El amanecer llegó a Valer con una luz distinta. No fue más brillante ni más cálida que otros días, pero había en el aire una quietud expectante, como si incluso el sol avanzara con cuidado. Las primeras campanas comenzaron a sonar desde las torres más altas, no con urgencia, sino con un ritmo solemne que se extendió por calles, patios y plazas. El reino despertó sabiendo que aquel no sería un día común. Las ventanas se abrieron temprano, los mercados se llenaron de flores, telas claras y cintas bordadas. Desde los barrios más humildes hasta los salones del palacio, Valer se preparaba para celebrar una unión que no había nacido del amor soñado, sino del amor elegido. En las habitaciones altas del palacio, Adara permanecía despierta desde antes del alba. La luz suave entraba por los vent

