SEDUCCIÓN 1

898 Words
Me quedé helada, con la toalla en las manos y el cabello todavía escurriendo sobre mis pechos. Los dos nos mantuvimos inmóviles en nuestros lugares, mientras las gotas de agua caían fijas sobre la tela delgada de mi blusa, volviéndola cada vez más transparente. ​—Papá... ¿qué haces aquí? —pregunté con el corazón desbocado, aterrorizada de que me hubiera escuchado masturbarme y gritar su nombre unos minutos antes. ​—Yo... vine por unos papeles importantes que olvidé para una reunión —respondió. Su cuerpo estaba rígido y vi cómo tragaba saliva con dificultad, aunque hacía un esfuerzo enorme por mantener una expresión tranquila—. ¿Tú qué estabas haciendo? ​"No me escuchó", pensé con alivio inmediato, aunque la tensión en el aire era evidente. ​—Y-yo me estaba bañando, por eso apenas voy saliendo —contesté, tratando de sonar natural—. Bueno, te dejo para que vayas por tus documentos; yo iré a secarme el cabello. ​Entré casi corriendo a mi habitación sin molestarme en cerrar la puerta. Dejé la toalla mojada sobre la cama y me senté frente al tocador. Encendí la secadora y me quedé con el aparato en la mano, paralizada. Una corazonada dentro de mí me decía que en realidad sí me había oído, y esa sola posibilidad hizo que una chispa de emoción comenzara a crecer en mi vientre. ​Segundos después, mi padre entró a la recámara. Sin decir una palabra, me quitó con suavidad la secadora de las manos, tomó mi cepillo del cajón del tocador y comenzó a secarme el cabello, tal como lo hacía cuando yo era una niña. ​A través del espejo, lo observaba de reojo. Noté cómo sus ojos bajaban de forma inevitable hacia el reflejo de mis pechos. Para no dejársela tan fácil, me reacomodé en la silla, erguí la espalda y los levanté un poco más para que los apreciara mejor. Al terminar, dejó la secadora sobre la mesa y depositó un beso muy ligero en la coronilla de mi cabeza. ​—Nos vemos al rato, cariño. No olvides poner la toalla húmeda a secar —se despidió antes de salir a prisa de la habitación. ​Apenas se fue, me giré de lleno hacia el espejo y me quedé sin aliento: mi blusa blanca estaba completamente mojada, pegada a la piel y absolutamente transparente. No sólo se marcaban la forma y la firmeza de mis pechos, sino que se apreciaba con total claridad el tono de mis areolas y pezones. ​¿Lo habría visto? No cabía duda de que sí. Aunque estuvo parado a mis espaldas, la imagen frente al espejo era innegable, y de no haber querido mirar, se habría retirado al instante. ¿Acaso por eso no podía apartar los ojos de mi reflejo? Su voz volvió a sonar en mi cabeza: "Son hermosas". No quería hacerme ilusiones vanas creyendo que me deseaba de la misma forma en que yo lo deseaba a él, pero los hechos hablaban por sí solos. ​Tampoco estaba completamente segura de qué tanto había escuchado en el baño, pero al final del día no estábamos en posición de juzgarnos: yo lo había atrapado a él en más de una ocasión masturbándose a escondidas. Así que consideraba que estábamos empatados. Desde la primera vez que vi la magnitud de su polla —grande, grueso y marcado—, no había dejado de desear sentirlo dentro de mí. ​Me cambié la blusa por una seca y bajé a la cocina a calentarme algo de comer. Tras limpiar todo, fui a la sala a distraerme un poco. Encendí la televisión y me topé con que estaba sintonizado un canal para adultos; él debía haber dejado el decodificador desbloqueado la noche anterior. ​En la pantalla pasaban una escena explícita: un hombre de complexión atlética y piel morena penetraba con fuerza a una mujer rubia. La chica gemía ruidosamente mientras él embestía sin contemplaciones, apretándole los pechos y jalándole los pezones. Cerré los ojos por un segundo e imaginé que éramos mi padre y yo. ​Con la respiración agitada, me acomodé en el sofá, abrí las piernas y comencé a frotar mi entrepierna por encima de la tela. Apresurada, eché las bragas a un lado e introduje dos de mis dedos, penetrándome al ritmo de la película hasta alcanzar un orgasmo intenso al mismo tiempo que los actores. En la pantalla, el hombre se venía sobre el rostro y el pecho de la chica, quien luego limpiaba el semen con deleite. ​Apagué el televisor y subí a mi cuarto a procesar todo. A pesar de saber cómo funcionaba el sexo, la intensidad de esas imágenes me dejó impresionada. ​Por la noche, mi padre me envió un mensaje avisando que llegaría tarde por exceso de trabajo en la oficina y pidiéndome que me acostara temprano. Cené a las siete y me dediqué a terminar mis tareas escolares para tener libre el fin de semana. Tenía planeado pasarme todo el domingo en la alberca sin que nadie me molestara. ​Esa noche caí en un sueño profundo. ​Horas después, desperté entre la penumbra, boca abajo y sintiendo un peso firme aprisionándome contra el colchón. Intenté moverme para liberarme, pero al hacerlo, sentí cómo una masa rígida y caliente se rozaba con fuerza contra mi trasero.
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