ELENA No era yo. Caminé hasta mi sitio con el cuerpo arrastrando el alma y me dejé caer en la silla como si el peso de todo me empujara hacia abajo. —¿Estás bien? —escuché la voz de Clara, suave pero llena de alerta. Giré lentamente hacia ella, aclaré mi garganta al mismo tiempo que el ardor en los ojos se transformaba en lágrimas. —No lo sé —respondí. La voz me salió rota, ajena. Vi cómo su rostro se fruncía en preocupación. Lucía, que estaba ocupada frente al ordenador, también se giró hacia mí. En cuestión de segundos, ambas estaban a mi lado abrazándome sin pedir permiso. —Estamos aquí, Elena —murmuró Clara cerca de mi oído. Sentí la mano de Lucía acariciando mi espalda. Y ya no pude aguantar más. Las lágrimas, esas malditas tercas que llevaba reprimiendo desde hacía rato, final

