Entré a la casa y me recibió el delicioso olor a estofado. Cerré la puerta con cuidado, no quería que mi padre me escuchara. Sé que no tenía nada de malo el que yo trabajara, o el que mi padre lo supiera; lo que me asustaba era que mi padre supiera la razón detrás de ello: aún no podía enterarse de la prueba de ADN. Entré en silencio, pensaba escabullirme y encerrarme en mi habitación hasta tener una buena justificación para trabajar. —Danna, ¿eres tú? —La voz de mi padre salió desde la cocina, seguida de algo metálico cayendo al suelo con un estruendo. —Sí, soy yo —me resigné a que no podría aplazar la conversación. No pasa nada, sólo tengo que mantener la boca cerrada. Hice como si nada pasara, dejé la mochila y mi bolso en una de las sillas y me acerqué a ver qué estaba prepar

