Capítulo 4

1119 Words
Mamá llega, quedando todo listo para iniciar el primer día en mi nuevo trabajo. No puedo evitar estar nerviosa al pensar en todo lo que me dijo Mariana ayer. Diana le hace la vida imposible a cualquiera que se meta en su camino... No creo que sea una chica mala, solo que está muy afectada por todo lo que le ha pasado siendo tan joven. La entiendo. —Chao mami —susurro y le tiro un beso. Me tira un beso de vuelta y sonríe. Cierro la puerta con cuidado para no despertar a Ariana y camino al ascensor. *** —Matilde, que gusto que vinieras —murmura Nicolás cuando entro en la casa. Veo como el alivio se expande por su rostro. —Aquí estoy —respondo y me encojo de hombros con una tímida sonrisa en el rostro. Camina hacia mí con el bebé en sus brazos. —¿Cómo estás Javier? —me dirijo al bebé con un ridículo tono. Nicolás me sonríe y me entrega a Javier. —Tengo que irme ahora, te dejé todo listo en la cocina... tú sabes cómo cuidarlo... —murmura mirando su reloj algo nervioso. Yo me río. —No te preocupes, yo me las arreglo, te llamo cualquier cosa —murmuro para tranquilizarlo. —Gracias, chao —murmura y sale apurado de la casa. Miro al bebé en mis brazos y sonrío. Tiene sus grandes ojos color miel muy abiertos. —¿No tienes sueño verdad? —pregunto a Javier, que como si entendiera, me sonríe. Este bebé es como su tío, sonríe por todo. *** —Uf, que fuerte lo tuyo —murmuro a Javier y me río. Estoy cambiándole el pañal por segunda vez en lo que va de la mañana. Termino de cambiarlo y lo llevo hasta una sillita mecedora que hay en una esquina de su pieza que da mirando hacia el jardín. Siento a Javier en mis piernas y comienzo a mecernos. Empiezo a cantar Yellow de Coldplay y juego con las manos de Javier. Él me mira encantado. —Mira las estrellas, mira como brillan por ti, y todas las cosas que haces... Termino la canción y aplaudo con las manos de Javi, que sonríe. Alguien se aclara la voz detrás de mí y me giro. Encontrándome a una hermosa chica de pelo castaño y ojos color miel. —Disculpa, pero en esta casa hay personas que quieren dormir, por ejemplo yo —murmura y se apoya contra la puerta, con los brazos cruzados. Ignoro lo que me acaba de decir y me pongo de pie con una sonrisa amable. —Hola, discúlpame si te desperté... ¿eres Diana verdad? —pregunto caminando hacia ella. Diana mira al bebé en mis brazos con desprecio y luego me mira a mí, aún peor. —¿Quién más podría ser? —se encoge de hombros y sale de la pieza. ¿Okay? Eso fue demasiado desagradable. Me encojo de hombros y le hago caritas al bebé en mis brazos. Tengo cosas más importantes de las que preocuparme. Javier, por ejemplo. *** —Todo está bien aquí —respondo como por cuarta vez a Nicolás. —Bueno, está bien... llámame si sucede algo e ignora a Diana, por favor —recita nuevamente. No te preocupes, la llevo ignorado toda la mañana. —Claro, nos vemos —respondo y cuelgo. *** Le pongo cuerda nuevamente al móvil de Javier y lo observo. Nidia, la empleada de la casa entra en la sala y llama mi atención tímidamente, con una falsa tos. Levanto la vista y le sonrío. —Señorita Matilde, la psicóloga de Diana ya está aquí —anuncia tímida. Me pongo de pie y sonrío a Javier. —¿Podría quedarse con él un momento? —pregunto caminando hacia ella. Ella sonríe cariñosa hacia Javier y asiente. —No hay problema, yo me quedo con este gordito —murmura sentándose donde yo estaba hace segundos atrás. Sonrío a ambos y camino fuera de la sala, a encontrarme con la psicóloga. Cuando la encuentro me sorprendo. Yo esperaba encontrarme con una mujer algo Hippie, o quizás muy formal y profesional. Como se muestra a las psicólogas en televisión, pero no. —Hola, mucho gusto, soy Matilde —saludo a la escultural mujer. Me mira de pies a cabeza y estira su muy producida mano. Me sonríe. Una sonrisa muy falsa pero radiante. —Mucho gusto, soy Natalia, la psicóloga de Diana —se presenta. Estrechamos nuestras manos y nos sonreímos. No sé quién de nosotras da la sonrisa más falsa. —Diana está en su pieza —murmuro poniéndome erguida. Mi simple vestido de verano no se compara con su apretado vestido y elegante blazer, pero quiero lucir profesional de todas maneras. —Lo sé, nos vemos —murmura y camina hacia las escaleras. Acabo de anotar a alguien nuevo en mi lista negra. Esta chica no me da buena impresión. *** Toco la puerta por segunda vez y sigo sin escuchar una respuesta así que decido entrar. —¿Diana? —pregunto mientras asomo mi cabeza dentro de la pieza. Veo a la chica recostada en la cama con la cabeza escondida en sus brazos. —¿Acaso alguien te dejó entrar? —pregunta sin levantar la cabeza. Pongo los ojos en blanco y dejo pasar su agria pregunta. —Como no respondías pensé que podías necesitar algo... —murmuro apoyándome en la puerta. —Si necesitara ayuda, créeme que no te la pediría a ti. No puedo con esta niña. Es muy maleducada. —Bueno, venía a avisarte que el almuerzo está listo, tienes que bajar —murmuro y cierro la puerta sin esperar respuesta. Diana me pone de mal humor, y eso que la conozco hace menos de seis horas. *** Acuesto a Javier en su cuna y salgo despacio de la pieza. Por fin se durmió. Miro la hora en mi teléfono y veo que son las seis de la tarde. Nicolás debe estar por llegar, según lo que me dijo. Al pasar por fuera de la pieza de Diana, escucho unos sollozos. Y me paro en seco. Apoyo la oreja contra la puerta, muy indiscretamente y confirmo. Diana está llorando. Siento ganas de entrar a hablar con ella, más que mal para eso estoy en esta casa. Para intentar ayudarla, pero creo que será mejor dejarla sola, ya que tengo el leve presentimiento de que no le caigo muy bien. Me alejo de su puerta y sigo mi camino hacia las escaleras. *** —¿Mami yo puedo ir contigo? Bajo la mirada hasta mi pequeña y arrugo la nariz. —No por el momento, mi amor —vuelvo a mirar el televisor y sigo viendo "Phineas y Ferb". —¿Y por qué no? —interrumpe nuevamente mi pequeña. —Pues, porque aún te estar recuperando y es mejor que vayas otro día —respondo y continúo con la televisión. —¿Y por qué otro día si puedo? Pongo los ojos en blanco y me resigno a perderme el final del capítulo. Ariana no va a dejar la conversación tan fácilmente. —Porque otro día vas a estar mejor y vas a poder jugar —respondo y espero la próxima pregunta, que no tarda en llegar. —¿En qué voy a poder jugar? Ay, Dios, ¡dame paciencia! —En lo que tú quieras bebé, puedes llevar tus muñecas —respondo y fuerzo una sonrisa. —¿Y qué muñecas puedo llevar? —ataca nuevamente. Me desespero y salgo de la cama. —¿Quieres chocolate? —pregunto para persuadirla. Lo logro, ya que su entusiasmo se centra en la comida. —¡Si! —chilla y levanta los brazos. Suspiro frustrada y salgo de la pieza, camino a la cocina.
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