Cuando llegamos a la plaza, me propuso coger el metro hasta Montparnasse. Acepté. Comenzaba a preguntarme seriamente si me besaría. El primer beso es, sin dudarlo, el que se da con más delicadeza, pero él ya me había tenido y conquistado. No había motivos para mostrarse tímido. Ya habíamos compartido esa dulzura en el pasado. A esas horas de la noche, el metro circulaba prácticamente vacío. No había ningún problema. Nos pusimos en una esquina de los asientos traseros y apoyé la cabeza sobre su hombro. Franck me acariciaba una mano mientras que la otra se enredaba en mi rubia melena. Un momento tierno, sensual, de los que a mí me gustan. Sin verle, sentía su fija mirada sobre mí. Parecía inquieto, inquisitivo, confundido. Temía que se acabase la noche. ¿Debía besarle yo primero? No obstant

