**TOMAS** Cuando me confirmaron como gerente permanente, cuando me entregaron ese contrato que me aseguraba estabilidad, lo supe de inmediato: era el momento de traerlos conmigo. Papá y mamá merecían más que visitas cortas, más que llamadas y mensajes llenos de nostalgia. Merecían ver con sus propios ojos lo que había construido. —Mamá, papá, quiero que vendan todo y se vengan a vivir conmigo —Hijo, no queremos ser una carga para ti. —No lo son, yo quiero tenerles aquí. Así que compré la casa. No un departamento cualquiera, no un espacio temporal. Una casa sólida, con historia, con un jardín donde mi madre pudiera pasar sus tardes, con una biblioteca donde papá pudiera leer sin prisas. Vendieron todo lo que tenían en España. Dejaron atrás los recuerdos, las rutinas, los días repetido

