En la mañana bajé a desayunar como siempre: en bragas y blusa de tirantes. Como cada día, mi padre ya estaba preparando el desayuno en la cocina, pero esta vez el aire se sentía cargado de una incomodidad casi palpable. Decidí que lo mejor era ignorarla y seguir con mi plan. —Huele bien. ¿Qué haces? —pregunté. Como de costumbre, me paré detrás de él para asomarme por encima de su hombro, pegando mi pecho a su espalda. Sentí de inmediato cómo todos sus músculos se tensaban ante mi cercanía mientras intentaba disimularlo. —Huevo con salchichas... Lo siento, me levanté tarde —contestó con voz ronca. Tomó un trozo de huevo ya cocinado con los dedos, se lo acercó primero a sus propios labios para soplarle y enfriarlo, y luego me lo llevó a la boca. Aproveché el momento para provocarlo u

