Capítulo XV

3418 Words
El funeral de Amanda fue inexplicable. Nadie parecía creer que ella había partido y dejado a todos detrás. Cada persona estaba afectada de manera distinta. La mayoría estaba devastado con tristeza, sin embargo, el príncipe Noah cargaba con un gran peso. Ese peso lo llevaba a regresar cada alimento o bebida que entraba en su organismo. –Debes mantenerte fuerte para la princesa, detén esa debilidad, hijo mío– le reprendió su padre lejos de las personas durante el funeral. –Lo lamento, padre– Noah tosió y cubrió su boca con su mano, sintiendo un malestar –, debo confesarle algo. –¿Qué?– le cuestionó con su tono frío. Noah ya estaba acostumbrado a ello. –Yo le di una poción, la señora me dijo que le detendría de recordar– susurró Noah sintiendo líquido subir y bajar en su garganta, le quemaba –. Días después, Amanda cayó en cama. Fui con la señora y me dijo que era específicamente unas gotas, no todo el frasco. Se detuvo en su relato debido a las arcadas. Su padre, con enojo, lo llevó hacia la parte más remota del castillo. –¿Acaso eres un completo asno?– Lo golpeó en la nuca para después tomarlo del cuello de su camisa –. Tu responsabilidad era casarte con la princesa, ella ya está enamorada de ti. ¿Qué tenías que estar haciendo con su dama? Noah estaba al borde del llanto. Él era un hombre de veinte años, sin embargo, en ese momento se sentía como ese niño de ocho años que hizo algo mal. –Ella me vio con una dama durante el baile– balbuceó sintiendo el ardor por todo su cuerpo. Su padre bufó con gran molestia y lo aventó con fuerza hacia el césped. Noah se raspó sus manos al querer amortiguar el golpe. Quiso llorar del enojo que estaba sintiendo en ese momento. –Te dije que no hicieras nada estúpido. Ahora debes asegurarte de que todo siga su curso, y déjate de tonterías. Sacúdete y entra con la princesa– resopló mientras acomodaba su traje, dio un par de pasos antes de murmurar una última frase –. A veces creo que no eres mi hijo. Noah se quedó impactado de gran manera con lo último que escuchó decir a su padre. Una sola lágrima se derramó por su ojo izquierdo, la limpió de manera rápida y se limpió su traje. Él caminó hacia el castillo, cada paso que daba, su rostro se modifica, al igual que su actitud. Su vida siempre fue un espectáculo. Ahora tiene un propósito, y lo va a conseguir, cueste lo que cueste. Esmeralda fue la chica que lo observó de lejos. Ella tenía sus manos en su boca debido al impacto que fue ver al duque aventar al príncipe, ella nunca esperó ver tal atrocidad. Esmeralda los vio desde lo lejos, no pudo escuchar absolutamente nada, pero sabía que fue una discusión fuerte. Noah entró al castillo con su semblante de seriedad y respeto, buscó con la mirada a la princesa, aunque hubieran damas que lo miraban y esperaban que él las mirara, ni siquiera en un funeral dejaban su deseo a un lado. Aún así, Noah decidió concentrarse en Alexandra, no dejaría que otro “error” fuera perjudicial para él y su reino. Al observar, vio que Alexandra estaba conversando con Edmund. Noah tensó su mandíbula al observarlos. “¿Quién es este plebeyo?”, pensó con una risa de superioridad. “La princesa sigue siendo mía, de eso no tengo duda.” Caminó hacia ellos, no sin antes cerciorarse de que una dama de la corte se dirigiera a Edmund. –Princesa– le hace una reverencia para después tomar su mano y besarla –. ¿Me permite hablar con usted un momento? Alexandra asiente con una sonrisa cansada. Noah la lleva por detrás del jardín, aquel lugar que sólo ellos conocen. –¿Qué sucede, Noah? –Quiero saber cómo está. Sabe que puede confiar en mí. Alexandra vio aquellos ojos azules que tanto había extrañado. Lo abrazó. Luchó por detener algunos sollozos, pero no lo consiguió. Noah la abrazó con calidez, después de todo, ella era su amiga. Él tomó con delicadeza el rostro de la princesa, aquello era sumamente íntimo, algo que nunca se había atrevido a hacer. Noah notó las lágrimas de Alexandra, sintió un pinchazo en su corazón sabiendo que él pudo haber evitado que ella estuviera así ahora, que todo era su culpa, pero que ahora no se trataba de él. –Dígame lo que debo de hacer para detener su agonía, mi princesa. –Traiga a Amanda a la vida– sollozó. Noah de nuevo la abrazó. Alexandra se sentía débil en aquel abrazo, sintió que en cualquier momento se desvanecerá. Intentó sentir aquella paz que deseaba, pero no lo consiguió, sólo sentía más pesadez y una sensación de culpa. Se separó de Noah, recobrando su postura. –Debe disculparme, debo retirarme. –Déjeme acompañarla. –No se moleste. Noah entendió. Tomó su mano y la besó. Alexandra sonrió de manera automática, no porque había sentido algo, simplemente por cortesía, ella no podía pensar en nada más que su dolor. Aquel día pasó lentamente. Alexandra se encerró en su pieza desde que terminó formalmente cualquier deber como princesa. Horas llorando sobre su almohada, preguntándose qué es lo que había pasado, ella aún no sabía qué fue lo que la llevó a la enfermedad. Amanda era una joven saludable y no corría riesgo en el castillo, se alimentaba tan bien como podría haber deseado. Alexandra recordó la carta que ella le mandó. Corrió hacia el baúl con sus cosas personales y encontró aquella carta. La tinta manchando el resto del papel no tenía sentido. “¿Y si lo que me tenía que decir era referente a la enfermedad?”, se cuestionó. De alguna manera estaba conectado, ella lo sentía. Salió de su pieza apresurada por encontrar a Esmeralda, sólo a ella podía confiarle tal información. Sabía que podía confiar en Eric, sin embargo, no quería que Eric se viera enredado en aquella situación, no quería molestarle. –¡Esme!– la encontró en la cocina junto con el resto del personal. Todos se sorprendieron ante la efusividad de la princesa al encontrarse con otra joven del servicio. –Princesa, ¿necesita algo? –Que venga conmigo. Esmeralda, extrañada por aquella petición, siguió a la princesa hasta su pieza. Al entrar a la pieza, Esmeralda abrió sus ojos con asombro. Sólo en sus sueños hubiera imaginado aquel lugar. Ella, desde que llegó al castillo ha sido un asombro increíble al ver tantos detalles hermosos, los paisajes, el arte, la riqueza y el buen gusto mezclados. –¿Qué necesita, princesa? –No son necesarias las etiquetas, Esme. Aquí no. Toma asiento– le incita mientras ella camina de un lado a otro. Esmeralda, tímidamente, tomó asiento en la cama que se sentía como tocar una nube. Alexandra se sentó a su lado y le enseñó la carta de Amanda. Esmeralda no entendía al principio, pero se sorprendió al leer el final de la carta. –¿Puede ver eso? –¿La mancha de tinta? –Sí. Eso es inusual. ¿Qué era lo que me quería decir? –¿Por qué la habrá mandado así?– cuestionó Esmeralda observando con atención la carta y la caligrafía –. Me atrevo a decir que su pulso no titubeó en ningún momento, por ello puedo deducir que tenía la intención de terminar la carta. –Es cierto– Alexandra observó de igual manera, tenía sentido lo que Esmeralda le decía –. ¿Qué más puede observar? –Tal vez pueda oler algo– acercó la carta a su nariz. La retiró de inmediato con una mueca de disgusto y, seguidamente, la tiró. –¿Qué sucede?– cuestionó Alexandra con curiosidad. –Necesito hablar con Edmund. –¿Por qué? ¿Qué necesita? –Princesa, necesito que me escuche en esto, debe quedarse aquí y por ningún motivo toque la carta. Lave sus manos. Vuelvo enseguida. Alexandra miró sus manos con confusión y observó un ligero hinchazón en la yema de sus dedos. Corrió hacia la pieza de limpieza exclusivamente para ella y lavó sus manos. Mientras tanto, Esmeralda corrió por el castillo para encontrar a su primo. Sin querer, chocó con el príncipe. Él la sostuvo y no pudo evitar observar aquellos ojos verdes curiosos. –Discúlpeme– intenta hacer una reverencia y retirarse, pero Noah no la suelta. –No se preocupe, dígame, ¿cuál es su nombre? –Esmeralda Dubois, señor– bajó la mirada debido a la incomodidad que estaba sintiendo en ese momento. “¿Dubois? Debe ser la hermana del plebeyo”, pensó. –Un placer conocerla. Se ve que está en un apuro, no la molesto más. –Ninguna molestia, señor– hizo una reverencia de nuevo y se fue. Noah se quedó observando cómo aquella chica se alejaba. Lo que le sorprendió fue que no notó ningún nerviosismo, ningún indicador de que ella estaba buscando su atención. Aquel detalle sin duda dejó pensando al príncipe. En cuestión de minutos, Esmeralda pudo llegar con su primo, el cual estaba conversando con el abuelo Joe. –Edmund, la princesa te llama. El abuelo sonrió al escuchar aquella petición. Edmund sonrió mentalmente. Los primos emprendieron su camino hacia la pieza de la princesa, la cual está más retirada del lugar donde estaban. –¿Te dijo qué necesita? –No puedo decirlo aquí– respondió en voz baja mirando a sus lados, con miedo a que alguien la escuchara. Esmeralda sabía que lo que estaba sospechando era real, pero necesitaba confirmación. Y si es verdad, ni ella, ni nadie puede comentarlo. La princesa podría estar en peligro. Al llegar a la pieza, Edmund sintió una descarga eléctrica en todo su cuerpo, al mismo tiempo que Alexandra, porque sus ojos se conectaron. –Huele la carta, pero no la toques. Edmund frunció su ceño, pero hizo lo que su prima mandó. Se acercó a la carta tirada en el suelo y la olió a una distancia considerable, de inmediato se levantó y miró con confusión a Esmeralda. –¿De quién es la carta? –Amanda– respondió Alexandra sintiendo curiosidad y temor al ver las reacciones de los primos. Edmund voltea con Alexandra. Él nota lo triste y lo cansada que está, lo que menos quería era darle una noticia desagradable, pero no puede callar. –Esa carta está envenenada. Alexandra ahogó un grito cubriendo su boca con sus manos. Sus piernas flaquearon. Edmund la sostuvo de inmediato. –¿Está bien, princesa?– susurró Edmund con sus brazos rodeándola. Esmeralda los observaba con detenimiento, no sabía en qué situación debía prestar su atención, si en la carta o en su primo sosteniendo con cuidado a la princesa. –Todo me está dando vueltas– respondió Alexandra sin poder abrir sus ojos por completo. –Recuéstala. Edmund siguió las instrucciones de Esmeralda. Pasaron algunos minutos antes de que pudieran continuar con la conversación. –¿Por qué ha dicho que está envenenada? –Esme y yo crecimos en el campo, nos enseñaron sobre todo tipo de flores y plantas, también conocemos de las combinaciones y pociones que pueden llegar a hacer. –¿Pociones? –Sí– le responde Esme a la princesa dejando sus labios en una línea delgada –. Si mi olfato no me engaña, puedo reconocer a la planta adelfa, esa planta es venenosa, con el simple roce provoca irritación. Por ello, necesitaba confirmar con Edmund. –Esa planta es conocida por ciertas comunidades que se dedican a realizar pociones, algunos dicen que ayudan a olvidar, otras simplemente dejan que el veneno actúe. Las lágrimas de Alexandra comenzaron a salir. –¿Alguien envenenó a Amanda? Edmund y Esmeralda compartieron una mirada nada calmada. –No podemos saber con seguridad, princesa. –Amanda era saludable. Tú misma has visto cómo ha escrito la carta, ella tenía que decirme algo. De alguna manera esto encaja perfectamente– se levanta de la cama y comienza a caminar por toda su pieza –. ¡Alguien quería que olvidara lo que iba a decirme! –Alexandra…– murmuró Esmeralda con preocupación –. Será mejor que dejemos descansar esta situación, debe pasar por su duelo sin distracciones. –¡No! Escúchame, Esme– la toma de los hombros abriendo sus ojos –. Tengo que descubrir qué quería decirme Amanda, era algo importante y al-alguien la… mató. Alexandra no podía creer esa posibilidad que cada vez se volvía más real. ¿Alguien mató a Amanda? ¿Con qué propósito? ¿Por qué? Miles de preguntas llenaron la mente de aquellos tres jóvenes en la pieza de la princesa. Los tres prometieron no decir nada a nadie. Era algo que sólo ellos iban a saber. Los primos estaban de acuerdo en que no le darían más ideas a la princesa porque debía llevar su duelo, debía permanecer tranquila, sin ninguna alteración de ese grado, y menos si no podían confirmar absolutamente nada. Al día siguiente, Alexandra bajó al desayuno con un vestido n***o. Ya estaban todos esperándola en el desayuno, pero ella sabía que faltaban sus amigos. –Padre, no podemos comenzar sin los primos Dubois. Los abuelos sonrieron ante aquel gesto. Ellos sabían que el vínculo creado entre ellos tres era puro y recíproco. –Con gusto hija. –También llamen a Eric Fitzwilliam. –¿Uno de los guardias? –Sí, ahora él es como mi hermano– respondió Alexandra recordando el baile en Griseo donde sí se llamaron hermanos. Los reyes estaban confundidos, pero accedieron a lo pedido. Sabían que su hija necesitaba de las personas que quería. En cuestión de minutos llegaron sus invitados. Edmund tomó asiento enfrente de la princesa, tanto él como los dos invitados estaban nerviosos de comer en la misma mesa que los reyes. –Su Majestad, la familia Chadburn– anunció el paje en la entrada del comedor. Alexandra giró hacia Noah. Los dos sonrieron al verse. Edmund no lo podía entender. Esmeralda tragó en seco debido a la presencia del príncipe. “¿También comeré frente al príncipe?”, pensó Esmeralda con nerviosismo. Saludaron con cordialidad y tomaron asiento. Noah estaba situado a un lado de Eric, lo cual le parecía una burla debido a que él era un príncipe, y Eric era simplemente un sirviente del Rey. Las miradas de los Chadburn hacia los jóvenes que claramente no eran parte de la familia Real, eran crueles. Esmeralda quiso salir corriendo de ahí. Edmund apretaba su puño por debajo de la mesa. Eric estaba tan inmerso en sus pensamientos que ni siquiera tenía apetito y no estaba prestando atención a su alrededor, su único pensamiento era Amanda. Pero, sus pensamientos caían una y otra vez en la culpa, en que él se fijó en otra mujer, en que él estaba sintiendo en su corazón como nunca lo había hecho, pero no era por Amanda… –Esme, debe probar esa mermelada– le mencionó la princesa con una sonrisa. Ella pudo observar que su amiga estaba nerviosa. –Sí, princesa. Alexandra volteaba a todas partes, mas no podía ver hacia el frente. No sabía cómo debe comportarse cerca de Edmund, aunque al mismo tiempo lo quisiera cerca de ella, ese era un dilema que decidía dejar escondido. Terminando el desayuno, Alexandra salió del comedor cuando nadie le estaba prestando atención, o eso pensó ella. Caminó rápidamente hacia el jardín, necesitaba aire, se estaba ahogando dentro del castillo. Llegó a su lugar favorito en todo el jardín, una glorieta escondida entre paredes de plantas y árboles, con una banca de piedra justo en medio. En ese lugar podía pasar horas, y lo hacía de vez en cuando. Se sentó y dejó salir un suspiro. El corsé le apretaba, pero sabía que aunque se lo quitara, seguiría sin poder respirar. Ella sabía que no se sentía bien, y que no era común en ella esa sensación de quedarse sin aire. –Alexandra. Su voz le erizó la piel. Se giró a verlo. No sabía que la había seguido hasta ahí. Nadie conocía ese lugar más que ella, estaba tan escondido, que era imposible ver la entrada. –¿Qué hace aquí? ¿Me ha seguido? –No, sólo disfruto de perderme entre los arbustos– respondió Edmund con sarcasmo de manera automática, después se dio cuenta de ello –. Lo lamento, no quiero alterarla. Sólo quiero saber cómo está. –No lo sé– encogió sus hombros con una sonrisa triste. Edmund se acercó lentamente hasta sentarse a su lado. –Cuando mi padre falleció no supe si quería seguir viviendo– confesó –, pero lo hice, con ayuda de mi tía y mi prima. Alexandra abrió sus ojos con sorpresa, algunas lágrimas se derramaron. –Sé que las circunstancias son diferentes y el dolor sólo uno puede conocerlo, pero con ello, quiero decirle que no está sola. Hay personas a su alrededor que la quieren y se preocupan por usted. Alexandra veía con detenimiento el rostro de Edmund y escuchaba cada palabra que pronunciaba. –Yo sé que me quieren, y los quiero, pero… Edmund frunció su ceño queriendo entender qué posible “pero” existía en su mundo. –Sé que usted se va a reír de mí, pero, no sabe las veces que me he sentido sola en ese castillo– rio con tristeza al recordar aquellas noches sin dormir. –Me imagino– sonrió Edmund con humor. Después de días, la princesa sonrió. –En Griseo ha sido la primera vez en años que me he sentido diferente, me he sentido libre. He tenido esta sensación muy dentro de mí– señalaba su pecho –, que me llevaba a querer gritar, correr, llorar… Me sentía muy diferente, pero al mismo tiempo, sabía que era yo. Edmund la observó con atención, sonreía en todo momento al verla expresarse tan divinamente de ella, sin una pizca de superioridad, sin ego; sólo era ella siendo vulnerable frente a él. Edmund sentía ese impulso de sostenerla en sus brazos. –¿Cree que ahora que ha encontrado a esa Alexandra, usted regrese a la que fue alguna vez, en este castillo? –Todo aquí me lo recuerda– bajó la mirada –. Yo no quiero perderme. –¿Cómo sabe que sigue siendo usted? Alexandra subió su mirada. Esa fue la respuesta. Los dos lo sabían. Fue en ese momento exacto en el que el dorado y el gris se mezclaron. Sus ojos comunicaban más de lo que ellos podrían decir. Edmund se acercó lentamente a ella, con nerviosismo subió su mano hacia la mejilla de ella. Su pulgar tocó la piel de la princesa, ella cerró sus ojos por inercia al sentir como si derramaran tranquilidad sobre ella. Edmund entreabrió sus labios. Su mano temblaba cuando la colocó por completo en la mejilla de ella. Fue como si su mano fuera hecha solamente para acunar su mejilla. Alexandra inclinó su cabeza hacia la izquierda, sintiendo el soporte de la mano de Edmund. Al abrir sus ojos, lo vio cerca, observándola con una chispa en sus ojos, como si ella fuera la flor más bella de todo el Reino, lo que ella no sabe es que él la ve como la única. –¿Qué está haciendo?– susurró colocando su mano en la muñeca de Edmund. De inmediato, una sensación nueva los inundó. Ella estaba tocándolo con ternura. –¿Qué quiere que yo haga, princesa?– susurró de regreso con la respiración pesada. –Quiero…– Alexandra no podía terminar la oración, no podía pensar con claridad –. Que se aleje. Edmund frunció el ceño y bajó su mano. El impacto del aire se sintió más frío de lo que realmente era. –Edmund, yo estoy comprometida. Aquella oración se sintió como un golpe tras otro. Edmund se sintió tan estúpido como para haber creído que ella estaba sintiendo una pizca de lo que él sentía en ese momento. –Y yo lamento haberla molestado. Se levantó y salió de ahí, sintiendo un gran nudo en su garganta. Sus ojos ardían, al igual que su pecho. Edmund se enamoró, y se dio cuenta de ello con una lágrima en su mejilla.
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