Las lágrimas no dejaban de caer por mis mejillas; me sentía atrapada en una espiral de voces y caras de desprecio, la cara derrotada de mi padre y las voces diciéndome que solo era una carga, que él estaría mejor solo. Yo solo quería que se callaran, que me dejaran en paz; me sentía en un vacío infinito. —Cariño, por favor despierta, estás a salvo, estoy aquí, no me voy a ir... Cariño, por favor abre los ojos —la voz de mi padre la escuchaba lejos, como el eco de muy lejos, y yo trataba de llegar a su voz. Corría desesperada siguiendo la voz de mi padre, quien me decía una y otra vez que yo no era una carga y que estaba a salvo. El aroma de mi padre, junto con su calor y la sensación de su cuerpo junto al mío, siempre me tranquilizaban; sus brazos eran mi lugar seguro. Me aferré a él

