SEDUCCIÓN

1194 Words
Salí de mi habitación como cada mañana, vistiendo únicamente una diminuta blusa de tirantes, sin sostén y en bragas. Desde que era una niña, siempre me había gustado andar así por la casa cuando estaba a solas con él; me daba una sensación de absoluta libertad. Bajé los escalones a pequeños brincos, haciendo que mis pechos rebotaran sin ningún pudor bajo la delgada tela. ​Al llegar al comedor, me encontré con mi querido padre de pie frente a la estufa, concentrado preparando unos huevos revueltos y friendo salchichas para el desayuno. Iba sin camisa, mostrando la firmeza de su espalda. Me acerqué en silencio, asomándome por encima de su hombro y parándome de puntitas. Al hacerlo, restregué mis pechos directamente contra su espalda desnuda. Estaba completamente segura de que sintió la dureza de mis pezones clavándose en su piel, porque vi al instante cómo se le tensaba la mandíbula y los músculos de sus brazos se marcaban por la presión. ​—Huele bien... —hablé con una inocencia del todo fingida—. ¿Necesitas que te ayude con algo, papi? ​Exhalé un aliento tibio justo sobre su oído, poniéndolo visiblemente nervioso. Él tuvo que aclarar su garganta antes de responder, evitando a toda costa girarse a mirarme. ​—Saca la leche de la nevera y enciende la cafetera, por favor —pidió, concentrándose con un ahínco exagerado en la sartén. ​Me reí en silencio de él; me resultaba sumamente divertido y fascinante verlo perder el control por mi culpa. ​Acomodé los platos y los cubiertos en la mesa cuadrada del comedor. Serví leche en mi vaso y llené la taza favorita de mi padre con café bien caliente. Él sirvió las porciones de huevos con salchichas y acercó un plato grande con varias rebanadas de pan tostado. Nos sentamos uno frente al otro. ​—Hija, ya te he dicho cientos de veces que no es apropiado que andes vestida así por la casa —comenzó mi padre con su sermón matutino de costumbre, intentando mantener la voz firme. ​—Papi, me gusta sentirme libre —protesté, apoyando los codos en la mesa—. Además, estamos en esta casa pequeña donde sólo estamos tú y yo. ¿Por qué no puedo andar así? Si no fuera demasiado, andaría exactamente como tú: sin camisa por todos lados. ​Al escucharme, mi padre se atragantó y escupió lo que tenía en la boca. Rápidamente le pasé una servilleta y me puse de pie a su lado, dándole pequeñas palmaditas en la espalda para ayudarlo a respirar. ​—Sólo digo que no está bien —articuló cuando recuperó el aire, mirando hacia el piso—. Ya tienes diecinueve años, eres toda una señorita y tu cuerpo ha madurado. Pero en fin, como sé que de nada sirve explicártelo porque seguirás haciendo lo mismo, prefiero no decir nada más. —Hizo un gesto de resignación totalmente exagerado. ​Al terminar de desayunar, recogimos los platos sucios, los lavamos rápidamente y subí a mi recámara para arreglarme antes de ir a la universidad. ​—¡Danna, cierra tu puerta! —escuché que mi padre gritó desde el pasillo, justo en el preciso segundo en que me estaba pasando la blusa por los hombros, dejándome al descubierto. O sea, vio mis tetas de lleno. ​Acto seguido, escuché cómo azotó la puerta de su recámara. Yo terminé de cerrar la mía, aunque estaba convencida de que la había dejado ajustada. Quizá no le había echado bien el cerrojo. No le di mayor importancia. ​Bajé unos minutos después, totalmente arreglada y con la mochila al hombro. Mi padre ya estaba en la planta baja, luciendo impecable en su traje de vestir y sosteniendo su portafolio, listo para llevarme. Subimos al auto y manejó en completo silencio por varios minutos, esquivando el incidente del pasillo. ​—¿No son bonitas? —le pregunté de pronto, mirándolo de reojo. ​Noté de inmediato cómo sus manos apretaron el cuero del volante con fuerza. ​—¿Qué cosa es bonita? —respondió intentando sonar evasivo, evitando a toda costa cruzar miradas conmigo. Pero yo no pensaba dejársela tan fácil. ​—Mis tetas. ¿Acaso no son bonitas? ​Él frenó el auto de golpe justo frente a la entrada de mi facultad. Se puso de mil colores, oscilando entre la conmoción y los celos reprimidos. Sin perder la compostura, me quité el cinturón de seguridad, abrí la puerta y me incliné para darle el tradicional beso en la comisura de la mejilla. ​—Son hermosas... —lo escuché musitar en un susurro casi inaudible antes de que yo cerrara la puerta y él arrancara el auto a toda prisa. ​Su confesión me mantuvo con una sonrisa en el rostro durante todo el día. Su voz masculina y grave daba vueltas en mi cabeza una y otra vez: "Son hermosas". Estaba tan distraída que no presté la más mínima atención a las clases. ​A la hora de la salida, tomé el autobús como habitualmente lo hacía. Llegué a la casa, subí directo al baño y me desnudé. Dejé la ropa en el cesto y entré a la regadera. Mientras el agua tibia caía sobre mi piel, el recuerdo de la voz de mi padre volvió a encender algo en mi interior. Comencé a acariciar mis pechos, cerrando los ojos e imaginando que eran las grandes y firmes manos de él las que me moldeaban. Bajé una de mis manos hacia mi entrepierna, acariciando mi clítoris en círculos lentos mientras el calor en mi vientre se volvía insoportable. Desesperada por más, introduje dos de mis dedos dentro de mi v****a, penetrándome con fuerza. ​Empecé a gemir sin ningún tipo de control, sabiendo que la casa estaba vacía y que él no llegaría sino hasta la noche. Continué el ritmo frenético con los dedos mientras con la otra mano me j jalaba los pezones, hasta que finalmente estallé en un orgasmo violento que me hizo temblar entera. ​Terminé de bañarme, me enrollé una toalla en la cabeza para escurrirme el cabello y volví a ponerme sólo mis bragas y una blusa blanca de tirantes. Salí al pasillo secándome el pelo con la toalla y, para mi absoluta sorpresa, vi a mi padre parado a mitad del corredor. ​Mi padre me había criado completamente solo desde que mi progenitora nos abandonó para fugarse con otro hombre. Siempre hizo hasta lo imposible por mi bienestar, asegurándose de que jamás me sintiera sola o desprotegida. Sin embargo, en el fondo de mi alma, estaba casi segura de que James no era mi padre biológico. No me parecía en nada a él: él era de piel bastante clara, con el cabello castaño y lacio, muy similar a la mujer que me dio la vida. Yo, en cambio, tenía la piel morena clara, el cabello oscuro, rizado y una figura llena de curvas muy latina. Aunque él siempre insistiera en que eran genes heredados de parientes lejanos, yo sabía muy bien que mi madre me había engendrado con alguien más.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD