Al día siguiente, a partir de las seis de la tarde, nos pusieron en marcha. Los clientes, unos borrachos, se presentaron después del trabajo para beberse dos o tres jarras antes de volver con sus esposas. Lo más interesante tuvo lugar después de las ocho. Ahí, jóvenes, o no tan jóvenes, que salían en pareja, en grupo o con unos amigos, venían a consumir las atrevidas bebidas. Pusimos en práctica los movimientos que habíamos aprendido el día anterior. Como siempre sucede, hay una enorme brecha entre la práctica y la teoría, así que lo hice lo mejor posible. Mi impresionante lenguaje gestual fracasó estrepitosamente. Tiré las botellas de alcohol sobre la barra; un inesperado estrés fue la causa. El líquido se desparramó por todo… Los vasos parecían barcos a la deriva. Mi cara adquirió un ton

