucía se acercaba a Edmund.
Alexandra llevó su brazo derecho a su espalda esperando que Edmund lo notara, así lo hizo, acto seguido, él tomó discretamente de la mano a la princesa. Ese contacto tan íntimo llevaba a los jóvenes a distraerse de lo que tenían frente a ellos. Por un pequeño instante su atención sólo fue el sentir cuando sus manos se entrelazaron.
–No nos gusta hacer apariciones en público.
–¿Cómo es que conoce a Dubois?
–Somos amigos desde infancia– Alexandra se giró para verlo, él asintió con su vista fija en Francis; no era una expresión amable.
–¡Qué coincidencia! Nosotros hemos conocido a Edmund desde la infancia y nunca mencionó a sus amigos Fitzwilliam.
–Estaba ocupado limpiando el desastre que ustedes hacían– Edmund respondió sin importarle el tono con el que estaba hablando.
–Eso es parte del pasado, Edmund– Lucía tocó el hombro del joven al mismo tiempo que abanicaba sus pestañas –. Siempre he pensado que usted es un joven con muchas habilidades.
–Señorita Fitzwilliam, ¿me permite el siguiente baile?– Francis hizo una pausa para acercarse a ella como si se tratara de un secreto –. Me parece que su amigo le pedirá el baile a la señorita Lucía.
–Se equivoca, conocido del cual no recuerdo su apellido– Edmund se zafó del agarre sutil de Lucía para acercarse por completo a Alexandra, llevando su mano a su cintura –. El siguiente baile ya está arreglado pero, con gusto puede volver a preguntar en el ventigésimo baile. Con permiso.
Edmund logró salir de esa trampa junto a Alexandra y lograr llegar con Eric y Esmeralda, ellos estaban riendo y bebiendo.
–¡Primo!– Esmeralda lo abrazó mientras reía. Eric también lo hacía.
–Eric, debemos hablar– le comunicó la princesa. Él entendió aquel semblante de seriedad y preocupación.
–No se preocupen, nosotros estaremos aquí– mencionó Edmund para que Eric y Alexandra estuvieran tranquilos y al tanto de ellos.
Alexandra y Edmund compartieron una última mirada, al igual que Eric y Esmeralda.
–Dígame princesa.
–Shh, recuerda llamarme Alexandra– le comentó en un susurro. Estaba algo alterada debido a la situación.
–Lo lamento. ¿Pasó algo?
–Sí– antes de seguir con la conversación, se cerciora de que nadie los esté escuchando ya que han salido de la casa –. Un joven llamado Francis le prometió a Oliver que llevaría a Esmeralda con él a encontrarse en una habitación en el segundo piso.
–¿Cómo sabe esto?
–Los escuchamos, ellos no nos vieron.
–Es bueno que esté con Edmund– reflexionó Eric.
–Debemos irnos o hacer algo porque temo que aquellos jóvenes no se limiten con un simple “no”. Oliver le pidió hacer lo que sea para que se lleve a Esmeralda.
–¿Lo que sea?– Alexandra asintió con un semblante de preocupación –. Debemos regresar.
Al regresar al salón no encontraron a los primos, eso alarmó a Eric.
–Debemos subir.
–¿Qué hay de Edmund?
–¿Quiere buscarlo? Debo ir por Esmeralda.
–De acuerdo. Confío en ti, Eric.
Eric asintió con valentía y se fue en busca de Esmeralda hacia el segundo piso. Mientras tanto, Alexandra comenzó su búsqueda por Edmund.